Para la mayoría de nosotros, preocuparse es un trabajo a tiempo completo. Cuando estamos en modo rutina, nos preocupamos por el día a día: la salud de nuestros allegados, cómo llegar a final de mes y hacer frente a gastos inesperados, cubrir el vacío afectivo que no termina de llenarse,… Cuando finalmente parece que encontramos algo de alivio, nuestro cerebro no tarda mucho tiempo en encontrar cuestiones que nos producen desazón y abatimiento y que convierten el estar preocupados en nuestro estado natural, y nos decimos a nosotros mismos “si somos responsables, ¡cómo no vamos a estar preocupados!”
¡Qué decir de esas grandes cuestiones que escapan a nuestro control, como el hambre en el mundo, el cambio climático, el aumento de la inflación, o el deterioro de las instituciones del Estado, por poner sólo unos ejemplos! ¿Cómo encontrar la necesaria paz interior y serenidad emocional cuando sólo hemos de mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que buscamos algo menos que un imposible?
En estas consideraciones me encontraba hace poco cuando llegó a mis manos un informe sobre el daño que los residuos de plástico están provocando en nuestro entorno. El dichoso material, sin el que parece que ya no podemos vivir, está en todas partes: desiertos, selvas, glaciares y fosas oceánicas; los plásticos se han abierto camino hasta los rincones más recónditos, transformándose en partículas diminutas ya presentes en gusanos, insectos, peces, aves y mamíferos, sí, también en el cuerpo humano, en el flujo sanguíneo e incluso en las heces.
Las personas inhalamos sus partículas de polvo procedentes de la industria, fragmentos desprendidos de los neumáticos, colillas, platos y vasos de plástico. Las digerimos cuando nos alimentamos de crustáceos, mariscos o peces marinos que han tragado parte de los millones de toneladas que arrojamos a los mares, el Mediterráneo entre otros.
Estamos ante moléculas de un material no biodegradable, que persiste en vertederos, playas, animales o plantas o almacenado en sedimentos, en unos momentos donde la producción mundial sigue aumentando, sobre todo desde la industria petroquímica de los Estados Unidos, que pretende compensar el previsible descenso de ingresos en la demanda de combustibles fósiles, con una creciente oferta de plástico que le salve sus cuentas de resultados.
Evidentes son los daños causados por la basura visible, o macroplásticos: bolsas, neumáticos y otros, Las tortugas marinas confunden las bolsas con medusas para alimentarse. Los albatros alimentan a sus polluelos con tapones de botellas y capuchones de bolígrafo…
Esta situación ha llevado a que organizaciones como la ONU hayan promovido un acuerdo internacional vinculante en la lucha contra la contaminación plástica que pretende entrar en vigor en 2024, pero mientras tanto, investigadores y científicos en general no paran de plantearse alternativas: su eliminación no es factible, sobre todo en el campo de la Medicina; el reciclado tradicional presenta lagunas, pues hay que someterlo a un procedimiento de separación y triturado muy costoso, y el reciclaje químico está aún en pañales.
¡Qué lejos estaba el químico estadounidense Leo Hendrik Baekeland en 1907 de pensar que aquel material novedoso y moldeable que había diseñado, iba a provocar tales problemas como los que nos vemos hoy obligados a afrontar!
Llegados a esta punto la pregunta a la que nos enfrentamos es: y yo, ¿qué puedo hacer? Tomar conciencia del problema y no vivir de espaldas a él; participar activamente en campañas de concienciación colectiva; modificar hábitos de consumo… Ciertamente no son grandes cosas, pero si todos pusiéramos un poco de nuestra parte, seguro que avanzaríamos en la buena dirección.
A este respecto, recuerdo esa plegaria de la serenidad que me enseñó mi padre siendo adolescente un día que me vio muy agobiado con problemas propios de aquella edad y que no he olvidado desde entonces. Da igual que se sea creyente o no, porque parte del sentido común y desemboca en él. Ha sido compartida por los estoicos desde Epicteto a manuscritos budistas y judíos, y hasta ha sido redescubierta recientemente por el movimiento mindfulness: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; el valor para cambiar las que sí puedo, y la sabiduría para conocer la diferencia”.
¡Feliz semana a todos!
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






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“Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; el valor para cambiar las que sí puedo, y la sabiduría para conocer la diferencia”., petición clásica e intemporal que sirve desde luego para un modo de vida sereno, o al menos intentarlo. Algún gurú de la sicología ha dicho que problemas de verdad en la vida, hay pocos: la salud de tu familia, el bienestar y educación de tus hijos, una enfermedad incurable o terminal, paro de larga duración, exclusión social. Estos son los problemas de verdad y luego hay » circunstancias a resolver «: trabajo, casa, economía. No es malo estar preocupado. Cuando vienen contratiempos, sean o no graves es lógico tomarlos en consideración y preocuparse, pero luego, inmediatamente, ocuparse
Lo malo como todo, el exceso y estar continuamente preocupado por algo desde luego es invalidante y bloqueante . Todos queremos lo mejor para el planeta, la paz mundial, que desaparezcan las desigualdades, pero no podemos resolver esas cuestiones. No debemos sentirnos culpables, sino privilegiados. En esos grandes temas, como bien dices, no se trata de quedarse inactivos, sino de hacer lo poco o mucho que cada uno pueda…. modificar el hábito del consumo de plástico no es tan difícil. Basta recordar aquellos envases retornables de nuestra juventud. Eso eliminaría bastante plástico. En fin, Alberto, que hay que preocuparse lo justo, ocuparse lo que podamos y recordar que la felicidad es el camino, no el destino. Buen fin de semana