Mirar sin querer un instante de “televisión” resulta estos días algo tan deprimente y aun alarmante que sin duda habrá cien materias mucho más graves que lo que vamos a comentar… pero una cosa no quita la otra.
Los días de la visita de los reyes a Ceuta y Melilla, y aun los siguientes, cualquier informativo de los llamados generalistas no paraba de aludir continuamente a “la reacción de Marruecos, la reacción de Marruecos”. “De momento no hay reacción”, “Sigue sin haber reacción” “pues ahora un periódico marroquí ha dicho esto”… Pero, ¿a qué viene el estar tan pendiente de eso? ¿No se dan cuenta de que el mencionar ese detalle, y además en las “Noticias” nacionales, así como cosa crucial para nuestro país, resulta ya de por sí nefasto? Viene a dar por hecho que hemos cometido una ofensa gravísima contra el vecino y que estamos muertos de miedo ante “su posible reacción”. Pero, ¡qué falta de dignidad tan enorme! Es como aceptar que merecemos un enfado y unas represalias, aun antes de que se produzcan. Es como estarlas solicitando. Y dejar patente ante el mundo un complejo, un miedo, deshaciendo el efecto positivo de las imágenes de la visita real.
En estos momentos, casi se envidia la actitud sin duda prepotente, pero al menos “señorial”, de otros países aun en perjuicio nuestro. Evocamos la visita realizada a un museo que ya no existe: el de la Commonwealth en Londres. Era un lugar entretenido: no exponía grandes tesoros ni obras de arte muy destacadas, pero iba mostrando carruajes indígenas de aquí o de allá, y objetos igualmente pintorescos… siempre cantando las glorias de aquel su antiguo imperio al parecer tan poderosísimo. Al llegar a un rincón dedicado a Gibraltar, una española y además historiadora tuvo la paciencia de leerse hasta la última sílaba de todo lo expuesto en los letreros– siempre sería interesante conocer su versión-… y ciertamente la lectura resultó asombrosa. A los largo de los densos párrafos expuestos, la palabra España no aparecía ni una sola vez. Sencillamente no aparecía.
¡Esto era más de lo que esperábamos! Que defiendan su punto de vista, se esperaba, y más en aquel museo pintoresco y un poco anacrónico. Pero, ¿no mencionar a España? ¿Les cayó entonces el Peñón del cielo? Lo más concreto que se indicaba era una frase como “… y en 1713 se confirmó la posesión del Peñón”; pues vale, pero, ¿se confirmó cómo? ¿Quién se la cedió? ¿Qué manera es esa de escribir la Historia?
Se comprende que un país diga por ejemplo: “Y Alemania nos volvió a robar Alsacia”, y que el otro diga: “Y conseguimos que Francia nos devolviera Alsacia, que era nuestra”. Pues vale: cada uno da su versión. Pero, ¿habrá que decir al menos los nombres de los países cuyas contiendas se narran, aunque cada uno las interprete a su manera?
Aquel rato en ese rinconcito de Londres fue una especie de revelación. No imaginaba que tanta caradura fuera posible. Pero al mismo tiempo, ¿cómo decirlo? , pues tal vez en medio de la indignación ante semejante omisión tan burda… pues acaso se diera también una molécula de admiración. Esa seguridad en sí mismos, ese desprecio tan aplastante hacia cualquier otra realidad (bueno, hacia la realidad)… pues no es un modelo moral ciertamente, pero un poquito de su aplomo tal vez no nos vendría mal. Sobre todo cuando estamos bajo cero en dignidad mínima (“Nuestro rey visita una provincia española. ¡Ay qué miedo!, ¿qué dirá el vecino?”, esto ¡en titulares de informativos!).
Aquel extinto Museo de la Commonwealth constituía, según la expresión, toda una declaración de intenciones…Y, ¡cuán curioso!, diríase que el siempre bien informado Julio Verne lo había visitado aun antes de que existiera. Pues se viene a la memoria el episodio de “Los Hijos del Capitán Grant” en el que los viajeros se encuentran con un niño australiano, un huérfano perdido pero que había sido perfectamente instruído por los ingleses… El diálogo entre el geógrafo francés Paganel y el pequeño Toliné es algo inefable. Con profunda convicción el niño responde a las preguntas del geógrafo, asegurando que “Europa pertenece a los ingleses” (tras haber repasado el resto del mundo, que también).
“-¿Pero y España, Rusia, Austria, Prusia, Francia…?
-Son provincias inglesas
– ¿Cómo provincias?
-Sí: España, capital Gibraltar; Francia, capital Calais…
-¿Y la luna también es inglesa?
-Lo será”
Parecía un capricho del autor. Como tantos otros narradores del siglo XIX (como Dickens, como Pérez Galdós… esto tienen en común), el relato principal va siempre acompañado de multitud de personajes secundarios, con esa riqueza de imaginación que indica la fruición por la vida, y que le da a su lectura un optimismo existencial pase lo que pase; pues entonces, ese niño parecía un personaje exótico más a cuya ignorancia no se le prestaba mucha atención. En aquel museo de la Commonwealth de repente se comprendía que aquel episodio no era aleatorio; que si bien era de ficción, pues bien podía haber sido cierto.
De manera que unos cuentan la historia de Gibraltar sin ni siquiera mencionar la palabra España.
Y otros no saben contar una visita regia a una provincia propia sin mencionar con aprensión el nombre de un país vecino que a lo mejor se ofende por ello.
Unos pecan de prepotentes y otros de acomplejados
¡Menudos dos extremos!





