Cuando vi por TVE a Pedro Sánchez y a Begoña asistiendo al estreno de la obra cinematográfica “El Cautivo”, escrita y dirigida por el director chileno Alejandro Amenábar, me temí lo peor. Pero la realidad ha superado con creces mis temores. Yo temía por la integridad de la figura de Cervantes, nuestro Shakespeare español, un referente más necesario que nunca para nuestro maltrecho imaginario colectivo. Temía que el conocido cineasta del régimen progre, que ya hizo su alegato feminista con “Ágora”, se dedicara ahora a denigrar la imagen del genio y héroe español de Lepanto, que contribuyó con su sangre a detener el violento avance islámico, en una batalla crucial que defendía la existencia de un territorio moral diferenciado del islam. Justo lo contrario de lo que promueve el presidente Sánchez, casualmente también patrocinador del film con nuestro dinero, contribuyendo a sus casi 10 millones de euros de coste con fondos de RTVA y del Ministerio de Cultura.
La película va justo de eso: de destruir a Cervantes como referente en nuestro imaginario colectivo. Va de presentar al héroe español en un ser amoral, desdibujado, que termina abdicando como esclava sexual del reyezuelo moro de Argel, el bey Hasán Bajá, para más señas. Pero Amenábar directamente se lo inventa. El cervantista contratado como asesor histórico de la película, Juan Manuel Lucía Mejías, afirma que no hay ni una sola prueba sobre la homosexualidad del escritor. Y como dice literalmente el cervantista Alfredo Albar, “Cómo no lo matan, se ha deducido que Cervantes era homosexual. No tiene sentido. ¿Por qué no lo matan?” Obviamente, por su rescate de 500 ducados de oro, nos dice el experto. Y aun así se ha forzado la idea de que pudo haber eludido castigos y penas a cambio de favores sexuales. “Lo que ocurre es que a algunos les cuesta creer que una persona se pueda mantener en sus principios cinco años. Pero ese no es el problema de Cervantes.”, sentencia Albar. Amenábar, incrédulo de esa integridad, fabula relaciones sexuales entre Cervantes y el Bajá después de que éste ordenase asesinar a sangre fría a uno de los mejores amigos del español. No se puede caer más bajo. Y también se despacha a gusto contra la cristiandad, equiparándola en bajeza moral a los piratas del Argel de la época, que maltrataban a 40.000 esclavos en una ciudad de 120 mil almas. Por negar virtudes propias, Amenábar niega hasta la existencia del amor, fundamento cristiano del humanismo y la solidaridad. Y aunque luego quiera confundirnos, no es amor lo que el moro siente por su falso “Cervantes”, solo pasión sexual impregnada de egoísmo y de muerte. Todo rezuma estudiada ambigüedad e impostura. Como ese Bajá de las mil y una noches hardcore, vestido de Gucci, que recuerda vagamente al fallecido Tino Casal, que cantaba muy tristemente aquello de “Champú de Huevo.” Pero mucho más triste es el engendro fílmico de Amenábar, porque persigue la destrucción de la mano que lo alimenta y que le otorga y defiende su libertad individual. Incluso para hacernos esta afrenta woke con nuestro propio dinero y en nuestra propia cara. Que pruebe a meterse con su amado islam, a ver qué pasa.
El único cautivo verosímil de esta película mal hecha -sin ritmo, ni protagonista, ni coherencia, ni rigor histórico- es Amenábar. Cautivo de la pasta que le dan por su apología woke y su neo leyenda negra contra España. Pero por suerte, para conocer a Cervantes nos bastan sus obras. Sí, por sus obras los conoceréis. Y esta de “El Cautivo” pareciera un espejo que a su autor refleja y proyecta en la pantalla, inconsciente, su catadura moral. No está aquí Cervantes para defenderse, sea con la pluma, o con la espada. Ni falta que le hace. Pues sus obras, tanto las de la pluma, como las de la espada, son ese límpido espejo en el que se refleja toda su verdad y su humana grandeza. Un espejo universal como el cielo que nos cobija, y en el que, al mirarnos, esperamos encontrar algo trascendente y hermoso, suspirando porque seamos también nosotros parte de ese reflejo.





