Querida Margarita Robles:
Eres una superviviente de la política socialista, quizás sea ésta tu mayor –quizás única- virtud. Has estado siempre muy cerca de los grandes incendios de tu partido durante muchísimos años de democracia, y has salido siempre casi indemne. Lo cual no deja de tener su mérito. Ahora te arrimas –o te arriman- al fuego del coronavirus, queriendo tapar con tu nueva imagen de cabal ministra de defensa tanto despropósito que los tuyos han venido cometiendo. Deben estar convencidos de tu súper-poder para sobrevivir políticamente a todas las catástrofes.
Eras Secretaria de Estado del Ministerio de Justicia e Interior cuando se juzgaba el primer caso de los asesinatos de los GAL; incluso testificaste ante el juez Gómez de Liaño en la Audiencia Nacional en relación al mismo, conocido como caso Lasa y Zabala, que aparecieron enterrados en cal viva, y dieron la pista de que algo muy siniestro estaba sucediendo en las cloacas del Estado. Pero tú saliste incluso reforzada de aquel episodio –uno de los más graves de la democracia- del que tu propio partido era responsable, lo cual no deja de ser asombroso. También dimitiste inteligentemente como vocal del Consejo General del Poder Judicial tras el escándalo por el pago de gastos privados con cargo al dinero de la institución, de modo que tampoco aquí llegó la sangre al río, y tu figura política continuó vivita y coleando. Cuando el caso de los “bebés robados” te pasó rozando, tampoco aquello te causó una herida política de consideración. Eres, sin duda alguna, una superviviente
Sin embargo, el caso que más oscurece la extraña figura política que encarnas no procede de tu acción política, sino de la profesional. Fue esa sentencia, allá por 1991, de la que fuiste ponente, que condenó a dos jóvenes marroquíes por violación, basándose en el testimonio de una mujer que dijo haberlos identificado en una rueda de reconocimiento. Como feminista de pro, te adelantaste con tus actos a ese “a la mujer hay que creerla sí o sí” de tu colega y compañera de banca Carmen Calvo. Quince años más tarde, uno de aquellos chicos –ya un hombre maduro- salía tristemente de prisión con el indulto en el bolsillo, tras demostrarse su inocencia. Para el otro, su amigo, fue demasiado tarde: se había suicidado en la cárcel. Resulta que la sentencia no había tenido en cuanta la prueba de ADN que ya entonces los exculpaba. Solo la labor encomiable y privada de un Guardia Civil, conocedor del caso y de la inocencia de los condenados, consiguió la revisión del caso, y algo de justicia allí dónde los encargados de impartirla la habían hecho desaparecer. Margarita, nunca pediste perdón, ni asumiste la responsabilidad por lo sucedido.
Ahora Sánchez y los suyos te ponen de parapeto en primera fila del incendio. Solo la ignorancia y la falta de memoria del pueblo español –y de los periodistas del régimen- permiten que tu atípico perfil se encarne en un manto con el que tapar las vergüenzas y tropelías de esa banda. Y, para colmo, amparada por el cargo que ostentas, rodeándote de la credibilidad a quienes se la han ganado a pulso a base de una conducta intachable y férrea disciplina. Vaya esta humilde columna en defensa de la memoria, porque es de Justicia no olvidar; recordar todos esos actos significativos -sublimes o perversos- que definen la persona, o el monstruo, que llevamos dentro.





