Soy un hombre libre y por eso no me caso con ideologías concretas, por más que durante los últimos años me sienta mas próximo a eso que algunos llaman social liberalismo.
Creo que militar en un partido supone una renuncia explícita a la capacidad de crítica, una sumisión asfixiante a las directrices emanadas de la fábrica de ideas (argumentos, dicen ahora). Muchos militantes están convencidos de buena fe de que sólo así pueden elevar sus propuestas a la dirección del partido y, además, con ello acreditan su compromiso con un sistema de ideas que consideran ideal.
En mi caso, no considero ideal ningún sistema ideológico, ni siquiera el que yo podría pergeñar con jirones de izquierda, derecha y centro. Hay postulados de la llamada izquierda que asumo con gusto, así como otros de la derecha. No puedo aceptar en bloque una píldora ideológica que me diga qué debo pensar en cuestiones que a menudo tienen un fondo moral que yo no podría encapsular sin destruir mi carácter.
He cambiado tanto mi voto en las últimas décadas, que soy consciente de mi infidelidad hacia siglas y partidos. Creo que el verdadero progreso implica la capacidad y voluntad de cambiar, muy especialmente cuando ciertas recetas no han funcionado jamás.
Matizo que cuando reconozco que no me caso con ninguna ideología, me refiero, por supuesto, a ideologías que presuponen la libertad y el respeto de unas reglas del juego democrático. Con esta confesión de libertinaje ideológico, me estoy refiriendo, naturalmente, a las ideologías que son compatibles con la democracia liberal o parlamentaria.
El resto no es que no me gusten, es que directamente las combato como buenamente puedo: totalitarismos (nazismo y comunismo), nacionalismos, fundamentalismos, autoritarismos … En fin, que me opongo a ese enjambre de sistemas que cada generación vuelven a ofrecernos ‘paraísos en la tierra’ y ‘hombres nuevos’ pero que, hasta la fecha, lo único que han acreditado fehacientemente son millones de muertos, hambrientos, perseguidos y torturados. Y, sin embargo, como los liberticidas actúan cíclicamente, las nuevas generaciones – en su mayoría ignorantes del pasado – vuelven a tragarse el anzuelo de olorosa carnaza. Y luego están los del pensamiento ‘¡esta vez sí saldrá bien!’ o los de ‘es que aquello no era verdadero comunismo’. O sea, que durante mas de un siglo no han funcionado sus sangrientos experimentos en decenas de países pero nos aseguran que ahora sí lo harán. Hay que joderse. Y esto vale para todas las promesas liberticidas, aunque conviene puntualizar que las únicas que se escuchan sin complejos y a todas horas son las de extrema izquierda, todas las cuales afirman inspirarse en mayor o menor medida en el marxismo. No voy a entrar a etiquetarlas como ‘comunistas’ (al fin y al cabo, el marxismo es solo una elucubración filosófica), porque siempre habrá algún teólogo de esa religión con decenas de sectas que me afeará no conocer en profundidad las verdades de su científica fe y sus secretos insondables. Secretos que como es bien sabido cada exegeta afirma poseer en exclusiva, más o menos como cuando durante los primeros cinco siglos de Cristianismo sus constructores se tiraban los tejos a la cabeza por un quítame allá unos Arrios, unos Orígenes o unos Crisóstomos… Pero yo – que políticamente soy, como decía, un hombre sin fe – tengo el vicio de ver los hechos y no las promesas y los hechos históricos siempre alinean a todos esos vendedores de luz en el lado más siniestro y criminal de la historia. Y esto hay que decirlo una y otra vez. No hay que rendirse, ni agotarse, ni desmoralizarse; entre otras cosas porque ellos no van a hacerlo y si el resto callamos, volverán a tomar el poder y entonces ya será tarde para señalar su impostura. No miren solo a la Alemania de 1933. Tenemos mas cerca la Cuba, China o Venezuela de hoy.
En España tenemos algunas de esas ideologías nefastas apoyando al gobierno: Bildu, Podemos, ERC… Hay que ser conscientes de ello, para darse cuenta de la situación política que estamos viviendo y que, entre otras cosas, explican que Puigdemont pidiera ayuda a una potencia extranjera (Rusia) para consagrar su golpe de Estado. Todo esto es gravísimo, pero no veo demasiada repercusión ni reacción democrática… Los libros de historia lo contarán mejor dentro de unos años, si es que los libros de historia son legales dentro de unos años.





