¡Cuántas curiosidades pueden hallarse en libros antiguos, libros olvidados en los rincones, que seguramente no se reeditarán nunca…! Curiosidades que a veces son más que eso, pues vienen a iluminar, a explicar muchas cosas incluso de nuestro presente.
Por ejemplo, un libro de aire ingenuo de los años cincuenta: “Pío X y su tiempo”, de Ferruccio de Carli; si en español se publicó en 1951, el original italiano sería de unos años antes. Ya de entrada, los meros títulos de aquellos libros resultan entrañables: aluden simplemente al tema que tratan, sin más. Son anteriores a la era del marketing intenso, que induciría hoy día a darle, a un libro sobre el mismo tema, un titular chocante, rompedor, llamativo…
El libro de este biógrafo va narrando simplemente la vida del Papa Pío X (aún no estaba canonizado), desde sus comienzos en aquel Véneto rural tan difícil de imaginar para nosotros, pero que en sus páginas va cobrando vida… Poniéndose en contexto, llegamos a un detalle curioso, es el siguiente:
Se había perfeccionado por entonces, a fines del siglo XIX, el uso de la bicicleta, y algunos sacerdotes comenzaron a usarla. Esto resultó chocante para muchos – el noble ropaje sacerdotal montado sobre el aparatejo nuevo producía una estampa un poco grotesca… En fin, las quejas de muchos fieles llegaron al Papa, León XIII por entonces, quien decidió que, al no ser eso una cuestión moral que mereciera un pronunciamiento pontificio, pues dejaba que lo autorizara o lo prohibiera el obispo de cada diócesis, según lo viera conveniente. Algunos obispos permitieron a sus sacerdotes el uso del nuevo invento, y otros se lo prohibieron.
Entre los que lo prohibieron se hallaba el Patriarca de Venecia, Don José Sarto (entonces se traducían los nombres…), el futuro Papa San Pío X. Y no lo hizo, como tan alegremente nos han enseñado a descalificar en bloque todas las prohibiciones de tiempos pasados, porque en su ignorancia lo considerara pecado gravísimo y “se escandalizara” y bla bla bla; no, sino por motivos muy bien razonados y que hoy día (después de décadas en total desuso) adquieren un inesperado relieve de originalidad e inteligencia. Más o menos argumentó así:
Los inventos modernos para aumentar la comodidad y por ende quedar como “muy guays”, pues sus sacerdotes debían ser los últimos, no los primeros, en beneficiarse de ellos (recordemos que la bicicleta era el sustituto de ir andando – para los que no tenían el enorme lujo de un coche de caballos, es decir, la inmensa mayoría del pueblo). Primero, por no dar ejemplo de amor al confort. Segundo, porque dada la enorme autoridad moral de la Iglesia entonces, el que los sacerdotes comenzaran a usar tan llamativo invento equivalía a darle el visto bueno, a bendecirlo per se; y eso no era competencia de la Iglesia. Si el invento resultaba realmente útil y hasta necesario, eso sólo se podía saber pasado un tiempo, y entonces ya lo emplearían sus sacerdotes, junto con todo el mundo.
Los que crecimos bajo los “dogmas” de “hay que actualizarse, hay que modernizarse, la Iglesia no se puede quedar atrás…”, como mantras indiscutibles, no podemos sino añorar el espíritu de aquellos tiempos; aquel señorío, esa seguridad en lo que es su misión y lo que no, la perfecta escala de valores, la indiferencia hacia las novelerías…
Unos ochenta años más tarde, con otro Papa, Pío XII, si hacemos caso a lo que dicen su biógrafos (Alden Hatch y Seamus Walshe en “Corona de gloria”), pueden apreciarse unos indicios de cambio de actitud. Se citan al final del libro unas palabras de aquel Papa elogiando el uso del automóvil diciendo que “los que critican este medio por la excesiva velocidad podían acordarse de que así pueden llegar antes los últimos sacramentos para un moribundo”.
No sabemos hasta qué punto hay que fiarse de estas citas, puestas ahí por un biógrafo encomiástico. Puede que sean una licencia poética del mismo. Y ojalá – porque realmente esas palabras indican algo muy perturbador (y acaso profético del servilismo que vino después). No es misión de la Iglesia elogiar un invento tecnológico per se; y menos aún crear división entre los fieles por cosas totalmente ajenas a la fe (¿a qué viene ridiculizar a quien tenga otras opiniones sobre la velocidad de los transportes?). “Con el automóvil llegan antes los sacramentos”, bueno, y también llega antes el cargamento de droga; no es bueno ni malo per se.
No es el uso de los medios lo improcedente, sino el ponerse a elogiarlos, dándoles así, a cosas mundanas, un estatus de santidad absurdo.
Se puede vivir en el mundo contemporáneo sin perder aquel señorío del Patriarca Sarto. Es notorio el caso de San Juan Pablo II. Nadie se subiría a más aviones (y automóviles, y helicópteros… lo que hiciera falta). Pero no constan en sus veintisiete años de pontificado, ni en su vida anterior, la menor sílaba dedicada a elogiar al avión “per se”, ni a ningún otro artilugio de la tecnología nueva ni antigua. Él se bajaba del avión y exclamaba lo primero: “¡Alabado sea Jesucristo!”, como lo hubiera hecho al bajarse del barco o del pollino. Lo instrumental es eso, meramente instrumental.
(Y en nuestros días, ¿qué hubiera pasado, de haberse seguido aquella línea señorial “sartorial”, con respecto al uso de móviles, redes sociales, cámaras y pantallas y QRs en cada rincón de cada iglesia…? No sólo hemos sufrido esa invasión, sino que se nos ha machacado con continuas y serviles loas hacia la misma, por parte de quienes tenían una misión distinta. Y resulta que al día de hoy lo avanzado, lo que hacen los colegios más elitistas, es prohibir el uso del móvil… Los que tanto se obsesionan con “estar al día” pueden acabar quedándose muy atrás)
Pero volvamos a la bicicleta. Evidentemente, el invento dio buen resultado, y la estampa del sacerdote en bicicleta, en áreas rurales y ya en el siglo XX, lo que transmitía era precisamente una entrañable austeridad… Pío X podía darse por contento.





