Cada año que pasa, o casi podríamos decir cada semana, o aún con mayor frecuencia, podemos observar un fenómeno que se diría contradictorio con los “principios” que parecen acompañarnos desde el siglo XX. Principios no escritos, claro- que son los peores. Nos referimos al uniforme.
Lo que continuamente se nos inculcaba, de manera directa o indirecta, era lo siguiente: el uniforme (ya hablemos del uniforme del colegio, o el que solía caracterizar -en un tiempo que apenas habíamos llegado a conocer, pero que al parecer había sido terrible y opresor-, a los diversos oficios, como el portero, los bedeles, o los empleados de banca), pues resultaba algo anticuado, molesto, incómodo… e incluso “indigno”. “Los bedeles de la Facultad”- comentaba un compañero de estudios- fíjate que antes tenían que llevar uniforme [¡oh horror!], pero protestaron de esa indignidad, y ahora pueden ir vestidos como quieren”. ¡Oh, el progreso de la “dignidad”! Podría alegarse que “el ir como quieren” se traduce en un atuendo mucho más “uniforme” que el anterior (cuando la norma es “que vayan como quieran”, nadie se sale del pantalón vaquero zarrapastroso y la zapatilla deportiva. Es un convencionalismo mucho más estricto que el uniforme oficial). Pero en fin, dejando eso aparte y admitiendo que ahora en teoría no llevan uniforme, ¿admitimos también que eso “es más digno”? ¿Y por qué? ¿Es indigno ser bedel? ¿O desempeñar cualquier otro oficio?
La consideración del traje formal como algo opresivo que hace sufrir no se exponía directamente, sino que se daba por hecho (¡cualquiera osaba ponerlo en duda!). “Fíjate, mi hermano trabaja en tal o cual y lo obligan a ir de chaqueta” “Oye a mi celebración no vengáis de chaqueta, que quiero que lo paséis bien”… Curiosos sobreentendidos. Pero en fin, esa era nuestra sociedad.
Y en años recientes… ¿no se advierte un verdadero resurgimiento del uniforme, por parte de ese pueblo “liberado”, que ahora lo reclama, lo exige, se lo impone a sí mismo de una manera absoluta y sin fisuras?
Lo constatamos casi a diario. Imágenes de la celebración de San Fermín: una masa enorme, gigantesca, todos uniformados. Cualquier partido relevante de fútbol: calles llenas de personas uniformadas. A otro nivel: las famosas despedidas de soltero/a, no por denostadas menos abundantes: el grupo de amigos se complace en disfrazarse todos igual. Pero hay más: se multiplican los eventos de distinto tipo (evento para admirar el olor de los campos de lavanda; evento para esto y para lo otro) en los que al cliente, al que paga, se exige que vaya todo vestidito de blanco, y ahí nadie se rebela, al contrario, cumplen esa norma contentísimos… (Podríamos decir, parodiando a Sor Juana Inés de la Cruz: “Ya no es el que se disfraza por la paga, sino el que paga por se disfrazar…”).
También en muchas “bodas” contemporáneas se les exige a los invitados ese uniforme de blanco angelical, y todos lo cumplen con ejemplar obediencia… El típico primo “rebelde” que antaño, creyéndose el más original de los mortales, se presentaba en vaqueros rotos en una ceremonia familiar, ese el primero que se complace en cumplir la norma del puro blanco moderno.
Más allá de ridiculizar a nadie (porque el tema se presta a burlas facilonas), de todo esto podemos extraer una conclusión indiscutible: el llevar un uniforme se demuestra como algo inherente a la condición humana. La palabra es denostada (“uniforme”), pero el concepto está más fervientemente vivo que nunca, y no hay sino asomarse a la calle, o a cualquier pantalla.
El uniforme es integración en la actividad de la que se trate, y en el grupo que la conforma; y refleja complacencia en la misma y cierto orgullo. Orgullo de lo que se hace, y del grupo al que se pertenece. Lo cual, lejos de ser malo, en sí mismo es algo hermoso, noble – al menos para los que amamos la condición humana y no renegamos de ella.
Lo curioso es, ¿en qué actividades nos complacemos, a qué grupo sentimos sano orgullo de pertenecer?
Hace unas décadas, en el Parlamento de una nación, podía esperarse una vestimenta elegante, formal y austera. Hoy día se advierte, en la mayoría de los diputados, no ya un descuido, sino una voluntad de informalidad premeditada, específica; muchos parecen querer desafiar no se sabe a quién, llevando lo más llamativo, lo chirriante, lo menos adecuado. ¿Es horror al convencionalismo, un alarde de “libertad”? Pero no, porque estos mismos son los que obedecen al milímetro las normas indumentarias de otros eventos (desde una entrega de premios de cine a unos sanfermines o a una “boda” en un yate). El ser humano necesita, pide, agradece el uniforme cuando se trata de participar en algo valioso. El quid de la cuestión está en: ¿Qué se considera valioso y qué no?
Hoy día, es tremendo constatarlo, lo único que se considera que merece la pena son los acontecimientos lúdicos. Y para ellos las personas obedecen las consignas, y les encanta seguirlas. Ciertamente es humano y noble el afán de “pertenecer a algo más grande que uno mismo” y el querer lucirlo. Pero es triste que esa pertenencia y complacencia en la misma se exhiba sólo en los eventos que podíamos considerar más triviales.





