Acaso suene excesivo o nostálgico el venir tantas veces con citas de autores de épocas pasadas. Pero, aparte de otras consideraciones (es pavoroso cómo se pierde el patrimonio literario del siglo XX. Por espúreas razones económicas, editoriales, de derechos de autor, etc, pues sí, las grandísimas obras señeras cruciales que hayan alcanzado fama se seguirán editando seguramente, pero otros miles y miles de ellas se perderán… ¡Conservemos los libros que podamos!), para hallar, por ejemplo, algo escrito sobre Andalucía que suene verdadero y auténtico, no hay más remedio que irse a muchas décadas atrás.
Un libro de modesta apariencia, con esa pésima encuadernación típica de los años setenta (cuando se sustituyó el cosido de páginas por el simple y burdo pegado), titulado lacónicamente “Ensayos andaluces”… resulta ser una verdadera joya, y más mientras más se relee; hasta se le toma cariño al defecto de encuadernación. De José María Pemán. Fecha de publicación, 1972, aunque evidentemente muchas cosas responden a observaciones de años anteriores. Con realismo, con afecto, va describiendo las costumbres, los tipos, con un agudeza y contención insuperables. No hay más que ver los títulos de los subcapítulos: “El esnobismo del asfalto”, ¿de qué irá esto? Pues: “Andalucía, julio, la cal y las tres de la tarde. Quien no ha visto el resultado que produce la mezcla de estas cuatro cosas rotundas y maravillosas no sabe lo que es la luz”. Y en párrafo aparte: “Ni sabe lo que es el silencio. (…) De noche las cosas están muertas. Sólo en pleno día andaluz, a las tres de la tarde, es cuando las cosas están verdaderamente calladas”. Y en aquella quietud, el autor va explicando cómo, yendo en coche por aquel desierto absoluto, un guardia le detiene por “ir en contramano”, y lo incongruente que le resultó tal cosa. ¡Sentido único! ¡En Villaquieta! Hay que leer realmente el original, impregnado de tanto cariño como agudeza; de manera que a eso se refería el título “El esnobismo del asfalto”.
Otro capitulito se llama “La Andalucía de los buenos motes”, refiriéndose precisamente ese arte acabado de describir las cosas con una sola palabra certera, con la máxima economía de medios. El autor no se refería a él mismo, claro; pero justamente demuestra esa sobriedad, ese empleo del mínimo de palabras, para pintarnos realidades de manera tan gráfica como si las estuviéramos viendo: “La criada que nos vio nacer”, “Elegía de la sobrina pobre” “Señó Juan, el Sosegao”, “La apostasía de la raza blanca”, “La sinceridad de los patios”… “Las niñas” se refiere a tres ancianas hermanas solteras a las que en el pueblo aún llamaban así. Y un capitulito genial sobre una boda civil: así decidió casarse un chófer, dado que ese oficio era como el de abanderado de la modernidad en un mundo aún con pocos automóviles. “Él pensó entonces cómo crecería esa admiración si él, además de tomar las vueltas ‘a ochenta’, les dijera que no creía en Dios”.
Todo en el libro resulta certero, agudo, atinado. No es ni crítica ni elogio de color rosa; es describir la pura realidad, pero con el prisma del afecto y de un interés y cariño por todo lo humano.
Curiosamente data del mismo año, 1972, el ensayo de Julián Marías “Nuestra Andalucía”. Con un estilo muy distinto, manifiesta la misma atinada agudeza. Aunque no le hacemos justicia citando frases sueltas -lo interesante es el hilo de su razonamiento completo- pero en fin, citemos: “Creo que lo que Andalucía le ha pedido a la vida se ha referido siempre más a la vida individual, a la de cada hombre o mujer; por eso, más que en el esfuerzo aunado de una gran empresa colectiva para la cual se pierde el aliento, que un día desmaya, se ha manifestado en el detalle humilde y constante con que se cuida la vida cotidiana, se le busca intensidad, sabor, gracia, emoción. Aun en las zonas más decaídas de Andalucía […], la copla, la flor en el pelo o en la maceta, el ingenio en los labios, las latas pintadas de azul con geranios plantados, sobre la pared siempre encalada [… ].. son signos de una vida que se vive y se le gusta el sabor, sea cualquiera el que el destino disponga mezclarle”.
Hablamos, claro está, de épocas pasadas. Hoy día, sólo el pasar por una calle céntrica de Sevilla, y ver la ordinariez suprema de las toallas tendidas en un balcón, sin que nadie se cosque… ya se comprende que ese esmero y decoro de la vida cotidiana andaluza se ha perdido.
Ambos escritores les dedican palabras a los patios. Julián Marías: “El patio, claro está es un dentro […]. Pero esa interioridad se asoma a la calle, hace discretas señas a los que pasan, permite una fugitiva mirada sin insistencia. Es decir, el patio andaluz pertenece también a la ciudad…, no como algo comunal o compartido, sino en la forma del retraimiento”.
Y Pemán, bajo el epígrafe “La sinceridad de los patios”, dice: “A través de la cancela, el patio y la calle se ven como dos novios, y como dos novios se cambian mutuamente sus prendas y regalos […]. La cancela es una institución liberal por la que la casa, concentrada en el patio, se entrega a la fiscalización de la calle. A la vuelta de un paseo… puede relatarse toda la historia íntima del momento actual de la ciudad… Hasta los olores íntimos de la cocina se escurren, como de puntillas, hasta la calle”.
Recapitulando: antes de que se impusieran las actuales unidades administrativas, las antinaturales autonomías, con su bárbaro aparato burocrático, fiscal y rebosante de autoridades mil… pues a la cuestión de “¿Qué es Andalucía?” sólo cabía responder así tanteando, acercándose, observando, intentando describir unas peculiares formas de vida. Y entonces, aunque esas formas de vida ya casi no existen, la visión era más acertada.
Hoy existe sólo lo exterior: las casas restauradas para hotel, los patios de Córdoba con visita guiada y pagada y señalizada, vendiendo pura belleza visual, sí, pero sin que reflejen modos de vida. Y si la realidad andaluza (para los que no se apunten a la historieta de “la patria andaluza”) consiste principalmente en unas formas de vida que ya se han perdido… ¿qué queda?
La grandilocuencia e impersonalidad, por no decir el escandaloso derroche millonario de actos y lucimientos y entregas de premios rimbombantes a diversos “famosos” del momento… ¿Qué mérito ha hecho “por Andalucía” una presentadora de televisión? ¿Ser andaluza? Pero si fuera albaceteña, les darían entonces la Medalla de Castilla-La Mancha. ¿Dónde está el contenido de las cosas?
Continuamente se nos ha hablado, o bien en tono de crítica feroz, o bien con una suave ironía, del estilo de gobierno de otros tiempos, cuando se insistía mucho en conceptos como la grandeza de la propia nación, y lo importante que era el cumplimiento del deber, etc… y se insistía en ello acaso demasiado (dicen), y acaso con grandilocuencia un poco ridícula (al menos fácil de ridiculizar). Puede ser. El caso es que tocaba burlarse de todo aquello y desmitificarlo todo.
Pero hoy podemos decir: Bueno, si antaño prevalecía un tono grandilocuente (ya puestos a considerarlo un grave defecto), al menos había un contenido detrás.
Ahora tenemos “lo peor de ambos mundos”: grandilocuencia, pomposidad, boato; el derroche, multiplicado por muchísimo; el lucimiento y la vanidad, televisados y desenfrenados; el elogio sin medida, el frenesí del aplauso… todo eso elevado al cubo y más del cubo. Pero de contenido de fondo no hay nada.
La bárbara pomposidad oficial e institucional de los fastos de ayer es el certificado de defunción de las singulares formas de vida que constituían la verdadera realidad andaluza.





