Recuerdo aquella película con horror, el mismo horror que ahora siento al ver los muertos salir de sus tumbas. La película se basaba en una serie de hechos paranormales en una casa que había sido construida sobre un cementerio, el terror de los muertos vivientes. Una televisión que absorbía a una preciosa niña y la llevaba con los cadáveres andantes, más andantes que los de el Thriller de Michael Jackson, que en Paz tampoco descansa.
Se empezó mirando a las alturas, esas que buscábamos para averiguar el nombre de nuestras calles antes de que existiera Google Maps; un Googlee Maps que no encuentra los nombres que conocemos y se ha convertido en un calllejero demagógico. Creo que tuvo la culpa de que miráramos hacia abajo y termináramos tan hondo que estemos ya tres metros bajo tierra. Que estemos absorbidos por pantallas de móviles revolucionarias que nos atrapan y en vez de mostrarnos el futuro nos llevan al pasado más negro de nuestra historia reciente.
Como en la película, hemos construido España sobre un cementerio. Y como en la película, niños y jóvenes que ni saben ni entienden más que de democracia se encuentran con nuestros muertos por las calles, por nuestras hermandades, por la televisión. Mal asunto, señores. ¡Que venga un exorcista!
Se levantan ampollas y huele a muerto. Dejen al “polvo eres y en polvo te convertirás” reposar. No levanten la alfombra cuando lleguen sus invitados.





