Cada cierto tiempo se menciona en las tertulias radiofónicas que los políticos españoles “están muy mal pagados”. Generalmente, el que esta afirmación sea cierta o no es algo que ni se discute, sino que se da por hecho sin más. Cobran poco, muy poco. Están “muy mal pagados”.
Rebatir esto significa colocarse en una posición antipática – como si una deseara que quien quiera que fuese ganara menos. No es así. A toda la humanidad le deseamos un sueldo digno, y aun buenísimo, así como buena salud, y todo tipo de parabienes. Pero si este concepto de “políticos mal pagados” no nos parece cierto… pues se podrá decir.
En primero lugar, eso de “mal pagados” siempre se basa en comparaciones arbitrarias. Con tanta información inconexa y descontextualizada como disponemos, siempre hallaremos el dato de un país donde el profesional del mismo rango que nosotros, ¡oh, injusticia!, resulta que gana más. Rara vez se habla del que gana menos. Estas comparaciones sueltas hacen mucho daño, espolean un rencor absurdo.., pero todavía no es esa la cuestión.
Y tampoco se trata de utilizar el descrédito popular de los políticos. No estamos diciendo “lo hacen muy mal, luego deben ganar menos”. La cuestión es otra. Para el caso, supongamos incluso que todos actúan de manera modélica.
Señores,… el dinero no es la medida de todo. Obvia verdad, que a través de los siglos siempre es necesario repetir. Por muy cínicos que nos pongamos, la realidad nos demuestra fehacientemente que no todo se hace por dinero. Hay otras motivaciones.
Pensemos en ser alcalde de la propia ciudad o pueblo. El prestigio, la fama, el poder, el pasar a los anales de la historia. Poniéndonos en lo peor, imaginemos cómo se satisface el ansia de poder, de figurar, de sentirse superior. Poniéndonos en lo mejor, la posibilidad de mejorar tu ciudad, de hacerla más bella y justa y próspera; el que esté en las propias manos el emprender las reformas que creemos necesarias. ¿No es esto suficiente?
Antes, un alcalde ni cobraba. Ahora, todos tienen un sueldo, hasta el último concejal. Pues muy bien, que lo tengan. Pero que ese sueldo tenga que ser elevadísimo, es más, que el que sea elevadísimo se considere una cuestión de Justicia y casi de Moral… eso, si se piensa un poco, no está tan claro. (El célebre Monteseirín dijo cuando ostentaba el cargo: “Los sevillanos no entenderían que su alcalde cobrara menos que un gran empresario”. Y se quedó tan pancho. El secreto es decir cosas con el aire obvio de quien dice “dos y dos son cuatro”, y así nadie osa insinuar: “Pero ¿y por qué? Yo lo entendería perfectamente”).
“Es para que no caigan en la tentación de robar”. Pues apaga y vámonos. De manera que tan a las claras se considera que los que se dedican a la política van a robar, y en vez de horrorizarse ante la idea de tener a delincuentes por representantes, se trata de calmarles esas ganas de robar a base de ponerles sueldos altísimos. Si reflexionamos unos minutos, este planteamiento es descabellado.
Primero, que los no honrados nunca consideran que ya han hurtado bastante. Que se lo digan a Jordi Pujol. No roba más el que menos gana, sino el menos honrado. Ese planteamiento es un insulto para los millones de ciudadanos honrados con sueldo modesto, o simplemente estándar.
Y luego, también repiten mucho los comentaristas políticos el siguiente argumento: que entonces un gran y exitoso profesional (empresario, abogado, lo que sea) nunca va a querer ser alcalde, o ministro, porque “ganaría mucho menos”. Pues sigo creyendo que la argumentación es burda. Que el dinero no lo es todo. Que el ocupar un cargo político ofrece unas compensaciones, unas gratificaciones gigantescas ya de por sí. (Aparte ya de que probablemente no perderán ni siquiera económicamente, pues el prestigio y la notoriedad del cargo acabará redundándole luego en más ganancias, y conseguidas de manera más fácil que cuando era “sólo” empresario o abogado. Pero de nuevo: que no es esa la cuestión).
Ocupar un cargo público importante es un honor en sí mismo. También una gran responsabilidad, lo que no asusta, sino que atrae, a miles de personas. Es un desafío, algo de lo más gratificante que hay, una oportunidad fantástica, para quien posea una especial ambición vital. Tienen el poder de cambiar la realidad de su país. De un golpe adquieren relevancia, fama, pasan a la historia. Ya están pagados.
Y, siguiendo el hilo de esa argumentación: entonces, ¿qué nos proponemos? ¿Que un gran empresario se meta en política porque, con su instinto de comerciante, vea que así puede ganar incluso más, con menos esfuerzo, y ciertamente cero riesgos? Pues vaya ideal.
Queridos locutores que tanto me entretenéis: en el mundo hay muchas injusticias. Centraos en otra, que el sueldo de los políticos no es una de ellas, o al menos no en el sentido que decís.






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Gloria, como siempre, muy acertado.