El deterioro de la comunicación a través de las redes sociales en materia política es un fenómeno creciente que ha afectado tanto la calidad del debate público como la forma en que los ciudadanos interactúan con sus líderes políticos. Las redes sociales han democratizado el acceso a la información y han facilitado la comunicación directa entre políticos y ciudadanos, pero también han contribuido al desarrollo de una política “low cost” para navegantes.
El discurso se ha abaratado, fomentando la comunicación rápida y simplificada. Plataformas como Twitter, que limitan la extensión de los mensajes, o Instagram y Tik Tok, recurren al humor, los memes, narrativas emocionales y la personalización para captar la atención del público joven, propiciando un alegato del todo superficial, alejado del análisis profundo y el debate complejo.
La estructura algorítmica en social media está diseñada para maximizar la participación del usuario, lo que a menudo implica priorizar contenidos que generan emociones fuertes, como la ira o la indignación. En este entorno, los mensajes políticos tienden a ser más extremos y polarizadores, lo que dificulta el diálogo constructivo y fomenta una división creciente entre diferentes grupos ideológicos.
Pero si algo ha proliferado, ha sido la dinámica en auge de la política basada en el espectáculo y la autopromoción, donde la apariencia, las frases ingeniosas y los gestos simbólicos a menudo importan más que las políticas o propuestas concretas. Los políticos buscan captar la atención mediante publicaciones provocadoras, humorísticas o visualmente atractivas que se viralicen. Esto ha llevado a una trivialización del debate político, donde el enfoque está en la «viralidad» más que en la sustancia de los mensajes.
Un espectáculo que ha impulsado la hiperpersonalización de la política, poniendo el foco en el líder más que en el partido. En enfatizar sus características personales más que en difundir los logros políticos. Este culto a la personalidad ha convertido a los dirigentes en una “marca”, con discursos viscerales, centrados más en la emoción que en lo constructivo. Ello ha generado, para colmo, el nacimiento del influencer político. Individuos, que en muchas ocasiones no tienen formación política ni responsabilidad pública, pero se permiten el lujo de simplificar o distorsionar la realidad política con el único objetivo de obtener seguidores o visibilidad.
En este escenario, la inteligencia artificial ha venido a poner el punto de color, siendo utilizada para el llamado infoentretenimiento. La herramienta perfecta para consolidar la nueva era política, no centrada tanto en informar como en entretener. Una política que deja en segundo plano la presentación de sus programas electorales y propuestas, y su prioridad pasa por mantener a la audiencia “distraída”, a través de la risa y la mofa. Pero la gravedad radica cuando el uso de la IA da como resultado piezas creativas y, en su mayoría, vejatorias contra el adversario político. Videos personalizados, memes, gif y un gran abanico de sandeces, son diseñados y difundidos con el único propósito de ridiculizar al contrincante de la manera menos honorable posible. Y, obvia decir, que de menos categoría política.
Esta tendencia degrada la política en su naturaleza, lo cual se hace más notable en el ámbito de la comunicación. Y peor aún, convierte problemas extremadamente complejos en meros chistes de barra, con ínfulas de ser Trending toppic.
Porque la sátira política, como forma de humor, ha sido una herramienta crítica en la comunicación política durante siglos, desde caricaturas en periódicos hasta programas de televisión y plataformas en línea. La sátira no solo entretiene, sino que también cuestiona y critica el poder, desenmascarando la hipocresía o los excesos de los líderes y las instituciones. Programas como Saturday Night Live, Last Week Tonight o El Intermedio han jugado un papel importante al influir en la percepción pública a través del humor político. Lo peligroso es cuando el uso de estas técnicas, sobrepasan todo límite ético, porque a mayor disparate, mayor el ruido y menores las nueces.
En definitiva, es mejor entretener que informar. Sobre todo, y muy probablemente, cuando no hay nada que decir y mucho que callar.





