Quién me lo iba a decir. Nos encontramos de casualidad, o no, un día de septiembre de 1995 y desde entonces estoy enamorado de ti. En silencio, eso sí. Un amor platónico que desbocó en uno tan real que ya no podía callarlo.
Encontré tu mirada. Una mirada que creía ausente de la mía y, sin embargo, como un hilo ensarta una aguja, se enhebraron mi mirada y la tuya. Me fue sencillo aprender que separarme de ti iba a doler como la piel que queda adherida tras una quemadura. Supe que aquellas miradas hiladas que hilaban a su vez, en silencio, palabras, serían como el esparto trenzado. Y cada vez era más fuerte esa sensación de hierro atraído por un imán poderoso. Irrenunciable, abocado, atraído por aquella fuerza imponente.
Era inevitable que tarde o temprano diese el paso: venirme a vivir a ti. Ser algo más que el simple viajante que pasa a verte. Vivir en ti para vivirte. Siempre envidié a tus vecinos. Siempre envidié a quienes te tenían cerca. Y me vine a vivir a ti. Lo más juntos posible. Tanto como sentir que respiras. Y quien sepa de quién hablo me dirá que qué hablo. Que si estoy loco o acaso me he dejado llevar por el amor cegado. Pero quien sepa de quién hablo sabe que respiras igual que escuchas, igual que hablas, igual que miras a todos aquellos que se acercan buscando lo que yo buscaba.
Me vine a vivir a ti queriendo ser de ti lo más cercano, sabiendo que te sobran los enamorados y, a pesar de todo, tenerte con la sensación de que me perteneces, de que te pertenezco. Que donde tus pies se posen reposen mis labios. Que cuando tu voz me llame retumbe en mis oídos como cobre en el campanario. Que cuando mi voz te hable sea como el hálito del silencio en el sagrario.
Vivir como quien vive a mil kilómetros, no era vivir eso. Vivir pensando en ti cuando me pesaba la cruz de cada día. Vivir pensando en volver porque era un sinvivir vivirte lejos. Por eso me vine a vivir a ti. Y en este camino desde la primera vez que te vi comprendí lo cerca que siempre te tuve a pesar de estar yo ciego.
Cuántas veces anhelé ser tu vecino. Que me envidiasen otros como hice yo mismo. Pero al verte pasear por tu pueblo, me di cuenta que todos sus barrios eran tus vecinos. Y al fin me decidí a darte el sí quiero. Sí quiero ser tuyo, sí quiero estar contigo hasta mi final y que la misma muerte sea testigo de que sí quiero, y que ni ella ni nadie me separará de este destino. Que cada zancada que tú des serán los pasos míos.
Sí quiero y aquí estoy. Que he venido a vivir a ti, que ya no podía más este Amor tan grande callarlo. Y ya soy algo tan tuyo como tú tan mío desde que te juré, Gran Poder, con tu medalla recién impuesta latiendo en mi pecho, vivir en ti como antes no había vivido.





