De Silencio ha sido. De Silencio y Gran Poder. De ruan negro. De luto riguroso y apretado cinturón de esparto. De Amargura y Mayor Dolor y Traspaso. De Amor, sí, y de Soledad. De Angustias y de Salud, que más que nunca se ha reclamado. De Necesidades ante la Cruz —más de tres— en esta Pasión inesperada. De Lágrimas en este, más que nunca, Valle por el que transitamos.
Las campanas han sonado a melancólicas Tristezas de un pueblo Cautivo, clamando Misericordias, esperando que acaben ya las Penas de este Calvario.
Caridad en los actos de quienes, buscando el Buen Fin, fueron dando Consolación a los que tenían Sed de Gracia y Amparo mientras el Desconsuelo los tenía en el Abandono, como esperando alguna Sentencia de un lamentable Pilatos.
Ángeles sin alas. Divino Perdón de los Desamparados. Refugio de los que han buscado la Victoria en su sacrificio. La mirada al cielo soñando Esperanzas y el Dulce Nombre de la Paz en los agradecidos labios.
Será al final la Alegría. Será al final la Resurrección. Será al final salir del sepulcro donde estamos amortajados; con el puñal clavado, eso sí, por aquellos que fueron la Sangre derramada de este viacrucis desolado. Pero, sin dudas, ha sido de Silencio y Gran Poder. De penitencia profunda. De pregones callados. De esfuerzo resignado. De anhelos sacrificados. Este es el epílogo de una pasión que, más allá de la Semana Santa, aún espera ser contado.





