No hay mayor poesía para la desazón que la lluvia y, desde luego, nada como la lluvia para que sazone la poesía. Y es esta lluvia que moja la poesía de este sencillo poeta la que me hace delectarme en estas letras. Quizás porque yo sea un ser otoñal en el sentido más temporal y natural posible. Podría haberme detenido en tantas cosas y, sin embargo, reitero, ha sido la melancolía de un día gris la que ha marcado el camino.
Me llueve la melancolía,
que llama con sus gotas
a mi ventana.
Me llueve la melancolía,
y no tengo paraguas.
(Bohemías)
Ha llegado octubre con su sayo de nubes y su nostálgico perfume. De repente, de ayer a hoy, el verano pasó hace meses y nuestra piel, acrisolada por los estivales soles, se cubre como con vaina de telas que la atempera del aire fresco que se ha acomodado en nuestros paisajes.
Llegó el otoño y solo algunos le hicimos fiesta; y muchos menos, siquiera, caso. Llegó con su equipaje de siempre que, poco a poco, ha ido dejando sobre los días que, como hojas marchitas, caían de los calendarios. Llegó con su paso lento, con su mirada que entristece allá donde mire; contando, para quien quiera oírlo, historias de siempre. Trayendo de la mano instantes y gentes que son ya pasado pero que, inevitables, vuelven. Vuelven porque, como este otoño, existirán mientras nosotros existamos; aunque el otoño, estemos o no, seguirá siendo fiel al reencuentro y, entonces, seremos nosotros solo momentos.
Las hojas del calendario,
que cubren con su caída lo pretérito,
habían sido, sin yo saberlo,
sudario de instantes que creí muertos.
(Bohemías)
Queda estación aún por delante. Se irá octubre con la fiesta de los muertos, como aquella canción de Mecano, asomándose en cada esquina con el disfraz de una mortaja y la cara sonriente de un niño asomándose entre ellamientras, en sus manos, sostiene la dádiva dulce que los vivos ofrendan. La muerte hecha parodia. Quizás no esté tan mal quitarle tanta pena, echarle más comedia. Luego, los llantos siempre llegan. Llegarán con un noviembre sobrio, de flores bellas, que irán al patibulario florero donde, no pocas, morirán en la pena del olvido hasta que, de nuevo, la tradición o la conciencia, conviertan los caminos del camposanto en romería de tristezas.
Qué vamos a hacerle, el otoño tiene la sonrisa breve.
Fría primavera que, en tibia riña, tiñe de ocre los verdes y confunde a las aves cuando el sol la corteja. Solo la noche, que cubre la tarde temprana con su seda negra,de la paradoja nos despierta. Lúgubre canto que encandila es esta época que aviva las almas mucho más que ningunatétrica obra de Poe, o que la de los mismos fantasmas que en el Tenorio de sus tumbas se levantan.
Qué melodía de aromas y luces. Qué sinfonía de emociones esta donde confluyen las fragancias y los claroscuros recreando escenas que creíamos perdidas para siempre. Es la magia de las percepciones.
Humedal de los recuerdos.
Por las noches, en los árboles donde las hojas aún se debaten entre sus ramas, se escucha el tiritar de estas ante las embestidas de un viento que, bravucón, se recorta entre ellas y las hace estremecer con su gélido bufido. Y en las calles desabrigadas los pasos resuenan vagos, como perdiéndose en la monotonía de los silencios, y son los silencios de sus noches de una profundidad infinita.
Así es el otoño, temporada de castañeros y olor a alhucema quemada, hogar de los que rascamos las letras de Bécquer como queriendo que se nos adhieran algo de ellas: un espacio para que el tiempo se detenga.
Disfrútelo. ¡Celébrelo! Déjese llevar, hoy domingo, de su sosiego. Pise, le diría que con cariño, la hojarasca que a su paso se encuentre y escuche cómo se rompe en mil pedazos este octubre bajo sus pies. Si llueve, déjese empapar de sensaciones. Poesía contenida en detalles.
Me quedan ochenta noviembres,
ochenta julios,
ochenta abriles
y setenta y nueve eneros.
Sé, querido invierno,
que me quedaré
sin tu gélido saludo
en un otoño eterno.
(Bohemías)
Algunos, ya les digo, celebramos haber nacido en otoño, lo amamos de tal forma, tanto, que quisiéramos quedarnos en él.





