El nivel de cachondeo nacional con lo de Errejón tiene mucho de respuesta popular a una dictadura. Pero más allá del sano cachondeo, quiero alertar sobre la gravedad del asunto de fondo, que no radica en las patéticas aspiraciones eróticas del niño Errejón, ese gafotas que creyó culminar su “asalto al cielo” con la conquista de la guapa de la clase, y le salió el tiro por la culata. No, lo grave del asunto no es lo que el régimen afirma que es lo grave. Sino todo lo contrario. Lo grave es que Errejón es inocente, por más que se merezca los hierros inquisitoriales que él mismo ha venido hipócritamente defendiendo. No debemos entrar al trapo de defender la inquisición, porque ahora le haya tocado sufrirla a uno los inquisidores.
El antecedente quizás más llamativo sea el del ex ministro de justicia de Zapatero, Juan Fernando López Aguilar, quién en 2015, siendo eurodiputado recibió no una, sino dos denuncias por violencia de género. López Aguilar había sido ministro durante la tramitación de la Ley de Violencia de Género, y promotor de la consigna oficial “las denuncias falsas no existen”, o “son un coste asumible”. Pero tras las denuncias en sus carnes, López Aguilar declaró ser “víctima de denuncia falsa”, llegando a insinuar que la suyas eran las únicas denuncias falsas que existían en España. Fue suspendido de militancia del PSOE, pero él se negó a dejar el escaño, y al ser aforado su caso fue finalmente archivado por el Tribunal Supremo, esquivando los juzgados de violencia de género que su ley prevé para el común de los varones. Y fue finalmente restituido en cargo y honores. La reacción del patético Errejón, casi una década después, evidencia hasta qué punto las cosas han empeorado. López Aguilar aún tuvo la sana desvergüenza de expresar a las claras que ni él mismo se creía las barbaridades que predicaba, y defendió su inocencia como gato panzarriba hablando de las mismas denuncias falsas cuya existencia negaba. Pero Errejón es ya una víctima propiciatoria, sin defensa posible. Por eso ha dimitido ipso facto tras una denuncia anónima, avalada por la siniestra Fallarás, que también es una “hermana yo sí te creo».
También la Inquisición española admitía denuncias anónimas. El proceso inquisitorial canónico subvirtió los principios generales del derecho penal, y frente al principio de presunción de inocencia aplicó el de culpabilidad, –in dubio pro fidei– que favorecía la causa de la fe. Y la acusación no se fundamentaba en pruebas, sino en sospechas –opinio malis– bastando la mera acusación para la condena. También desapareció el principio de contradicción, porque sus Tribunales no eran imparciales, sino parte interesada en la defensa del principio superior de la fe. Pues bien, todo esto se le está aplicando hoy a Errejón, y la causa superior es la perspectiva de género, léase la superioridad moral de las mujeres por mera cuestión de sexo. A la Inquisición feminista le interesa mucho inmolar a uno de los suyos, para darse una pátina imposible de pureza e imparcialidad: no solo son culpables los hombres de derechas, sino todos los hombres. Esos depredadores en potencia, como el lobo de caperucita, reducidos sin excepción a su animalidad, y por tanto carentes de derechos fundamentales, que de eso va la cosa.
Cuando el reo Errejón, en su cobarde comunicado dice que la primera línea política (…) genera una subjetividad tóxica que en el caso de los hombres el patriarcado multiplica, está negando su culpabilidad individual, o sea el Derecho; y está afirmando la culpabilidad colectiva, queriendo arrastrarnos a todos a la pira, siendo cómplice del feminismo Inquisitorial. Peor que la Inquisición, porque ésta no se fundó en culpabilidades colectivas. El mensaje que nos lanza esta Inquisición 2.0 es tan claro como el twett de Teresa Rodríguez sobre el caso Errejón: “definitivamente el patriarcado pone dentro de cada hombre a un violador, y esto no exime de culpa a ninguno de ellos.” Mientras tanto, el mismo día de la renuncia de Errejón, Marlasca aprueba un Real Decreto para nombrar a dedo a la policía judicial que investiga la corrupción política. ¿A que de eso no se habían ustedes enterado?





