El pasado domingo por la tarde se respiraba un aire muy especial en los rincones de España, más si cabe mientras más pequeño, insignificante o desangelado fuera el municipio en el que nos encontráramos. Pues entonces florecía algo más espontáneo, más auténtico. En lugares más apartados, y carentes de glamour, donde difícilmente se acude para presumir o ser vistos, sin embargo muchísimas personas, en general ajenas a deportes ni a fútbol, se sorprendieron deseando intensamente la victoria de España. En alguna plaza se instalaría una modesta pantalla, y en algunos bares la decisión, más modesta aún, de sacar su pantalla habitual, de tamaño normal de televisión, a la calle. Nadie les obligaba a esto, ni se preveían unos ingresos descomunales (en muchos casos serían menores que los de un día normal). Son cosas que se hacen porque sí – las más valiosas (antes se hacían también por esa razón-sinrazón miles de cosas; se llamaban costumbres. Antes eran espontáneas. Y desde que los Ayuntamientos las promocionan y premian y graban, y anuncian como reclamo turístico, pierden bastante gracia).
Acaso sea eso, pensándolo, uno de los motivos por los que resultaba grato el encontrarse, al paso, con estos y aquellos preparativos, aquel domingo por la tarde. Acaecerá sólo cada cierto número de años, pero cuando sucede… pues resultan ser costumbres verdaderas. No subvencionadas, no grabadas (en fin, en ciudades grandes, es de suponer que los Ayuntamientos sí colaborarían en colocar pantallas- que tampoco eso es tanto. Por eso, la espontaneidad se percibía aún mejor en lugares pequeños, y, si me apuran, aun en los “feos”).
En uno de sus libros decía Chesterton: “Sólo el pueblo mantiene las costumbres. La aristocracia no tiene costumbres, tiene modas”. De esto ha pasado más de un siglo: hoy día todos somos “aristócratas”, y todos vivimos inmersos en modas. Sobre las tradiciones populares: hubo un momento, al comenzar este milenio, en que parecían a punto de desaparecer (era de “paletos” el colocar un espumillón navideño, era de “beatas incultas” el ir a una procesión de San Antonio); recientemente han experimentado un renacimiento esplendoroso, pero, ¡ay!, bajo la forma de moda y de postureo y de grabación y de redes sociales. Antes eran costumbres, ahora son modas.
Así pues, de la manera más curiosa, y aun comprendiendo lo absurdo del caso (“¡Qué tendrá eso de dar patadas a un balón!”, han exclamado mil veces los que critican, no sin razón, esa especie de imperio del fútbol), pues aun así… diríase que eso que se veía el domingo a las ocho de la tarde era lo más cercano a una costumbre popular que hemos visto en mucho tiempo.
Miles de personas, en este pueblo o aquella barriada, de manera misteriosa (pues no será que la sociedad ni el colegio nos haya inculcado esa cosa de “amar a la patria”, más bien si acaso ridiculizado y tachado de obsoleta)… pues no se sabe por qué, deseaban que ganara España. Unos comprobaban el sonido, instalaban cables. Por la calle avanzaban personas con banderas de España y camisetas rojas, tranquilas, muchas solas o de dos en dos, con la mayor naturalidad del mundo (es decir, sin esa cosa histriónica que rezuman por ejemplo los grupitos de “despedidas de soltero”). No; aquí iban a la tiendecita a comprar patatas para ver el partido, banderita en mano, sin risotadas, sin estridencias, como si lo hicieran todos los días. Y ni una estaba haciéndose fotos ni grabándose. Iban a lo que iban.
(Mucho mejor es, por cierto, el llevar simplemente un atuendo de color rojo, que “la camiseta de la selección”. Porque no se trata de disfrazarse de futbolista, sino de apoyar a España. Este en un detalle más importante de lo que parece).
Al día siguiente, los dichosos medios de comunicación, siempre tan deformadores de la realidad, al querer describir “cómo se vivió el partido en toda España”, pues… ¡qué mal lo hicieron! Venga a sacar “el pueblo de este futbolista”, “el pueblo de este otro”. Justo así desnaturalizan la esencia de lo que se vivió el domingo. La mayoría de las personas no iban a idolatrar absurdamente a “héroes”, sino a apoyar a España, a España sin más, que eso bastaba para sentirla como algo suyo. Mucha más idea hubieran dado de la realidad (pero mejor así, que siga existiendo una realidad verdadera no grabada ni publicada), sacando imágenes de un pueblo cualquiera no asociado a ningún nombre propio de deportista alguno. Eso era lo valioso y lo real.
Pero luego vino la victoria, y la celebración espontánea. Aquí no se trata ya de si a alguien le gusta o no el fútbol, ni las celebraciones con jolgorio. Se trata de la gratísima sorpresa de descubrir, de la manera más inesperada, un ejemplo de civilización.
Una digresión: En una obra de ficción de otro tiempo, un caballero piropeaba con el mayor respeto a una señora, que le contestó “Bueno, para guapa mi nieta”; y el galanteador le replicó “Estar guapa a los veinte años, ¡bah!, eso lo hace cualquiera, no tiene mérito. Pero estar tan maravillosa como lo está usted ahora…”.
¿Y a qué viene esto? Pues viene a lo del ejemplo de civilización de la otra noche. Alguien dirá que una biblioteca universitaria o un laboratorio con sus microscopios, o cien cosas más, son también un ejemplo de civilización, y las vemos todos los días sin asombrarnos. Pues sí. Pero, parafraseando lo anterior, podemos contestar: Sí, pero eso, ¿qué mérito tiene? Que haya orden y paz en una biblioteca es lo que se espera. Pero que cientos y miles de personas contentísimas se lancen de noche a la calle, sin otro ánimo que el celebratorio, muchas en automóvil y en motocicleta, sonando cláxones y agitando banderas, y no sólo no produzcan ni un incidente, sino que no se vea ni un borracho, ni se oiga nada chocante ni malsonante ni histérico… sino que todos felices y tranquilos y por no oír ni una risotada ni nada histérico… y pasan las horas con cánticos y cláxones, saltando y algunos bailando, jóvenes, niños y ancianos, y todos vuelven a sus casas tan normales… pues eso sí tiene mérito.
Es también un ejemplo de lo que es vivir en una sociedad. Desde hace años no se nos trata como a ciudadanos, sino a criminales. Las extremas medidas de “seguridad”, controles, control de bolsos, pasillos de “seguridad” exagerados e inmensos, aforo de calles y de catedrales, control policial para las actividades más inocentes… esto diluye el sentido de pertenencia a una sociedad. Y lo del domingo por la noche fue una demostración de que se puede hacer fiesta de manera espontánea, sin esas restricciones, y no causa incidente alguno. Somos una sociedad, y libre, ¡qué pocas veces podemos sentir eso!
En fin, el domingo por la noche una vivencia de alegría, y de pertenencia y de civilización…
Ya al día siguiente, lunes, la cosa empieza a deformarse. Se interpreta mal. Se fomenta la adoración a las personas individuales de los jugadores (que justo el mayor gancho del mundial, para los miles y millones de personas en general indiferentes al fútbol, es que se habla en esos términos, juegan Inglaterra, España, Francia, gana este país, pierde el otro… El héroe no es Pepito ni Antoñito, es España, y así se sienten representados todos).
Las palabras del rey al recibir a los jugadores no fueron acertadas. En vez de hablar de España, de la unidad nacional, del logro que esta victoria supone para la cohesión nacional y para el prestigio exterior de nuestro país, en vez de hablar como rey (y si no habla como rey, ¿para qué está?), pues habló como humilde admirador de estos grandes ídolos. “Estaréis cansados, ¿no?, pero a gustito, ¿a que sí?”. Esto hubiera estado bien a la hora de acercarse luego personalmente a saludarlos, ya sin micrófonos, dando palmaditas y abrazos. Pero no para abrir un discurso que verían millones de españoles. Seguramente el hablar de la grandeza de España y de su prestigio le sonaría engolado y demasiado solemne. Es lo mismo que decir que su cargo mismo le resulta engolado y solemne.
Su justo castigo (pero que repercute en todos los españoles, en el deterioro de nuestras instituciones) es que ya el público no percibe que sea un honor el ser recibido por los reyes. Sino más bien: “Qué suerte tienen los reyes de ver a los jugadores de cerca”. No falta quien opina que esta visita a la Zarzuela era innecesaria (de la otra, ni hablemos), que si el rey quería verlos, pues que se hubiera acercado él mismo, como el resto del pueblo, a la Cibeles. Esto evidentemente es un disparate, es anular la función de la Corona, es decretar ya de entrada la jerarquía regia de los jugadores de fútbol… pero ellos mismos se lo buscan. Si el rey no actúa como rey sino como un humilde fan más, ¿qué derecho tiene un fan cualquiera a que los dioses del momento se molesten en acercarse hasta su casa?
Las únicas palabras mínimamente cercanas a lo que institucionalmente requería la ocasión salieron del jugador que marcó el gol (“Esta es una victoria de 47 millones de españoles”), y más adelante, del seleccionador (dijo algo del “triunfo de España”, en medio de una maraña de banalidades, ante las absurdas preguntas personalistas de “¿cómo te sientes?”).
Las palabras del jugador no fueron sólo indicativas de modesta elegancia (aunque se agradece mucho la elegancia). Fueron la pura verdad.
Un equipo de veinte excelentes jugadores de fútbol, con un poco o mucho de esfuerzo, pues se consigue (y no hablemos de los ilimitados recursos, humanos y materiales, con los que hoy se cuenta para ello). Como también se conseguiría un conjunto de veinte excelsos alpinistas o tiradores de jabalina. Es meritorio… pero es posibilísimo. Sin demérito de los actuales, que tanta alegría genuina y verdadera han proporcionado a millones de españoles… pues con toda objetividad hay que decir que si falta un Pedri se puede poner a un Pauli y si falta un Rodri, pues en su lugar habrá un Leandri.
Pero cuarenta y siete millones de personas, repartidas en pueblos y ciudades de toda España, que, sin que nadie les obligue, dediquen su tiempo a animar al equipo que les representa, con alegría y total desinterés; esos millones de personas que se alegran con el triunfo del equipo (ellos, los de a pie, no se llevan dinero ni fama. Se alegran de corazón. Se alegran porque gana España), y salen a celebrarlo con una mezcla (en ciertos países inaudita) de inmensa alegría desbordante y de compostura máxima, eso… ¿quién puede producirlo? ¿qué entrenador produce eso? ¿quién puede crearlo?
Está muy bien el entusiasmo con el que se recibe a los jugadores… pero no perdamos de vista la proporción. No hay que caer ante sus pies (y menos siendo el rey) con una humilde abyección y agradecimiento infinitos, ni menos con idolatría. Si acaso, el agradecimiento de los jugadores ante el pueblo que se alegra, eso tiene que ser muchísimo mayor. (Si la gente no se entusiasmara de corazón, ¿qué valor tendría lo que hacen? O si los españoles fuéramos los vándalos que las autoridades continuamente creen que somos, si victorias deportivas como esta ocasionaran miles de destrozos, accidentes y heridos… ¿de qué valdría que ganaran partidos?, sería más bien un daño).
A los que piensan “¡Qué tendrá eso de darle patadas a un balón!” se les puede responder que, objetivamente hablando, y aunque la utilidad práctica de “las patadas al balón” salten menos a la vista, …pues finalmente es indiscutible que a veces les dan una alegría a millones de personas, y que la alegría cura más enfermedades que muchas medicinas. Cosas así, mejor dichas, son las que debía haber recordado el rey.
Y con horror nos enteramos de los homenajes previstos en el pueblo natal de este o de aquél (¡qué obsesión con el tema!, es como diluir la cohesión que se había conseguido con unas horas, ya el afortunado no es un país entero, sino sólo una localidad; es achicar las cosas, y sobre todo el darle a esos detalles el rango de noticia de primera fila, mil veces repetida). “Horror”, pues sí, el horror viene del homenaje propuesto. Hablan de quitarle a la plaza principal el nombre actual de “Plaza de España”, para ponerle el del futbolista goleador. ¡Quitar el nombre de Plaza de España! Esto sería como el refrán de “hacer un pan con una torta”. De modo que este triunfo ha servido primariamente para que en la calle se pueda vitorear a España con tranquilidad y agitar nuestra bandera como la cosa más sana y normal… y decir “Ha ganado España”, e incluso “Que viva España”. Y ahora, ¿proponen esto?
Si quieren hacer un homenaje a lo sucedido, hágase al revés: póngasele el nombre Plaza de España a la que antes se llamara de otra manera.
Pero quedémonos con el recuerdo de tantas calles y plazas y esquinas que, bajo el rótulo que se quiera, eran indiscutiblemente de España el otro día.





