Pasan los días, las semanas, los meses… y este tapón continúa. Sí, el de la Plaza de la Concordia: esa tremenda valla que cercena uno de las zonas de paso más habituales, más placenteras, más empleadas, más urbanas y nuestras de toda la ciudad. Incluso el no ser de una especial belleza monumental la libera un poco de la sobrecarga turística que ya tenemos en cada rincón, lo convierte en espacio más nuestro, sin connotaciones de museo sino de vida urbana. Pues se va a cumplir un año privando a los ciudadanos de algo tan básico, y nadie parece ni pestañear.
Es un espacio agradable, tranquilo, nuestro. El parquecillo infantil fue de los primeros en instalarse y es de los menos molestos: desde fuera la vegetación tapa el colorido chillón de estas instalaciones, y aquí cumplen una cierta función urbana. No entran en el capítulo de hinchazón de parquecitos infantiles antiurbanos en zonas monumentales sin venir a cuento. También hay un discreto quiosco de periódicos que, ¡cumple su función: vende periódicos! Algo hermoso, que otros países miman. Y luego, pues es zona de paso desde el barrio de San Vicente hasta el de la Magdalena y el Duque. Tan natural, tan obvio es el pasar por aquí que continuamente olvidamos la existencia de esa valla, y hay que dar una ingrata vuelta: o bien, como algunos hacen (y en este caso, sin animar al gamberrismo, la verdad es que tiene cierta justificación), el dar un salto en el lugar en que las mismas piedras piden a gritos que por allí se pueda pasar.
Esa obra lánguida que no parece avanzar en San Hermenegildo podía ser compatible con un pasillito, bastaba con desplazar la valla un par de metros. Pero no se hace. ¿Por qué?
Cuando se preparaba con el inmenso despliegue de gasto, pomposidad y desbordante y prohibidora presencia policial aquella Magna del 8 de Diciembre, muchos pensamos “Bueno, al menos así quitarán antes esta valla” (o abrirán un pasillo en tan obvia zona de paso para esas multitudes que se esperaban). Dimos por sentado que antes de esa fecha ese obstáculo tenía que desaparecer. Lo dábamos por seguro, era algo de cajón. Máxime cuando intensificaron una campaña contra lo que ellos llamaban obstáculos urbanos.
El asombro fue inmenso cuando para el día 8 no sólo permanecía abierta en canal y llena de peligrosas vallas junto a zanjas la calle Bobby Deglané, zona de paso crucial aquel día; sino que la zona de la Plaza de la Concordia… ¡seguía tapada!
En medio de aquella brutal campaña policial multadora y prohibidora para los demás… ¡las vallas de ellos, las de obras del Ayuntamiento seguían!
La desidia, el silencio, la insensibilidad, o el aletargamiento del ciudadano hecho ya a ser maltratado, hieren realmente el sentido común.
Pero el pasado viernes 21, a la misma hora en que por enésima vez (¡es algo tan natural es pasar por aquí, llegando al centro desde la Gavidia!) nos tropezamos con la siempre ingrata sorpresa de que el camino sigue cortado… pues ese mismo día el alcalde se explayaba en una entrevista de radio hablando de las excelencias de esta “la ciudad más bella del mundo” y de las infinitas posibilidades lúdicas… Los oyentes creerían que hablaba de una especie de paraíso donde, una vez que el nivel de vida, la seguridad y el bienestar nos rebosan, pues de puro sobrados ya no sabemos lo que hacer para disfrutar de más eventos y conciertos y procesiones extraordinarias y de la fiesta, el concierto y la experiencia placentera continua…
Eventos, celebraciones, vida lúdica… ¿Esta gente – los de los gobiernos municipales- piensan alguna vez en algo más?
¿Nunca tiene que ir andando a ningún sitio? ¿O esperar un autobús, un taxi o un VCT? ¿En qué consiste su vida… de evento en evento?
Parece que el concepto de vida cotidiana no lo tienen. Son como jefes del departamento de diversiones.
Imaginemos una familia, una familia de padres e hijos en una casa o piso grande. Una casa con la lavadora rota, las tuberías malolientes… la nevera llena de fruta podrida, las sillas cojas, los cristales rotos de un vaso partido sin recoger… Pero, ¡oh! diariamente entrarían en esa casa nuevos palos de golf para uno, cuarenta pares de zapatos nuevos para otro, diez vestidos de flamenca para otra, para no tener que decidirse por uno, un reloj de lujo para otro…Y las tuberías seguirían rotas y la comida en mal estado. Faltaría lo necesario, pero, ¡oh!, cuánto se gasta en lujo, en lo extraordinario.
Pues ese es el estilo de este y de infinidad de Ayuntamientos.
Nos estamos quedando sin vida cotidiana. La idea de que hay ciudadanos que trabajan, que aman su trabajo además, y que la vida cotidiana es valiosa, eso no se les ocurre. Piensan sólo en el segmento de la población que, recibiendo una paga, pues viven en el perpetuo parque temático en que se ha convertido Europa.
Y mientras ellos se van de eventos, los ciudadanos tenemos el paso cortado.
(Aparte, eso de tener que oír, entre valla y valla, que esta es “la ciudad más bella del mundo” pues no sé si anima o disgusta o se le pone a uno cara de paleto. Los que por trabajo o lugar de vivienda tuvieron que atravesar diariamente la Avenida de San Francisco Javier en obras durante dos años, o tuvieron que verla continuamente desde su ventana… si a ellos se les dice que viven “en la ciudad más bella del mundo”, pues le dibujan un horizonte algo sombrío – ¿cómo es el mundo entonces? La ciudad la componen todas sus calles, podían cuidarlas un poco y olvidarse de tanto evento).
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