Piropos
Hoy no me dejan. Dicen que son mis palabras como el látigo que lacera la piel. Tu piel. Ese mapa de verso terso que tantas veces recorriera con las puntas de los dedos. Que he besado saciando con su sabor la sed. Que hace sucumbir en el delirio con su aroma de fragante perfume. No, no me dejan. Hoy me han querido negar poder rezarte con devoción ciega.
Quieren impedirme poder dejar impresa en el aire la admiración al contemplarte. Dicen que se puede rasgar no sé qué velo que te protege hasta del viento que se atreva a rozarte. Me han llamado animal por querer expresarme. Me han comparado con un ser obsceno por hacer salir de mi garganta notas que llevan tu nombre. Solo quería que tus oídos pudieran escuchar la melodía que provocas. Tan solo por eso, me han señalado con el dedo, como se le advierte a un perro que acate la voz de su dueño.
No, no me dejan. Reprimen lo más hermoso del hombre. Coartan que por ser tú mujer y por ser yo varón, no pueda describir cuánto me deslumbras. Aseveran que caer a tus pies es poco menos que deshonrarte. Deshonrarte… ¡Cuando es alabanza lo que sale de entre mis labios! ¡Una caricia fabricada por el sentimiento que me seduce a no callarme! Que me calle, eso es lo que me reclaman. Que no proclame mis halagos hacia la figura que ante mí se descubre como la más bella y humana obra de arte. Se atreven a acusarme de violentarte. Del que asomen a tus mejillas los colores, por eso soy un infame. Se atreven a conjugar la ordinariez del verbo malsonante, del aberrante, del irrespetuoso y del irresponsable, con aquel otro que solo busca reivindicarte. Se atreven a medir el piropo con una burda y soez metáfora. Porque todo lo que no sean loas no es sino agua estancada. Y no me digas, mujer, que no te gusta saberte admirable; ni atraer, de este pobre sexo débil que somos, la mirada embobada.
Reconozco que no comprendo a aquellas (y aquellos) que alzando enseñas de libertades, de hasta aquí llegamos con esto, y de conquistas sociales, vayan a abanderarse bajo el puritanismo arcaico. Un sinsentido de esta sociedad que se dice liberada y que reprime al hombre por serlo y dicen, sin embargo, que tolerancia es que una mujer se oculte tras pudorosos velos. Y si no es tolerancia, al menos callan. Qué curioso… Se han cambiado los cinturones de castidad por sudarios de sometimiento. Mojigatería del siglo XXI. Fariseos de nuevo cuño. Beatos recalcitrantes que pretenden convertir a las mujeres en porcelana fina, en cristal de Bohemia, en dulce para escaparates, en caricia sin tacto, a la que no se la puede ni admirar porque, según estos, es agredirlas el mero atisbo de ello.
Hoy no me dejan. Dicen que mis letras, que sin ti pierden el sentido, te vulneran. Que son viperinas, hijas de la lascivia. Ay, mujer. Yo comprendo que hay sinvergüenzas que se aprovechan de la palabra para satisfacer así sus deseos, que más quisieran que realidades fueran; pero decir que es de bestia defender por la gracia de los piropos tu grandeza, acusar de bajeza, de violencia. Eso solo demuestra que vivimos en una sociedad incapaz de discernir entre belleza y vileza.
Y que todavía existan poetas…





2 Comments
Qué grande maestro! Y que nadie haya dejado ni un olé. Bravo, bravo y mil veces bravo, por criticar lo absurdo y hacerlo con esa elegancia y poderío.
Muy agradecido, don José.