
De un manual de Historia, de un cuadro, de un jersey hecho a mano, de una estatua conmemorativa, se pueden comentar muchas cosas: el libro puede ser bueno, o regular, o erudito, o entretenido; el cuadro es bueno, o no tanto, el jersey está muy bien acabado o resulta “fullero”, la estatua es grandiosa o moderna o clásica… (No hablamos aquí de grandes obras destinadas a pasar a la Historia del Arte o de la literatura, sino de objetos cotidianos). Sin embargo, muchas personas son sensibles, sean conscientes de ello o no, a otro factor: si el cuadro, o el jersey, o el libro de texto, si estas cosas están hechas con amor a la materia de la que se trata.
Puede que el considerar si algo “está hecho con cariño o no” sea algo trivial… Pero, ¿lo es? Pensemos en la vida cotidiana. Un mismo regalo que nos hagan, un regalo amistoso o familiar de poco valor, lo recibimos de manera muy distinta si vemos que se nos ha hecho con la mejor intención, o si se nota que no es el caso.
¿Ejemplos? Una anciana señora “tradicional”, aficionada a la pintura y rebosante de bondad, le regala a sus vecinos, por alguna ocasión solemne, un cuadrito pintado por ella con todo el cariño representando un tema sevillano (un balcón con geranios, un Señor de Gran Poder). Aunque cuando se notara una técnica mediocre, y hasta con un punto “kitsch”, normalmente la familia receptora lo acogería con agradecimiento, pues semejante regalo transmite ternura.
Imaginemos ahora a un pintor moderno y “progre”, instalado en Barcelona o en París, que recibe una invitación de boda de unos parientes lejanos de Sevilla. El pintor es moderno y progre, repetimos, y jamás ha ejecutado un tema religioso; sin embargo, piensa: “En un ratito yo les pinto un Gran Poder con claveles rojos que a estos catetos de mis primos seguro que les va a encantar; y qué bien que voy a quedar yo”. Y pintará un cuadrito que, a la hora de describirlo, se diría parecido al del ejemplo anterior (el pintado por la bondadosa vecina). Y sin embargo, no se sabe cómo, al ver ambos lienzos se advierte una gran diferencia. Uno está hecho desde la autenticidad, de alguien que, con mayor o menor pericia, cree en lo que hace, lo ha pintado con amor y fruición. El otro está pintado desde el desprecio…
¿Y eso se advierte sólo al contemplar los cuadros, sin saber el origen, sin saber cuál es el de la señora cariñosa y cuál el del pintor despectivo y condescendiente? Pues sí que se advierte. Y a simple vista.
Quien lo desee puede comprobarlo cualquier domingo en la plaza del Museo donde ponen a la venta sus cuadros muchos pintores. Guste o no lo que vemos expuesto, normalmente se aprecia bastante autenticidad – se ve que suelen pintar lo que les gusta. Sin embargo, si nos concentramos en lo que podemos llamar escenas típicas (la Giralda, imágenes de devoción popular, etc) ahí se distinguen claramente dos campos. No hablo de calidad, sino de autenticidad. Es fácil distinguir al que pinta esos temas porque le gustan, y al que por temperamento prefiere pintar otras cosas, pero alguien le ha aconsejado: “Huy, si estás en Sevilla, pinta Macarenas, que eso se vende muy bien”, y entonces… entonces produce cuadros en los que se ve que no sólo no ama a su modelo, sino que hasta lo desprecia.
Sería ingrato y destructivo ponerse a hablar del cartel del Consejo de Cofradías de este año (qué dolor da “tener razón” en algunos casos, y cuán cierto es eso de “me gustaría equivocarme”. Pero desde que se decidió que tenía que ser remunerado, algunos nos temimos lo que en efecto ha sucedido. Se acabó el amor al arte, en todos los sentidos). Omitamos el analizar esto del culto a la fealdad, a la vulgaridad… sería interminable y deprimente.
Tan sólo una apreciación: No es muy aventurado afirmar que no parece que el artista haya pintado este cuadro con amor a su tema. Más bien con desprecio.
La “excusa” de que pretende reflejar cómo viviremos efectivamente esta Semana Santa es peregrina. (Hay por cierto precedentes de carteles que representan las Fiestas Mayores de Sevilla vividas desde el interior de una casa – el del Ayuntamiento del año pasado, y el de 2017, que representaba simplemente un armario abierto, colgados los trajes de gitana y las túnicas. Ambos están pintados con amor, con fruición, con delectación. Ni a un artista ni a otro conozco, esto es sólo mirar los cuadros).
La excusa, decía, es absurda. Nadie que ame la Semana Santa enseña un mueble así. A nadie que haya rezado alguna vez un rosario se le ocurre colocarlo en ese sitio.
Alguien podrá justificarlo alegando que el pueblo llano se provee de muebles en Ikea; esto no digo que no. Pero no está pintado con cariño al pueblo, sino burlándose de él.





