No queda ni una sola idea que aglutine a la gente del partido Ciudadanos. Todas las palabras originales que sonaron tan bien en boca del retórico Rivera se han esfumado como el humo: regeneración, separación de poderes, igualdad, ley electoral… Solo ha quedado una: bisagra. Que solo significa una cosa: poder. Ambición de poder. Por eso es tan inevitable el espectáculo dantesco al que estamos asistiendo tras la convulsión de Murcia y Madrid. Es como si los que abandonan un barco que se hunde dijeran que se marchan porque ellos iban a otro sitio. Bueno, más vale tarde que nunca. Pero esto ocurre porque no quedan ideas, ni siquiera valores que cohesionen, en esta política de partidos descarnados, convertidos en organizaciones pseudo mafiosas que solo atienden a lo suyo, para las que la democracia es sobre todo un estorbo. Y no es algo exclusivo del partido Ciudadanos. Asegura la candidata de Más Madrid, que representa a todas las mujeres, que las mujeres están hartas de no sé qué testosterona; y que las mujeres van a echar a no sé qué extrema derecha sin que nadie las tutele. Esto es aún peor que lo de Ciudadanos: en vez de no tener ideas, se tienen ideas perversas, y a la vez se carece de la mínima vergüenza para así poder decirlas con desparpajo. Dice la de Más Madrid que a ella no pueden quitarla porque es mujer, un privilegio machista que recuerda al Titanic, y se queda tan pancha hablando de igualdad. Todo sea por el poder. Los partidos y sus impostadas letanías ideológicas han socavado todo, desde la democracia hasta la Constitución. Demasiado bien estamos.
Estos mismos partidos crearon la malsonante palabra “tránsfuga” para negar lo que la Constitución afirma: que el escaño es del diputado, y no del partido; y lo afirma precisamente para proteger a la democracia representativa de los grupos organizados. Creo que solo un transfuguismo ético, de quienes no estén dispuestos a traicionarlo todo por los intereses de “el partido” podría salvarnos ahora. Personas honestas, con nombre y apellidos, podrían salvar los restos del naufragio democrático, pero para eso hacen falta dos cosas de las que la partitocracia no quiere ni oír hablar: listas abiertas, y verdadera democracia interna, y no el paripé que hoy es la norma. No nos sirve, a la vista está, un aluvión de candidatos metidos a presión en una lista cerrada, producto de peloteos, intereses inconfesables, escarceos eróticos de cuarta fila, o simplemente de la falta de ideas. La lista de las personas que van a representarnos es una cosa demasiado seria como para hacerla a bulto.
Los partidos políticos no son un ente abstracto, son esas otras personas que componen los núcleos duros, a veces ocultos, de la partitocracia. Como lo fue por ejemplo Fran Hervías, ex secretario de organización de Ciudadanos, que presumía públicamente de ser el “lobo feroz” que se comía a las “ovejas negras” discrepantes del partido, como efectivamente hizo. A su actual esposa se la eximió del requisito de antigüedad mínima de militancia para presentarse a las primarias por Sevilla. Milagrosamente, pese a ser una casi desconocida, le ganó por dos votos a Jaime Barrera, que llevaba meses haciendo campaña; fue diputada en Madrid hasta la debacle del 10-N, y ahora es adjunta al Defensor del Pueblo Andaluz. A Hervías nadie lo eligió, solo medró, como tantos, al rebufo del niño Rivera, ¿qué podía esperarse de él? No deberían tener cabida en política quienes ni creen ni practican los fundamentos básicos de la democracia. La política española ha hecho una selección inversa de los mejores: casi todos se han marchado de ella. Y esto tiene que cambiar.
Como ni la justicia ni el periodismo hacen hoy su trabajo de ponerle líneas rojas a la amoralidad del poder, solo nos salvaguardan las personas honestas, los doce justos de Sodoma y Gomorra, que generalmente van por libre. No es un pacto antitransfugismo lo que ahora necesitamos, sino un pacto urgente de regeneración democrática, algo que la partitocracia no parece dispuesta siquiera a contemplar. Díaz Ayuso ha sabido zafarse por un instante de la oscuridad de esta partitocracia y la gente la votará a ella, no a su partido. Como muchos votarían a Cayetana, que habla con voz -y ética- propias. Sin trampa ni cartón. Porque una cosa es la disciplina de partido, y otra muy distinta el entreguismo moral. Necesitamos con urgencia personas que a pecho descubierto se la jueguen, poniendo su cara como aval. El previsible triunfo de Ayuso será el reconocimiento al valor personal frente a todo y contra todos, incluso contra su propio partido, si hiciera falta. Salvando así, de manera paradójica, a su propio partido. Quizás al fin hayamos tocado fondo, y estemos a las puertas de una nueva era política, dónde los partidos estén al servicio de las personas, y no a la inversa. Pero obras son amores. Solo radicales propuestas políticas para el rescate de la democracia y de la Constitución nos indicarán si algo de verdad ha cambiado, o estamos, otra vez, frente a los mismos perros con distintos collares.





