Según las últimas noticias hay algún Pablo, que como Pablo de Tarso se ha caído del caballo en el camino de Damasco. Y en lugar de desear vivir de squater en un piso abandonado de Moratalaz, (Sabina dixit); ha preferido ahora vivir en un chalet ajardinado de Galapagar. Se ha mudado. Nada de malo veo en la prosperidad, es deseable para todo el mundo. Como también es deseable que todos los políticos fueran capaces de aunar intenciones y esfuerzos para erradicar los asentamientos chabolistas y las infraviviendas que todavía existen en ésta potencia económica mundial llamada España. Podrán así nuestros dirigentes y sus opositores limpiar sus conciencias como se limpian y desbrozan en éste tiempo los jardines y de paso darán cumplimiento a nuestra Constitución.
Y del aire de la sierra madrileña nos vamos al solano de las marismas porque al hilo de lo anterior me viene al recuerdo la letra de aquellas «Sevillanas» que cantara don Francisco Palacios Ortega, El Pali: “No me muero sin tener una choza en El Rocío…” Desconozco si El Trovador de Sevilla llegó a cumplir aquel modesto sueño. Tampoco creo que fuese persona de grandes necesidades. Era feliz con buena compañía, media arroba de manzanilla y un lebrillo de papas aliñás. El gran novelista e insigne académico sevillano don Manuel Halcón, en su obra titulada “Manuela” nos relata como la pareja protagonista conformada por la bellísima Manuela y el apuesto Antonio, con mucho sacrificio sí que llegaron a construir su humilde choza marismeña con techumbre de palos y junco. Y decía Manuela, que vivía allí más feliz que otros en sus palacios. El hogar no son los muros y los techos sino la convivencia que se crea entre los miembros de la familia. El hogar es paz y bien; amor y fraternidad.
Durante la Romería del Rocío los peregrinos viven en esas casas temporales que son las carretas, despojándose de las comodidades de las casas convencionales, para hacer un camino de adoración a la Virgen en ése altar itinerante que es la carreta del Simpecado. Porque peregrinar es vivir en una casa momentánea y comprender que todas las posesiones terrenales y el propio cuerpo son temporales. ¿Acaso la propia vida no es en sí misma una peregrinación? Cada cual hace su propio camino interior y se busca a sí mismo para encontrarse.
Y hablando de peregrinaciones, como estamos en vísperas del domingo de Pentecostés, aprovecho éstas líneas realizar un sentido homenaje a mi querida Hermandad Rociera que es la más particular de todas porque está compuesta solamente por hermanas. Fue creada hace ciento cuarenta y tres años en una habitación con derecho a cocina de un corral de vecinos sito en el número trece de la muy sevillana calle de San Luís. Les advierto que es una hermandad bastante seguida ojartible, pues a diferencia del resto de filiales no sale una mañana de mayo. Sale todos los días del año desde su Casa Madre de la calle Sor Ángela de la Cruz. Hace su salida muy temprano y pasa casi desapercibida. Y aunque es muy alegre, no lleva estruendo de cohetes, ni música de flauta y tamboril. Su distintivo es una Cruz de madera colgada al cuello. Camina a paso ligero, se ve que como Madre Angelita fue zapatera de joven, le da alas en los pies para llegar pronto a su Pará Rociera. Su ermita está en el corazón de los afligidos y allí levanta su altar para rezarle a la Madre de Dios.
La Hermandad del Rocío de Madre Angelita hace su camino diario desde la collación de San Pedro al Hospital Virgen del Rocío. Sus Hermanitas son peregrinas y buenas samaritanas que cuidan de los romeros desvalidos, de los enfermos y ancianos. Y además de ello, le rezan y le piden a la Blanca Paloma y a su pastorcito divino por todos nosotros. A esa Cruz se agarraron ellas: a la Cruz de los más pobres. Y de ahí no se han mudado ni tienen intención alguna. Y como aún estamos en tiempo realizar la declaración de la Renta, también me agarro yo a la cruz de la casilla que destina la asignación tributaria a la Iglesia Católica. ¡Por ellas!





