En la corriente actual de opinión, cierto personaje se ha hecho impopular porque se ha destapado como prototipo de “señorito sevillano” o “señorito andaluz”.
Desde el punto de vista progre, esta es la peor acusación. Y sin embargo, resulta demasiado benévola. B. Osborne, aunque ciertamente reúne las más abyectas características de lo que, según el tópico, sería el señorito andaluz, pues las conjuga con las (para mí aún más abyectas) marcas del progre contemporáneo, con el que tan bien se lleva siempre (la prueba es que ahora que se ve recibiendo por primera vez algunas críticas serias por parte de este último, se le ha demudado el rostro).
Una admira sobre todo al hombre, en vía de extinción, que era a la vez masculino y capaz de dominar sus pasiones, y de ser un buen esposo y padre, y de proveer para su familia…
Faltos de esto, todavía se puede decir que lo que llaman “el macho ibérico”, sin principios y seductor de una mujer detrás de otra, pues todavía presentaba ciertas cualidades, de las que este personaje de prensa del corazón carece. El seductor tiene vitalidad y alegría. El recientemente fallecido Fernando Sánchez- Dragó, que a millones de mujeres no nos atraía nada, pero a quien nunca faltaron esposas o amantes más jóvenes (la última, sesenta años más joven, y se les veía a ambos encantados), pues saltaba de gozo al hablar de su hijo pequeño, concebido, como se diría con palabras bíblicas, en su ancianidad. El verdadero macho ibérico será infiel, será poco considerado, pero ciertamente no le tiene miedo a la vida. Que no se le dé ese nombre a ese pusilánime retraído y avergonzado, pues se le hace demasiado honor.
El ex torero Ortega Cano, mucho más envejecido, mucho peor tratado por la fortuna, sin glamour, pero hombre de cierta coherencia vital, dijo ante las cámaras hace como un año: “¡A ver si ampliamos la familia!”, como tendiendo una rama de olivo a su mujer distanciada. Se citaron con retintín esas palabras. Y sin embargo, con ellas se gana el título de macho ibérico, (sea que se considere insulto o alabanza) con mucho más motivo que otro que va al gimnasio a fotografiarse en camiseta sin tirantes. En circunstancias muchísimo más difíciles, el antiguo torero no tiene miedo de la vida.
El Don Juan de la literatura no era fiel ni considerado. Pero su derroche vital es fascinante. Inmoral, sí, pero, ¡qué canto a la vida, a la alegría, al entusiasmo, al optimismo! Millones de mujeres, tantas como hombres, han gozado al leer la famosa estrofa en la que describe cuántos días empleaba con cada mujer “Uno para conquistarlas /otro para conseguirlas /dos para sustituirlas/ y una hora para olvidarlas”. Vale que hablamos de versos ligeros (sin las complejidades de la vida), vale que consideración hacia la mujer, ninguna, pero, si a alguien le llaman “un don Juan”, pues le están dirigiendo un gran piropo: se refieren a un hombre que vive ligeramente, pero con alegría y entusiasmo, siempre en el puro presente… No a un cobarde, no a uno que esconde a la mujer con la que se ve en secreto para que no se ofenda la anterior (el Don Juan habría olvidado a su ex en una hora, y presumiría de la presente como si no hubiera otra). Por favor, no le llamen Tenorio a éste, que no le llega ni a la suela del zapato.
El conquistador tradicional presumía de la mujer que le acompañaba en ese momento porque la consideraba la más despampanante (aunque luego, meses más tarde, repitiera, con igual sinceridad, las mismas palabras referidas a otra persona). Pero este “señorito- progre-políticamente correcto” de hoy, si le preguntan por su pareja, primero rechaza espantado ese término (que a otros nos espanta también, pero por razones distintas, por lo que tiene de animalidad. A él le asusta porque hasta del apego animal reniega, en lo profundo de su miedo) y luego dice que es una amiga “que trabaja como una burra” – la única “cualidad” que se le ocurre. Ningún “señorito andaluz rancio” definiría así a una mujer con la que se le relaciona. No le llamen antiguo ni rancio, que le hacen demasiado favor.
Pero – aquí llega lo doloroso, lo terrible, lo que hace necesario mencionar a ese personaje-, en la sociedad el respeto a la vida humana se ha perdido tan radicalmente (trasladándose ese sentido de algo sagrado e intocable a la vida animal), que a nadie se le ocurre que una mujer sienta la llama del respeto trascendental por la vida naciente. En una sociedad que para otras cosas es buenista hasta el extremo, en este caso el cinismo y la crueldad alcanzan cimas que jamás se dieron en épocas pasadas (cuando se hablaba de hijos ilegítimos y bastardos, y estaban marginados, sí. Pero a la vez se les tenía un gran respeto, a ellos y a sus madres. Eran el ejemplo viviente de lo que es la vida, con todas sus consecuencias. Ahí está Don Juan de Austria). Esta época, el 2023 en España, es la peor para una mujer que se haya quedado embarazada inconvenientemente. Aparte del decisivo cambio de vida que le toca, pues ni siquiera tendrá la consideración que antes siempre recibía. Se dice “es que ella lo quiso tener”, como si fuera un caprichito. Eso se dice incluso en casos normales, no de padre rico; que ella “lo quiso tener”, válgame Dios, como un caprichito para incomodar al hombre.
La mujer que hoy día sigue adelante con un embarazo importuno, por puro eco de temor de Dios y sacralidad de la vida humana, tiene muchísimo más mérito que la que lo hacía en el siglo XVII.
Hoy sin querer leemos, en foros de opinión, frases como la de arriba, referidas a la futura madre: “Por decencia debería abortar”.
“Por decencia, debería abortar” (para no incomodar al hombre que ha dicho que no desea un niño. Aunque si lo deseara, hasta “permiso de paternidad” tendría). Esa es la sociedad feminista del siglo XXI.





