Vivía Pedro en un palacete frecuentado por su hermano, políglota maestro en hacer danzar chirimoyas que ora residía allí, allá o acullá, según donde se encontrase su oficina de artes escénicas que, para confusión de Hacienda, ubicaba en su rulante caravana. Además de proceder ambos de una familia acomodada que pagóles estudios en centros pijoprivados, Pedro maridóse con una mujer experta contable en los ingresos obtenidos con el sudor y esfuerzo de los de enfrente, o de detrás, que se dejaban la piel en la prestación de sus epidérmicos servicios.
Con esas cartas, un doctorado en fontanería y alguna que otra maniobra con cortinilla de dudosa moralidad, alcanzó Pedro la cúpula del éxito político en el que se mantuvo siempre fiel a su regla vital: faltar a su palabra y promesas electorales. Hasta que un mal día, el brujo Tezanos le advirtió que había ido creciendo el malestar en el reino; aclarándole que el clamor popular de «higos y frutas» que Pedro creía que le ofrecía el pueblo cuando lo veía, eran otras palabras de sonido similar, pero de significado muy diferente. Convenía que Pedro realizase un gran prodigio para recuperar el perdido amor de su pueblo.
Y fue entonces cuando, aprovechando una concentración de intelectuales que reclamaba viviendas, echó mano de un decreto mágico que guardaba secretamente desde hacía ocho años; prometiendo que, una vez publicado, en el reino brotarían viviendas sin desahucio por doquier para todos, todas y todes…





