
(Mañana lunes, amado pueblo, os bombardearán con la decisión que he tomado y que os doy en primicia hoy)
Queridos socialistas y socialistos (incluyo, con las correspondientes disculpas, a catalanes y catalanas). En estos momentos trascendentales, os envío mi segunda misiva tras reflexionar unos días a vuestra costa:
Ya en abril de 2024 descubrí las posibilidades terapéuticas de desaparecer unos días mientras todos especulabais sobre mi futuro. ¡Dais pena… pero sois así!
Me divertí tanto que he decidido reincidir en la fórmula. Esta vez, inspirándome en mi homólogo Carlos V, he buscado un retiro sobrio, austero y alejado del mundanal ruido: Yuste.
Con una pequeña diferencia: al contrario del gantés, que apenas contaba con un reloj rudimentario, este emperador cuenta con tres móviles, más los dos de Bego, cinco plasmas, varias televisiones masajeándome y un equipo de asesores monitorizando 24/7 todos mis delirios que, como diría mi especialista, no son pocos.
Sabéis que, según fuentes bien informadas, desde mi retiro contemplo la posibilidad de dimitir o de convocar elecciones. ¡Jo, jo! Perdón.
Inevitablemente, en estos momentos pongo todos mis pensamientos en el viejo emperador, aunque con algunas diferencias históricas. Él abdicó y se vino aquí. Yo me retiro para haceros creer que vengo a pensar si me marcho mientras permanezco en el poder.
Es, en cierto modo, una versión contemporáneamente sanchista de la abdicación: abdicar de la decisión de abdicar. Ya os lo adelanto, mis queridos hooligans.
Como bien sabéis los inquilinos de las Casas del Pueblo, yo no conjugo el verbo dimitir, pero hay una cuestión que me preocupa especialmente: las elecciones. No por el resultado, que eso parece garantizado, según me certifican embajadas y consulados de las Indias. Lo que verdaderamente me preocupa es el calendario. Porque, como cualquier estratega electoral sabe, convocar elecciones no consiste simplemente en decir “convoco elecciones”. Hay que mirar fechas, padrones, circunstancias y, sobre todo, a quién demonios metemos en el censo, importándome un carajo una higa todo lo demás.
Os cuento en primicia: todo estaba decidido hace un par de semanas, hasta que los fachas del Supremo vinieron a suspender cautelarmente la inscripción en el CERA de los millones de españoles que he recolectado en Hispanoamérica. Tan españoles como tú y como yo, conocedores de nuestra Historia mejor que un bachiller actual, lo que por otra parte no es difícil.
Y, claro, al lograr llenar las calles de titiriteros y chiripitifláuticos, me surgió una duda razonable: ¿convocar ahora? ¿Con españoles que todavía no saben si podrán votar o no? Pero, tranquilos, os brindo la respuesta anticipada: ¡Pero estamos locos! No, no, no. De ninguna manera, entendedme: ¿Quién aprobaría que, después de haber ampliado el censo con la ley de nietos, me vaya a presentar a unas elecciones con el censo en obras y paralizado?
Os revelo también que me desternillo desde este retiro, contemplando con satisfacción el espectáculo: oposición, gobierno, tribunales, tertulianos, constitucionalistas, juristas y hasta vosotros mismos haciendo apuestas electorales. Todos esperando mi decisión: todos, todos. ¡Empátame eso, Carlos! (Disculpad que me dirija al emperador en medio de nuestra conversación).
Sí quiero confesaros que sigue provocándome especial hilaridad preocupación en este retiro presidencial el asunto de la vivienda y, especialmente la situación de la inquilina burguesa desahuciada, Maricarmen. Os reconozco que, sin mover un músculo durante mi reinado gobierno, el problema ha ido creciendo hasta convertirse en la principal de las preocupaciones de los españoles. Y ahora, que mediante dos decretos leyes en 72 horas, me ha dado por afrontar la situación, ya sabéis el resultado: Carles, el de Waterloo, me ha puesto mirando pacuenca, motivo de mi retiro extremeño de este finde.
Menos mal que estáis ahí, mis amados súbditos incondicionales, dispuestos a manifestaciones y protestas en un revolutum de alaridos de jóvenes, inquilinos y pensionistas, alrededor de alquileres, precios y propietarios.
Mientras escucho los pajarillos en este monasterio que me pagan los españoles con sus impuestos, no tengo más remedio que seros leales y, a modo de confidencia, deciros: “Me tiro ocho años tocándome los cojones trabajando con respecto a los problemas de la vivienda y ahora vienen mis perroflautas y titiriteros sectarios partidarios para tirarse a las calles y darme la razón”. Sois un encanto.
A estas alturas, ya me conocéis, no reflexiono sobre si dimitir o convocar elecciones, sino sobre cómo hacer que parezca que estoy reflexionando sobre dimitir o sobre si convocar elecciones. Aunque me lo ponéis fácil, mi querido ganado lanar.
De vez en cuando, alguno de los 85 asesores que me he traído, responden a mi pregunta, que repito cada veinte minutos:
“—¿Qué dicen el pueblo y los medios de la fachosfera?
—Que está usted reflexionando.
—¿Y sobre qué dicen que estoy reflexionando?
—Que probablemente está usted pensando en dimitir o en convocar elecciones.
—¿Y si no dimito?
—La noticia será recibida con enorme sorpresa por nadie.
—¿Y si no convoco?
—Entonces dirán que lo de la reflexión era otra estrategia”.
Lógicamente, esto solo me da pie para seguir rumiando y cavilar, mientras me hincho de falsa vanidad: “Una España que pide vivienda, una oposición que quiere elecciones, unas Cortes que me flagelan, un Supremo que quiere acabar con el derecho de mis panchitos al voto… Y un país entero esperando al lunes para saber qué hará el emperador presidente Pedro Sánchez, o sea yo”.
Y vosotros tenéis el enorme privilegio de saberlo un día antes: mientras oteo el horizonte y una cigüeña cruza el cielo extremeño, dedico un instante a hacer como el que se pregunta: ¿Dimitir yo? ¿Convocar elecciones yo?
—No tengo cojones.
Este texto es una obra de ficción en clave de humor y sátira política





