Pasaba la hora de las diez y media de la noche del domingo pasado cuando estaba viendo un capítulo de la serie “Devils” (“Demonios”) y alguien tocó el timbre de la puerta. Mi mujer y yo nos miramos porque no es normal que nadie llame a esa hora y menos un domingo: nuestras hijas estaban en casa, no se escuchaba a nadie en la calle y nuestros ancianos padres estaban bien, según los habíamos visitado por la tarde de ese día.
Fuimos los dos a abrir la cancela de nuestra casa unifamiliar y al llegar a ella nos encontramos con un joven de unos treinta a treinta y cinco años, algo encorvado, que tras disculparse por la impertinencia de molestarnos con un tono educado, nos comentó que ese día, debido a la lluvia no había podido recoger mucho con limosnas, pero que lo peor era que se tenía que quedar a dormir en la calle, y nos pedía, por favor, que si le podíamos dar una manta que nos sobrara para abrigarse, y así le aliviaríamos la noche.
Lo decía con ese tono que todos empleamos alguna vez cuando hemos de pedir algo pero nos da vergüenza el hacerlo. Confieso que en muy pocas ocasiones en la vida me he sentido con tan pocos recursos para dar respuesta a una situación tan inesperada. Aquel hombre, que podía ser mi hijo y no tenía pinta de barzón, no pedía dinero, ni siquiera comida, algo que en los tiempos que estamos viviendo se convierte en algo recurrente en Fundaciones como Cáritas; sólo quería defenderse del frío de la noche, que viene acompañado de oscuridad y soledad, y del que sólo puedo evocar como recuerdo personal el que pasé en alguna garita de un cuartel de Zaragoza en su riguroso invierno, haciendo el servicio militar.
Cuando ves la indigencia cara a cara, a tan poca distancia, mirándote de frente a los ojos, sobran las palabras, las teorías económicas, los discursos políticos, los debates estériles, los elegantes planteamientos matemáticos y todas las gráficas estadísticas que puedan describir o explicar, mejor o peor la pobreza, y te mueve el imperativo categórico del que hablaba Kant: “Cada uno debe actuar en función del trato que le gustaría recibir de los demás”. No, no puedes obrar con displicencia en esos casos.
Y es que aquella experiencia que hoy vengo a relatarles, fue un baño frío de cruda realidad, que me despertó de mi ataraxia dominical, una realidad que, como dice mi admirado Luis del Val, es como la vejez: salvo accidente, siempre llega. Como también tenemos ya encima dos fechas que van a marcarnos el futuro inmediato: el 14 de marzo para los concursos de acreedores, y el 31 de mayo para la prórroga o no de los ERTES.
Resulta cuanto menos paradójico que la citada serie de Movistar, “Devils”, tratara sobre el comportamiento de los tiburones financieros y cómo se beneficiaron del corralito argentino, la posterior crisis de 2008 con las hipotecas basuras y los fondos de titulización, los rescates a Grecia, Irlanda y Portugal, y otros episodios que llevaron a la pobreza a miles de familias mientras que otros se beneficiaron de su ruina.
No hace falta irse muy lejos para contemplar el rostro de la pobreza, pues está muy cerca de nosotros. Sin ir más lejos, Sevilla capital, según el último índice de indicadores urbanos publicado por el Instituto Nacional de Estadística, ostenta el lastimoso título de contar con cuatro de los diez barrios más pobres de España: Polígono Sur (1º), Tres Barrios (2º), Torreblanca (4º) y Palmete – Padre Pío (10º).
En efecto, es esa otra Sevilla de la periferia, la que no aparece en las postales ni en las guías de Lonely Planet, “territorio comanche” que suelen evitar por seguridad no sólo los taxis, sino también los primeros espadas de la Política, esa ante la que casi todos volvemos el rostro, la que casi no tiene jóvenes universitarios entre sus vecinos ni disfruta de centros sociales con dotaciones adecuadas, y donde la droga suele campar a sus anchas.
Confieso que cuando volví al sofá para seguir viendo la serie, fui yo quien subí al dormitorio a coger una manta para que se me quitara el frío: el cuerpo se me había quedado cortado.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





