Ha pasado otro Dos de Mayo sin pena ni gloria, y de nuevo viene a la memoria el maravilloso Episodio de Pérez Galdós así titulado, “El 19 de marzo y el 2 de Mayo”, lectura idónea para estos días. Un volumen que, como los demás de la serie, puede leerse de manera independiente; una lectura deleitosa, con todo el interés de la novela más amena. Sonará tal vez anticuado si decimos: “Es lectura instructiva y eleva el espíritu”, hoy día no se emplean esos términos, le haríamos tal vez, por querer alabarla, un flaco favor. Pero, ¿cómo expresarlo? ¿diciendo que “leer ese libro da un subidón”? Pues así es, de un modo u otro.
Alguna vez hemos lamentado que estos libros pasen bastante desapercibidos en las aulas de Secundaria, donde en cambio se asignan año tras año unas lecturas obligatorias que, sin demérito de sus autores (¿vamos a “criticar” a Unamuno, a Pío Baroja…?), resultan sombrías y deprimentes (“La Tía Tula”, “Abel Sánchez”, “El árbol de la ciencia”… este último incluso sórdido), como si el aprecio de la literatura tuviera que ir unido al profundo pesimismo existencial. Los Episodios Nacionales constituyen una lectura que sin irle a la zaga en absoluto en calidad literaria a los antes citados, pues, leídos en la adolescencia, podrían constituir una escuela de la vida enormemente sana. Se narran hechos duros, aparecen las terribles penalidades de la existencia, con realismo pero sin rencor ni victimismo, y eludiendo la zafiedad, con una especie de profunda alegría de fondo, con un protagonista que acepta todo, no se amilana, rebosa curiosidad, nunca pierde el humor. Amor a la humanidad, a los infinitos personajes que pululan por sus páginas (hasta los “malos” tienen cierta gracia)… todo es un chorro de realismo, optimismo y, si así lo quieren llamar, “resiliencia”. Una lectura excelente en la adolescencia y en cualquier momento de la vida.
Cuando el protagonista, Gabriel de Araceli, describe las terribles condiciones de la casa de Madrid donde entró empleado como “chico para todo”, una casa de dueños ricos pero indescriptiblemente tacaños, pues, después de narrar muchos detalles grotescos, admite que “No debo pasar en silencio que en la casa de los Requejos había cierto aseo, aunque bien considerado el problema, aquella limpieza era la limpieza propia de todos los sitios donde no existe nada, exempli gratia, la limpieza de la mesa donde no se come, de la cocina donde no se guisa, … de la sala donde no entran visitas, la diafanidad del vaso donde no entra más que agua”. No hay desdicha a la que el narrador no le encuentre cierto salero… “Había cierto aseo”.
Pero además la narración de la historia rebosa una cosmovisión, repetimos el adjetivo, tan sana, que realmente despierta envidia. Los protagonistas serían pobres, huérfanos, maltratados, pero, ¡qué claras tenían las ideas, qué buenísimas herramientas mentales para enfrentarse a la vida!
En un momento dado, al producirse unos instantes tensos durante una “cena” – o lo que así llamaban en aquella cueva del tío Gilito-, el protagonista cuenta cómo horrorizado, por un instante acercó su mano a un cuchillo que tenía a la vista. “¿Quién al ver a una huérfana inocente e indefensa, maltratada por el más necio y soez de los hombres, hubiera podido permanecer en calma?”. Afortunadamente, el “soez hombre” se contuvo y no se atrevió a tocarla, ni Gabriel tocó el cuchillo. Pero comenta, impresionado: “En un movimiento insignificante, en un paso atrás, en una mirada, en una idea que pasa y huye estriba la perdición de personas honradas, y un grano de arena hace tropezar nuestro pie, precipitándonos en el abismo del crimen. Por aquella vez Dios apartó del camino de mi vida el cadalso o el presidio”.
Claro que el “Episodio” habría que leerlo entero; el citar sólo una frase puede dar la idea errónea de que está lleno de sentencias moralizantes. No es así, es un texto de lo más ágil y lleno de acción y de diálogo. Pero precisamente en una ocasión como esta, ¡qué a punto! Aparecen clarísimos los conceptos de crimen y castigo; las tentaciones; el enorme peligro de los momentos de ira, la imperiosa necesidad de habituarse a controlarla; y la reflexión profunda que parte de la perfecta diferenciación entre crimen y criminal… Sin enunciarla, está afirmándose en aquello de “Odia el delito y compadece al delincuente”. También la fatalidad… en último caso, Gabriel reconoce que la suerte intervino, da hasta gracias “Dios apartó de mi camino el cadalso o el presidio”; dando por supuesto por obvio que ese hubiera sido su único fin posible y justo, de haber agarrado el cuchillo.
Compárese esto con la mentalidad actual, muy especialmente si hablamos de entornos de jóvenes. Nada de esto tiene vigencia. Se parte de un buenismo en el que ni se tiene en cuenta la posibilidad del delito, y cuando éste se produce, que es con alarmante frecuencia, pues… ¿pues qué pasa? Se habla de mecanismos varios, de controles, de vigilancias… De “más presupuesto” (eso siempre). En casos de triste actualidad, como el acoso escolar y sus consecuencias, pues el veredicto es que “no se activaron estos protocolos” “se dejaron de activar los protocolos aquellos”… ¿qué protocolos, qué “activación”? Hay como un asombro a eso tan raro con lo que no se contaba (durante milenios se sabía, ahora ya no): la flaqueza de la condición humana. Apartado todo principio contundente de crimen y castigo, toda idea de responsabilidad personal, todo vértigo ante el terrible hecho de lo cerca que todos estamos de caer en un precipicio, ya pueden multiplicar los presupuestos y protocolos… una y otra vez.
“El 19 de Marzo y el Dos de Mayo” (así se lee en algunas ediciones, la primera fecha en número, y la segunda, por la entidad que ha adquirido, con todas sus letras, Dos de Mayo). Jóvenes de impresionante fortaleza moral y vital; jóvenes que sí que estaban “sobradamente preparados” para la vida.





