El país de Marruecos, su colorido y sus gentes me resultaron fascinantes, alegres y fabulosos.
Siempre recordaré el zoco de Tánger. A su entrada, un morito encantador te mostraba un pequeño elefante de cuero con adornos arabescos. Le fue a preguntar a Manolo, que es de La Algalba y tiene cinco niños y dos hipotecas …
– «Yo no vender, amigo español. Solo querer saber cuanto tú dispuesto a pagar por paquidermo».
– «Un par de dirhams tirando largo. La cosa está chunga, compadre».
En cuanto se marcha Manuel, el árabe hace un elocuente gesto a sus compañeros de tenderetes, dándoles a entender que no hay donde rascar: el moreno bajito y demás spanish van cortitos con sifón.
Acto seguido viene una pareja de norteamericanos. Muy altos, muy rubios y muy guapos. Ella luce una camiseta con la leyenda «Oklahoma’ y él una gorra de los «Chicago Bulls». Dando el cante. Más que Elvis Presley.
El moro, vivo como el hambre y licenciado en hablar todas las lenguas en la universidad de la calle, se planta ante ellos …
– «… how many you would pay for my elephant?»
– «Hundred dollars»
– «¿Hundred? ¿Cien dólares?»
– «Yes. Hundred. Cien. Is very beautiful»
Los otros vendedores lo ven levantar su pulgar hacia arriba, cual emperador romano. Ahora todos lo saben: los yanquis llevan las faltriqueras rebosantes de money. El truco del elefantito.
Zalameros, aduladores y lisonjeros, los comerciantes saben que ni Superman les gana a la hora de venderle la moto a quien se encarte, tras ganarse el corazón del visitante … yo siempre amar a América, vivan los USA y tal … que los bereberes se han dedicado al trapicheo desde que Mahoma montaba a camello, con lo que ello conlleva de diplomacia en baratijas.
Jhon y Alice salen del zoco ataviados con carísimas chilabas y hasta las trancas de cerámicas y regalitos de Marrakech, entre bendiciones de la morisma.
Y viendo estas escenas, uno aprendía a admirar al pueblo llano marroquí, conformado en gran parte por enormes bolsas de pobreza y por gentes amables, simpáticas y cercanas, buscándose la vida a pie de mercadillo, o como guías de turistas, o como mendigos, prestos a llevarte la maleta al hotel por un puñado de dirhams.
Pero también te indignabas viendo a su policía, corrupta y sin escrúpulos, y a sus gobernantes de farándula y al Rey de los mamarrachos, Mohamed VI, con sus Ferraris, con sus suntuosos palacios y su poquísima vergüenza, vacilando de gastarse millones de euros en trajes propios de un discjockey de reggaeton, mientras que sus compatriotas se afanan por sobrevivir.
Esta es la contradicción y el drama de nuestro país vecino. De nuestros primos, como aquel que dijo, que por algo compartimos ocho siglos de historia sarracena.
El pueblo sencillo, sometido a la más férrea de las dictaduras. Obligados a rendir pleitesía a un fulano hortera que va de jerife, arrogándose el título de ser, supuestamente, descendiente del mismísimo Mahoma por parte de su hija Fátima, mandando a millares de niños a pasar ilegalmente a Ceuta con la engañifa de que allí jugaba Cristiano Ronaldo.
Y si ellos, nuestros maravillosos primos del zoco, se despiden de ti con una sonrisa y encomendándote a Alá cuando tú les dices las palabras mágicas para que te dejen tranquilo («La cosa está chunga, compadre»), sus gobernantes no han sabido evolucionar en su monarquía feudal y explotadora, que parecen añorar sus tiempos de tratantes de esclavos para venderlos en subasta.
Los paisanos currantes con turbante, la versión humana del día a día para salir adelante, frente a la prepotencia de caudillos desde hace siglos.
Ya en 1.777, hallándose en ciernes el Reino de Marruecos, sus embajadores se apresuraron a ofrecer sus puertos a los barcos de Estados Unidos, que acababa de acceder su independencia como país, en un guiño propio de un comerciante de zoco internacional, complementándolo con el Tratado de Amistad y Paz entre las dos naciones de 1.836 que aún se halla en vigor, siendo Tánger el hogar de la sede diplomática más antigua de Estados Unidos, contando las crónicas moras que los emisarios marroquíes festejaron que aquel gigantesco país, aquel Hércules en la cuna, hubiera entrado en su redil: les habían mostrado el elefante y los americanos ya habían accedido al mercadillo. Ahora a sacarles los higadillos. El oro y el moro.
Tan potente aliado allende el Atlántico también mueve sus piezas en el tablero geopolítico sirviéndose de Marruecos, que por el interés te quiero, Ahmed.
Pero el Rey moro, tan hortera como astuto e inmisericorde, juega con un as bajo la manga y lo sabe: la catetez de los diplomáticos de barras y estrellas. La atrevida ignorancia de quienes, vistiendo de frac, representan al Gran Amigo Americano y que, aunque no saben siquiera localizar al Sáhara en un mapamundi, afirman que ese territorio está bajo soberanía de Marruecos. Que hay que ser paleto y para muestra un botón: el adefesio del pabellón de Norteamérica en la Expo 92. ¿Recuerdan semejante bodrio, tarjeta de presentación del Tío Sam?
Y su declaración a favor de Marruecos es como los hundred dollars que los gringos pardillos ofrecían en la emboscada del zoco. El mar de fondo que ha impulsado a Mohamed VI a utilizar a sus vecinos en un pulso a España.
Sé que en instancias gubernamentales andarán con pies de plomo antes de señalar al verdadero responsable de la toma de Ceuta: la diplomacia de EEUU. Pero nadie podrá impedir que los que tenemos dos dedos de frente les demos la del pulpete.
Así lo hace un servidor. No busco pelea, pero si mis amigos yanquis (a los que admiro por su sentimiento patrio) se atreven a decirme que España es la culpable, les largaré lo más grande, llamando al pan pan y a sus embajadores tontos del haba.
Quizás solo así, pronunciándonos sin vergüenza, esta idea pueda llegar al Cónsul estadounidense de Sevilla, que descolgará el teléfono para decirle a sus colegas de Washington que en el Sur hemos acusado recibo. Quién sabe. Quizá solo así podamos conseguir algo.
¿Se animan?
Pepe Rodríguez Hervella perrogrifon1965@gmail.com





