“Capi-comunismo”. Así podríamos llamar a este opresivo régimen bajo el que vivimos, que conjuga –a riesgo de repetir lo que se ha mencionado alguna vez, pero jamás lo suficiente- lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo, con la crueldad de ambos sistemas y ninguna de sus ventajas.
No nos queda libertad, el control sobre nuestras vidas es absoluto, llega a nuestros hogares, a nuestros pensamientos. Ni Stalin pudo imaginar una cosa así, es imposible que concibiera que un día ese dominio total sobre la población podía llevarse a efecto.
El “capitalismo” (aceptando, para simplificar, este término un tanto peyorativo) tenía la ventaja inconmensurable de la libertad. Eso ha desparecido, pero a niveles que aún ni asimilamos, con el Estado interviniendo hasta en lo más básico e íntimo. No obstante, algo del capitalismo sí se cuela en nuestro sistema político, pero ¿el qué? Pues no lo que tiene de libertad y holgura, no, sino justo su lado más desagradable: lo que tiene de calculador, de mezquino, de considerar el dinero como última medida de todo, el dinero como único referente de la moral… esa fea característica de lo peor del capitalismo, su lado más áspero y ruin, es la que se infiltra en el sistema.
De modo que, tras la convocatoria de elecciones en el día más inapropiado, en pleno verano, ahora como lenitivo, se anuncia magnánimamente lo siguiente: que estará dispensada de presidir mesa electoral, si le toca, la persona que “pueda demostrar que tiene un viaje reservado desde tal fecha, y que no le devuelven el dinero si lo cancela”.
Como a primera vista tal vez esto suene benévolo o razonable, creo que pocos reflexionan sobre lo terrible que es en realidad esa excepción, sobre las implicaciones que tiene… Todo el reduccionismo de la persona humana, equiparada a un mero objeto de consumo, demostrable en cifras, queda reflejado en esa disposición política de un gobierno socialista.
La normativa con respecto a los designados para estar en mesas electorales ha sido siempre muy dura. Casi todos habrán tenido alguna experiencia de lo difícil que resulta eludir esa obligación, aun con razones que, en nuestra sociedad blandengue y tan propicia a las bajas médicas, parecerían harto justificadas. Sorprende a veces esa dureza, considerando la gran cantidad de personas a las que podría no importarles esa misión. La señora con varices en las piernas no puede delegar en un joven ansioso de novedad y de ganarse un dinerito; no; si a ella le ha tocado, tiene que ir ella. Bueno. Aceptamos pues que, en medio de esta sociedad laxa, hay un capítulo en el que se mantienen principios que parecen de otra época: la responsabilidad, el culto a la democracia y la obligación de sacrificarse por ella, el sentido cívico, la majestad de la ley ante la que no caben circunstancias personales secundarias… Pues en fin, nos adaptamos.
Y ahora resulta que deciden conceder una exención, pero, ¡qué exención!
Creíamos que las circunstancias personales no contaban (lo que, fríamente contemplado, aunque a veces nos fastidiara, en realidad en conjunto resulta razonable. Es la única garantía de seriedad, de evitar picarescas. Sería inviable analizar caso por caso las alegaciones de miles o millones de personas: una sola norma única –una vez le tocará a uno, otra a otro- es seguramente lo más justo). Y ahora, ¿cuentan, las circunstancias personales?
Elecciones en pleno verano, y convocadas con poquísima antelación (dicen que de manera ilegal, cosa que conmociona poco, ¿es legal algo de lo que hacen? Cumplir cada coma de la ley queda para nosotros). Pensemos en los infinitos casos en que a una persona le puede partir por la mitad el tener que estar en su colegio electoral ese día. Apartando otras circunstancias, considerando sólo el veraneo, pensemos…
Está la joven que en esas fechas tiene planeado acudir de monitora a un campamento (actividad en unos casos retribuida, en otros no, pues se trata de voluntariado hecho con ilusión y alegría).
Está el grupo que planea en esas fechas hacer el Camino de Santiago, o bien otro tipo de peregrinación.
Pensemos en la pareja de Salamanca que tiene pensado veranear, esa quincena, en el piso que sus familiares le ofrecen compartir en Rota.
En las miles y miles de familias que en esa semana se desplazarían a una u otra ciudad o pueblo, porque es el del abuelo, o el suyo originario, y es lo que hacen todos los veranos.
Y cualquiera enumerará en un momento cien casos similares de familiares y conocidos.
A alguno de ellos, ¿se les exime de presidir una mesa electoral, considerando el gigantesco perjuicio personal, familiar, emocional… y económico (si la jovencita del campamento hace un paréntesis para acudir a esa obligación, esto le implicará además una serie de gastos extra, igual que al que interrumpe el Camino de Santiago)?
Ah, no, eso no exime. ¿Pero por qué? Las razones de necesario descanso, o de visita a familiares, o de ciertas motivaciones ingenuas y nobles (¡cuántos campamentos hay en los que los monitores veinteañeros pasan calor, molestias, todo gratis, por colaborar en causas que les llenan el alma!), ¿quién habla aquí de alma?, esas no cuentan. No son suficientemente serias.
¿Y cuáles lo son pues?
La respuesta es el colmo de la abyección (sí, aunque a primera vista a muchos se le escape). Pues miren, sólo vale “el que tenga contratado un viaje y demuestre que no le devuelven el dinero”. Es decir, el que sólo se mueva inserto en la modalidad más concreta y consumista del capitalismo actual, vaya, el que tenga reservas en “booking.com”, y haya elegido la modalidad de “sin reembolso”, que es la más barata.
(Que incluso centrándonos en estos casos – en los que veranean siguiendo los esquemas estrictos y dinerarios del consumismo moderno, en fin, los del “booking” y demás- incluso así, la discriminación es absurda. El que reserva una noche de hotel, hoy día elige entre dos precios: X euros sin derecho a reembolso, o X+50 con derecho a cancelación sin costes hasta dos días antes. Quien dice hotel, dice cruceros, y cualquier otro producto de consumo vacacional contemporáneo. De acuerdo con esta norma gubernamental pues, el prudente, el que elige la segunda opción considerando los mil imprevistos de la vida, pues se ve penalizado (tendrá que cancelar el viaje y presidir mesa electoral), mientras que el tacaño o inconsciente se verá premiado “Como no te devuelven el dinero, tú sí puedes irte de viaje”.)
Pero lo indigno, lo abyecto, es que el Gobierno de un país tome en consideración esos detalles, ¿es posible que la política de cancelaciones de booking, algo privado y capitalista, pueda influir en el desarrollo de unas elecciones, y en unas normas jurídicas…?
Ahí vemos que en este comunismo que padecemos, ha entrado lo peor, lo más repugnante del capitalismo. Eso de medir sólo el dinero y considerar sólo el dinero, y considerar que el ser humano sólo y únicamente pierde cuando “firma una cláusula de que no le devuelven el dinero”.
La estudiante que pasó meses y meses preparando su campamento, con la celestial ilusión de hacer algo bueno e inocente llegado el verano… ¡oh!, ahí no intervinieron compras demostrables y cláusulas de “no se devuelve el dinero”, ergo, si se queda sin esa actividad, poco importa.
Tampoco el que se iba al piso de unos familiares, ni a Santiago. Las actividades más humanas y hermosas no suelen llevar cláusula de “si te arrepientes, pierdes el dinero”. El familiar comprenderá, el organizador del campamento lo comprenderá también.
Lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo (que nos toca padecer ambos) tienen eso en común: lo verdaderamente humano, lo alto y noble, no existen. No se cuenta con que puedan existir motivaciones generosas. No conciben que un veinteañero albergue en su corazón el deseo de un gozo que no lleve el precio puesto. Para el comunismo, la persona es una máquina de pagar impuestos y multas, y para el consumismo una de contratar vacaciones online con cláusulas de “se devuelve o no se devuelve el dinero”. No conciben nada más. No es extraño que se hayan aliado, son la misma cosa…





