Va siendo habitual, lo es ya desde hace años, el salir un domingo a la calle, con el coche, o en autobús o taxi o VTC, y encontrarse con que las más céntricas calles y rondas de la ciudad se hallan cortadas al tráfico, con motivo de una u otra carrera, y un trayecto que hubiera sido de cinco minutos se convierte en uno descomunal, inverosímil…
Humanamente, y en bien de la salud mental, lo mejor es no disgustarse, alegrarse de que no nos hubiera coincidido con un evento para el cual un retraso hubiera resultado realmente perjudicial (un viaje de avión o tren, un examen de oposiciones…) y proponerse, para al caso de futuros domingos con alguno de esos eventos, informarse previamente de los posibles cortes. En suma, aceptar el hecho sin más. Es lo que hacemos, como con tantas otras molestias, ¡qué remedio!
Y sin embargo, esta molestia, que puede parecer leve frente a los males que padecemos aun sin salir del ámbito municipal… ¡no es tan leve! Digamos que resulta simbólica de este mundo en que vivimos, en el que los gobiernos se preocupan más de lo que NO les concierne (dirigir nuestros gustos, nuestras costumbres, nuestro lenguaje y modo de pensar) que de lo pragmático y necesario, que sería lo único que justificaría el que nos confisquen nuestro dinero.
Las carreras y eventos deportivos se pueden desarrollar en numerosos espacios mucho más apropiados, como la Cartuja o el Parque del Alamillo. Es obvio que son lugares más idóneos, es más, son entornos que “lo están pidiendo”. Entonces, ¿por qué no se celebran allí? Los que estas cosas organizan, ¿no han caído acaso en la cuenta?
La explicación es mucho más inquietante que incluso la molestia en sí.
Las diversas carreras se celebran atravesando el pleno centro de la ciudad, en el lugar más importuno, inadecuado, y que requiere más logística, organización, más vallas y personal… porque quieren que sea así; para que se vea, para que se note. Para que se vea que la ciudad de Sevilla “se implica en el deporte”, que el Ayuntamiento no repara en gastos para cuanto sean carreras; mientras más corte de calles, más molestias, más guardias y policías hagan falta, pues “mejor”, así “visibilizamos” el deporte, nos “concienciamos” de lo importante que es una carrera por tal o cual causa. El parque, deportivamente, es más apropiado. Pero conviene que los corredores atraviesen las calles del centro histórico para “dar imagen de” Sevilla ciudad del deporte. Dar imagen de.
“Visibilizar”, “concienciar”… ¿no nos estamos poniendo ya malos?
Nos asfixia la política fiscal; nos congelan la cuenta a la menor sospecha de resistencia a que nos confisquen lo que hemos ganado, ¿para qué? ¿Para mantener hospitales, carreteras, policía que persiga a los delincuentes? No: la misión de los que mandan es cada vez más ideológica y subjetiva: la enormes cantidades que les sustraen al pueblo que trabaja se emplean muy principalmente en “concienciarle”, en “visibilizarle”, en empeñarse en inculcarle cosas más propias de una secta – pero ninguna secta tiene tanto poder, y dinero, y control.
Uno apreciará el deporte, y otro no. Uno querrá contemplar una carrera y otro no. ¿Cómo consentimos, con tanta tranquilidad, que los gobiernos gasten los recursos que nos han confiscado en querer moldear nuestras mentes, en “educarnos” con una especie de paternalismo perverso, en dirigir nuestros gustos?
En Sevilla acaso este fenómeno sea más grave que en otros lugares por la siguiente razón: Una tradicional crítica del mundo anticatólico en esta ciudad es la que lamenta “las calles cortadas por las procesiones, en Semana Santa y otras fechas”. Esto lo hemos oído muchas veces. Y la respuesta cobarde y acomplejada del cada vez más mundano mundo cofrade, en vez de destacar las obvias justificaciones históricas e identitarias para que un “paso” siga pasando por donde lo ha hecho en la misma fecha desde hace siglos, más bien actúa dándoselas de cosmopolita, mencionando que “también se cortan las calles para un maratón”, con lo cual acaba “alegrándose” de tantas calles céntricas cortadas para cualquier carrera para mejor ponerse la medalla de “tolerante e inclusivo”. De este modo, las procesiones quedan banalizadas: no se hace el esfuerzo de exponer su verdadera justificación, que es clarísima pero tal vez requiere más trabajo y resulta más arriesgado… Es más cómodo y más “acorde a los tiempos” igualarlas a todo tipo de eventos, y, ¡ole! que haya muchos, mientras más mejor, con más cortes de tráfico y vallas, para que no digan que somos los únicos.
Ideología por aquí, ideología por allá… Complejo por un lado, avasallamiento por otro. ¡Qué hartura de “concienciar”!





