Indudablemente el “caso Pedro Duque” es mucho más leve que tantísimos otros, notoriamente el de la Notaria Mayor del Reino. Y no obstante hay algo que irrita, que molesta especialmente.
En parte es tal vez la desilusión, el “¿Tú también, hijo mío?”. Duque era una figura acaso no popularísima de la que se hablara mucho -lo que resultaba incluso mejor; no se trataba de “un famoso”- pero de indudable prestigio, con una cierta aureola de logro, de mérito, de premio al esfuerzo. El que aceptara ser ministro de este Gobierno cogido con alfileres ya implicaba una cierta renuncia a esa condición; pero en fin…
Y ahora llega este caso. Repito: es “leve”, pero particularmente irritante. Vivimos en una sociedad tan increíblemente regulada y fiscalizada en lo económico que prácticamente resulta imposible cumplir con todas las normas. Una muchacha que viene a casa un día a repasarle las matemáticas a nuestra hija ya nos convierte en delincuentes. ¿Hemos contratado a esa señorita para esas dos horas, la hemos dado de alta? Un paseo por el Alcázar de Sevilla con unos amigos extranjeros, explicándoles con orgullo la historia de esos muros, nos hace delincuentes también: ¿somos guías profesionales? ¿Estamos cotizando por ello? Pues se trata de intrusismo.
Evidentemente nadie saldría indemne de un análisis a fondo de cumplir todas las normas, pues es imposible (y más con una Hacienda que practica la presunción de culpabilidad). Pero los políticos socialistas hablan de subir y subir más impuestos; quieren regular aún más. Entonces, un miembro de este Gobierno, ¿cómo se defiende diciendo que los impuestos eran excesivos, que quería pagar menos? Sois el Gobierno. Si la carga fiscal es excesiva, disminuidla pues.
Y la mención a los niños, una constante en todos los que alguna vez han desfalcado algo (“lo hice por mis hijos”, se justifican. Los hijos de los atracadores de bancos y de magnates de la droga sin duda viven muy bien. Los hijos de los traficantes de órganos también vivirán muy bien, eso no se duda), viniendo en esta retahíla que llevamos de escándalos, para algunos es la gota que colma el vaso. Pablo Iglesias defendió hace meses la compra de su chalet diciendo que quería que sus hijos vivieran bien. ¡No me diga!
“Por los niños, por si a papá le pasa algo en el cohete”. Como si el riesgo de accidente en un cohete no fuera infinitamente menor que en un avión, el cual es a su vez enormemente más bajo que en un coche, y a su vez éste más bajo que el riesgo de accidente doméstico o laboral. Pero claro, la mención al cohete es por ver si despierta la simpatía que inspiraba su glamour.
La pregunta que nunca se les ocurre a los políticos socialistas: ¿qué pasa con los hijos de los demás? (Digo socialistas no porque sean los únicos corruptos, sino porque son por los que siguen abogando por subir impuestos). ¿Qué pasa con el hijo de un camionero, de un comerciante, de un ATS?
El caso de Duque repito que en sí podría considerarse leve. Pero en sus circunstancias (perteneciente a un Gobierno que con otros ha actuado como la Inquisición) se convierte en lo más chirriante. Sí, tal vez el hecho de que en la rueda de prensa estuvo nervioso (lo que en cierto modo le honra un poco; no tuvo la descarada arrogancia de apisonadora de otros) puso más de manifiesto, de manera flagrante, lo grotesco de este Gobierno socialista que sigue subiendo impuestos mientras ellos los evitan porque quieren que sus hijos, los de ellos, vivan bien.





