Entre las funciones más importantes que realiza el dinero en nuestras vidas, quizás la más utilizada sea la de medio de pago de aceptación general para comprar bienes, retribuir servicios, y satisfacer cualquier tipo de deudas, y para ello se han utilizado distintos objetos a lo largo de la Historia: la sal, las monedas de distintos metales (oro, plata, …), los billetes de banco, las tarjetas de débito y de crédito, etc.
En las dos últimas décadas hemos vivido tal aceleración de cambios en los medios de pago, que son muchas las personas que sienten cómo la corriente de innovación les empuja a cambiar hábitos de toda la vida, y también las hay que no acaban de asumir una nueva forma de pagar y cobrar, cuando ya aparece otra innovación más actualizada.
En estos tiempos en que lo normal es domiciliarlo todo en cuenta, parece increíble que en los años setenta del pasado siglo hubiera empresas que pagaran a sus trabajadores en un sobre con efectivo. Atrás van quedando los tradicionales cheques y las famosas letras de cambio asociadas a las compras a plazos, y somos cada vez menos los que recordamos aquellas colas de pensionistas a principios de mes en muchas oficinas bancarias y de cajas de ahorros, que antes de la apertura de la sucursal ya formaban corros en la puerta ¡hasta en pleno invierno! para cobrar su pensión en efectivo y dejar en la cuenta una cantidad, no sin antes haberla contado pausadamente en la ventanilla de caja.
Se fueron implantando las tarjetas de débito y de crédito, al principio usadas en comercios con “bacaladeras”, instrumento donde se pasaba el soporte y se quedaba plasmado su número en un papel autocopiativo, hasta llegar en pocos años a las tarjetas con un chip que facilita el no tener que copiar los datos del plástico, y últimamente con el uso cada vez más extendido del teléfono móvil (en China ya más de la mitad de los pagos realizados se efectúan con el móvil) a realizar pagos con aplicaciones como Bizum, de cuenta a cuenta, sólo sabiendo el número del móvil del receptor, por tenerlo asociado a su cuenta corriente.
Nos guste o no, el dinero en efectivo está llamado a desaparecer. Países como Dinamarca y Suecia ya han aprobado sendas leyes que limitan el uso de billetes y monedas hasta el año 2025. Un informe de Intrum, empresa de gestión de crédito y cobro, líder en el mundo, de 2018, explicaba que el 43% de su clientela consideraba que el dinero en efectivo desaparecerá en el corto plazo, concretamente en 2030, y que será sustituido por los pagos electrónicos a través de dispositivos como el teléfono móvil o, incluso, el propio reloj de pulsera.
Ahora se nos dice que el futuro de los medios de pagos pasa por la biometría, tecnología de identificación basada en el reconocimiento de una característica física e intransferible de las personas, como por ejemplo el reconocimiento de la huella dactilar, del patrón venoso del dedo, de la voz o del rostro, identificaciones más seguras que el PIN tradicional.
Actualmente, para el pago digital, el sistema más generalizado es la biometría facial. Son muchas las startups (empresas emergentes que trabajan con ideas innovadoras en el campo tecnológico) que están desarrollando aplicaciones con esta finalidad, pero atentos: la política y la filosofía de la protección de datos es muy distinta y puede condicionar su desarrollo en zonas como China, Europa o EE.UU. La información biométrica de una persona es altamente sensible: se trata de datos personales cuyo robo o mal uso tendrían consecuencias nefastas.
En España hay una Entidad bancaria de primer orden que fue la primera del mundo en lanzar esta innovación en 2019 y que tiene previsto contar con más de 500 cajeros con reconocimiento facial el próximo mes de julio. Según un informe del Observatorio de Tendencias en Medios de Pago realizado en 2020 por Payment Innovation Hub, los españoles nos mostramos cada vez más dispuestos a utilizar nuestros datos biométricos como método de pago.
Entre otras cuestiones, me pregunto si las medidas de seguridad progresan con la misma rapidez que los avances tecnológicos; qué margen de error existe con persona de parecida fisonomía, como el caso de los gemelos; qué ocurriría ante un abuso de esta herramienta (en China, con más de trescientos millones de cámaras de seguridad, se detiene a peatones imprudentes y a ciudadanos que cometen delitos menores); si todo patrón de rostro se convierte en un código numérico antes de la coincidencia, entonces un criminal podría intentar robar los códigos.
No exento de generar ansiedades, el reconocimiento facial provoca polémica debido a sus implicaciones éticas y legales: una cosa es combatir el crimen y otra usarlo como medio habitual para transacciones económicas. Los derechos humanos y la privacidad son las principales víctimas de este particular Gran Hermano: ¿merece la pena sacrificar la poca privacidad que nos queda por querer aumentar la agilidad operativa de nuestros pagos?
Alberto Amador Tobaja: apic1956@gmail.com






1 Comment
Una vez más un simple repaso a la evolución de los medios de pago, se convierte en un pequeño viaje en el tiempo, al recordar como hemos pasado del sobre semanal al pago » por la cara «. Aunque la evolución y los avances tecnológicos no tiene porque ser necesariamente malos en sí mismos o perjudiciales, sí es verdad que la desaparición del dinero en efectivo o su reducción a la mínima expresión, aunque parezca cómodo por una parte, implica una cesión de la intimidad que nos integra cada vez más en el gran rebaño que somos los comunes mortales en la sociedad informatizada, interconectada y «superfichada» en que vivimos. Podemos ser librepensantes, ejercer nuestro derecho a la opinión, a cuestionarlo todo con mentalidad crítica, a no aceptar lo políticamente correcto, pero a mí basta con encender el móvil, la tableta o el televisor inteligente para sentirme un borrego en medio de un gran rebaño. Convertir las medidas de tu cara o de toda tu fisonomía en un código QR me acerca a sentirme en una especie de robot que se reduce a código binario en vez de un ser humano. No sé si el dinero en efectivo desaparecerá. Más allá de las cosas materiales que te permite conseguir, el dinero, sean billetes, oro o plata siempre lo he visto también como un símbolo de ostentación y de poder y estas «cositas» el ser humano no se las deja arrebatar tan fácilmente y menos » por la cara «