Pues nada, señoras y señores, aquí me tienen ustedes para lo que gusten mandar. La cosa es que me ha llamado una señora que está muy puesta en estas cosas de escribir y de publicar y me ha dicho que por qué no hablamos un ratito, todas las semanas, de nuestras cosas: de esto, de aquello, de fullinito, de menganito… Y yo le he dicho que sí, que aquí está el tío, que “donde manda patrón”, “balas al cañón”, ¿verdad?
Mi nombre es Paco. Francisco, vaya, que me parió mi madre en Sevilla y me bautizaron en la Sacramental de la Catedral, que es donde nos correspondía. Y me pusieron por nombre Francisco porque Francisco se llamaba mi padre y porque Francisco se llamaba también mi abuelo. Una cosa así, más o menos, como lo de la copla. Y yo, pues Francisco. Y luego, pues todo el mundo diciéndome Paco. Que si Paco pa´cá que si Paco pa´llá. O Curro, que en las cosas del flamenco también me decían Curro más de una vez y de dos. Y de tres.
Y por apellidos, Aduana y Corral. Eso ya, mire usted, no sé yo de dónde vendrá. De los abuelos de los abuelos de mis abuelos. Pero no sé yo qué maña se dieron para llevar estos apellidos tan requetebienpuestos, que ya verán ustedes si me vienen como el aceite a las espinacas.
Por eso, aquí vamos a estar de palique con ustedes hasta que Dios diga. O hasta que ustedes se cansen. O hasta que esta mujer que sabe tanto de escritos y de periódicos se jarte. Porque yo seguro que no me canso de charlar ni a la de tres, que eso a mí me gusta una jartá.
—Niño, ponle aquí una copita a estos señores. Y a las señoras, también, faltaría más.





