Soy hombre de impulsos, admiraciones y devociones. Por eso, sin pensarlo, me tiro al redondel de una hoja en blanco para contar lo que ayer sacó, de sabe Dios donde, un hombre al que vi hacer la Primera Comunión.
Hay días que hablar de trofeos, justos o injustos, rácanos o generosos, es la mejor forma de traicionar lo sucedido; la mejor forma de empobrecer la virtud de la medida y la grandeza de una belleza efímera e inimitable.
Aquí basta con tener la certeza de haber asistido a una verdad.
Tres orejas caben en el esportón de la estadística. La lentitud de un natural, la suavidad de una verónica o la misteriosa armonía de un muletazo que parece surgir sin esfuerzo no caben, ni tan siquiera, entre los parámetros de cualquier mente encorsetada en la exigencia aritmética de una cuenta de resultados. La naturalidad no es ningún valor del balance que pertenece a una realidad distinta. Más pobre, acaso necesaria, pero incapaz de explicar lo esencial.
Aguado toreo ayer como si conociera una verdad antigua. Sin prisas. Sin esa necesidad moderna por llenar los tiempos y el espacio para demostrar que algo está sucediendo.
Dejó que las cosas fueran, que surgieran libres. Y acaso ahí vive una de las formas más difíciles del arte: no violentar la belleza para enseñarla.
La Maestranza conoce esa música callada. La conoció en Pepe Luis, cuando el toreo parecía nacer de una gracia que no necesitaba explicarse; de una virtud rara, propia de quienes parecen ignorar su propia elegancia.
Y es que aquí no siempre se busca el estrepito. Hay una Sevilla que sabe distinguir entre la emoción y el movimiento, que entiende la arquitectura imposible del instante en que el toro, el hombre, el tiempo y el espacio pertenecen a una misma criatura. No sé si Antonio Bienvenida alguna vez llegó a gritar. De lo que sí estoy seguro es que sabía que el toreo también es una cuestión de dignidad. El suyo parecía obedecer a una antigua máxima: lo que es de verdad no necesita artificio.
Ayer la Puerta del Príncipe no fue solo la puerta de las tres orejas. Fue la metáfora que se abrió para dejar salir una explosión de armonía que, más que en la estadística, quedará en la memoria.
La naturalidad de Aguado tiene algo de fugitiva. Sabemos que se va mientras todavía está delante de nosotros. Su capote no admite restauración; los muletazos nacen condenados a desaparecer para siempre. Por eso, solo el recuerdo conserva aquello que la realidad difumina: esa rara estirpe de las artes que encuentra su plenitud, precisamente, en su desaparición.
Pablo Aguado, torero de Sevilla. El grito unánime de una ciudad que encuentra en lo inimitable y fugaz la razón que mantiene viva una forma de entender la belleza.






