A veces protesto por todos los inconvenientes que las mascotas, llamadas perros, suponen para una ciudad grande, en la que vivo. En Sevilla, guiándome por las estadísticas, que no son otra cosa que la filosofía de la convivencia de las sociedades avanzadas y modernas, resulta que nuestras maravillosas mascotas dejan en las calles unos 30.000 kilos de cacas que, eufemismos aparte, se llaman mierdas. Los pulcros propietarios doblan su espinazo durante la servidumbre inexcusable para recogerlas. Bueno, no todos, porque de vez en cuando a alguno se le olvida y allí queda prostrada ─la mierda─ como un cadáver de nadie a verlas venir. Yo lo comprendo, porque unas veces la textura de la deposición es extremadamente blanda y otras, extremadamente grande, lo cual supone un trabajo adicional. El otro día sin ir más lejos, al salir del portal de mi casa había una que, como diría el clásico, no se la saltaba un galgo. Los pulcros propietarios recogen los restos de sus perritos y los depositan en las papeleras, convirtiendo las mismas en paperreras. En el diseño del funcionamiento de las ciudades, las papeleras cumplen la función de mantener ─vía civismo de los ciudadanos─ la limpieza en las calles: como su nombre indica son para depositar papeles, envoltorios y restos no orgánicos de los viandantes en su deambular callejero. No se han instalado para dejar en ellas la mierda de los perros. En pleno verano, cuando un operario de la limpieza vaya a vaciarlas puede sufrir un golpe de olor y sucumbir a la fatalidad. Me parece una falta de respeto a las personas encargadas de la limpieza pública, y una falta de respeto a toda la ciudad por el uso inapropiado de una herramienta destinada a otro menester. Lo correcto es que con la caquita en la bolsita, nos la llevemos a casa y la depositemos en la bolsa de basura orgánica, y que en lugar de descomponerse en un recipiente público que debe vaciar un inocente, se descomponga en el recipiente del dueño de la criaturita.
Esto, respecto a las cacas (mierdas), pero otro tanto se puede decir en cuanto a la micción de los canes. En este caso, el problema se multiplica con el nuevo uso de la botellita de agua para disolver los meados. Será una acción oportuna pero, si con solo las meadas tenemos X litros de orines, al echarles agua para su disolución, la cantidad se multiplica. ¿La disolución soluciona el problema? Creo que no, puesto que el resultado ya no es X, sino X x 2 = 2X.
Dicho lo cual, quiero entrar en el objetivo que hoy me trae a estas páginas. No seguiré hablando de los inconvenientes de nuestros maravillosos perros, sino que hoy vengo, también, a defenderlos.
La Ley 7/2023 de protección de los derechos y el bienestar de los animales es una ley trampa, al menos en lo tocante a los derechos de las mascotas llamadas perros. Permitir que estos animales vivan constreñidos permanentemente en pisos y viviendas similares es maltrato animal. Excepto algunas razas o subrazas que han sido diseñadas, por manipulación evolutiva, para vivir en habitáculos fuera del contacto con el campo y el aire libre, como si fueran adornos comprados en tiendas especializadas de chorradas de alta gama, los perros donde deben de pasar la mayor parte de las horas del día es, como he dicho, en el campo y al aire libre. Corriendo, oliendo continuamente, meando y cagando sin que el “siervo” de turno le tenga que recoger nada y echarlo a la paperrera, dando la voz de alarma cuando alguien se aproxima, marcando territorio porque tiene territorio que marcar (un piso no es territorio para un perro) y, como no, ladrándole a la luna por la noche porque no comprenden que esa luz no se apague hasta que llega el día.
Los defensores de estas mascotas están muy satisfechos y orgullosos de ese grado de protección que esta ley ha traído, pasando por alto el maltrato animal que supone su confinamiento en las casas y pisos de las ciudades. Invocan esta ley para contestar a los vecinos que protestan por la presencia engorrosa de las mascotas, para reprenderlos y decirles que si les molesta su mascota la solución es que se cambien de vivienda. Sin más. La ley ha supuesto una herramienta para combatir a los protestones. ¿Quién maltrata más a las mascotas, los que las mantienen en ese cautiverio o quienes protestan por ello?
Quiero entrar en el argumento central que hoy me ha motivado a escribir sobre este debate de rabiosa actualidad. La ley referida y todos sus adeptos, cargados de razón a raíz de esta regulación, dan por bueno, incluso, por necesario, acciones sobre las mascotas, que lejos de ayudarlas las condena a la mayor falta de respeto a su naturaleza. Las mascotas solo se pueden defender si las respetamos. Cuando el respeto no existe, la mascota queda a merced de sus dueños.
No hay un signo mayor de maltrato animal que castrar a los perros y a los gatos. Me lo contó mi vecino: “Hemos castrado a Emperador; nos ha dicho el veterinario que es lo mejor, así está más tranquilo y su comportamiento en casa y en la calle, mejorará”. Sólo le hice una pregunta: ¿Por qué no se los ha cortado él?
Emperador pasó a ser un pobre vasallo. Empezaría a engordar. Tendría problemas articulares y óseos. Cambiará su comportamiento por las implicaciones del miedo y la inseguridad. Incontinencia urinaria. Mayor riesgo de infecciones. Pero, sobre todo, la alteración de la respuesta sexual. Tu perro castrado será otro. No olerá el culo de los demás, se confundirá sobre el género de los contrarios, desaparecerá la atracción sexual. Claro que estará más tranquilo o tranquila (los perjuicios son tanto para perros como para perras), pero igual que Emperador se transformó en vasallo, tu mascota mutilada (castrada) entrará en el limbo de las mascotas tranquilas, simples bocas para comer la comida envasada de los shop dog, brutalmente equilibradas, para que sus caquitas tengan la textura adecuada para que le sea fácil de recoger a sus siervos que sostienen la otra punta de la correa de paseo.
A la Ley 7/2023 de protección de los derechos y el bienestar de los animales se le olvidó -¡mecachis!- el derecho fundamental de las mascotas domésticas: el derecho a su integridad animal; el derecho a su integridad natural. Yo diría incluso, el derecho a su integridad moral. Y a los dueños de las mascotas, también se les ha olvidado.
Me gustan los perros. Son animales maravillosos. En mi ciudad vivo entre ellos. Y no pienso mudarme de vivienda por sus ladridos, ni por sus cacas (recogidas o no) en la calle. Sólo pido y deseo que se respeten sus derechos y su bienestar.
P.D. Si hablamos de otro “Perro”, no he dicho nada.





