Las recientes elecciones regionales en el länder alemán de Mecklemburgo han marcado un punto de inflexión histórico, pues por vez primera en su historia, la CDU (que actualmente gobierna el país) se ha quedado sin representación en un Parlamento regional. También lo son porque, de manera inédita, Alternativa para Alemania (AfD) se ha convertido en la primera fuerza política con el 38 % de los votos, seguida por los socialdemócratas del SPD, la extrema-izquierda de Die Linke y Los Verdes. A pesar de que AfD no podrá gobernar por el cordón sanitario del resto de las fuerzas políticas (uniéndose en este caso las tres formaciones de izquierdas), este resultado constituye un espaldarazo que contribuirá a acrecentar su progresión ascendente a nivel nacional, donde las encuestas los vuelven a señalar como primera fuerza política, seguidos a mucha distancia por la CDU, Los Verdes, el SPD (que quedaría relegado hasta la cuarta posición) y Die Linke.
¿A qué se ha debido la fuerte debacle de los democratacristianos? Al voto de castigo contra el canciller Merz por sus impopulares medidas económicas, lo que ha dado lugar incluso a un cuestionamiento de su liderazgo dentro de su propio partido por no saber explicarlas ante la opinión pública.
Dichas medidas han flexibilizado el mercado laboral, facilitando el despido objetivo, permitiendo encadenar hasta seis contratos temporales, aumentar la jornada laboral de los trabajadores y exigir certificado médico desde el primer día de baja en la empresa en aras de combatir el absentismo, por lo que ha sido acusado de fomentar la precariedad laboral. De igual modo, ha reducido el gasto social (especialmente en Sanidad y subsidios por desempleo) y ha suprimido el impuesto sobre las grandes fortunas. Dichas medidas no han tenido un efecto inmediato sobre la economía alemana, que a día de hoy sufre un estancamiento.
Los votos que el centro-derecha ha perdido en Mecklemburgo (convirtiéndolo en una opción extraparlamentaria), han ido en un 55 % a AfD y en el 45 % restante, al SPD, a pesar de que el centro-izquierda gobierna en coalición con los democratacristianos a nivel federal, algo que no es tanto en favor de esta opción como por descarte, ya que ha recogido voto de centro descontento con la CDU que rechaza a AfD.
Se ha tendido a hablar de la fuerte presencia de los identitarios en el este del país, es decir, la que en el pasado fue la Alemania comunista, señalándose que, de manera paradójica, el principal bastión de AfD fuese la zona del país en la que hay menos inmigración, achacándolo, como viene siendo habitual en las élites de Berlín, a que son “atrasados necesitados de educación democrática”. No obstante, aunque la principal bandera electoral del partido es, en efecto, la inmigración, a una misma formación política se le puede votar por diferentes razones, y las motivaciones del este del país tienen identidad propia.
El territorio de la antigua RDA se caracteriza por una gran desigualdad y contraste respecto a la parte occidental del país, con una fuerte desindustrialización, pérdida masiva de empleo, éxodo incesante de jóvenes cualificados, despoblación y, por ende, sensación de abandono, lo que ha dado lugar a un resentimiento de la franja oriental, que se siente de segunda clase.
Ante este desolador panorama que, de manera sistemática. vienen sufriendo desde hace décadas, AfD los ha tratado como víctimas de las élites políticas, poniendo sus necesidades en la agenda y ofreciéndoles alternativas.
El partido liderado por Alice Weidel ha conectado con esta parte del país a través de su discurso, que aboga por dar prioridad a los locales restringiendo las ayudas sociales que reciben los extranjeros, algo que a su vez, conecta con una cuestión vital para la economía de estos länder como es la energía, pues dependen fuertemente del carbón, por lo que sufren una segunda desindustrialización como consecuencia de las políticas climáticas de la UE que con tanto ahínco han aplicado los gobiernos democratacristianos y socialdemócratas. En contraste, AfD ha abogado por reabrir las minas de carbón, apostar por la energía nuclear y levantar las sanciones a Rusia, pues el este del país depende de manera decisiva del gas ruso.
Una cuestión adicional, de carácter cultural, es la relación con Moscú, fruto de la herencia histórica de la Alemania tutelada por los soviéticos, donde el ruso era obligatorio en las escuelas, se organizaban intercambios culturales con estudiantes de la URSS y se difundía profusamente la propaganda antiamericana. Por dicho motivo, persiste una notable división entre un oeste claramente atlantista y un este más rusófilo, de hecho, el 60 % de los habitantes de esta zona consideran que la guerra de Ucrania es culpa de la OTAN por “provocar” a Rusia.
Se ha equiparado a AfD con VOX, y aunque es cierto que tienen semejanzas y coincidencias, no lo es menos que también tienen diferencias abismales en otras cuestiones, y no sólo es revelador el hecho de que formen parte de grupos diferentes en el Parlamento Europeo.
En materia de inmigración, como es sabido, VOX propone deportar a los inmigrantes ilegales como a aquellos que cometan delitos graves, además de priorizar la inmigración hispanoamericana sobre la musulmana al compartir idioma, cultura y religión, lo que facilita sustancialmente su integración. Por el contrario, el partido alemán aboga por acabar con el acuerdo Schengen, de modo que pretende aplicar restricciones en materia de inmigración incluso a los ciudadanos de la Unión Europea, recuperando una soberanía total sobre las fronteras del país a la hora de decidir quién entra y quién sale, sin sentimiento de hermandad alguno hacia ninguna región extranjera que se plasme en su política de inmigración. Por lo tanto, en este aspecto es más radical que VOX y está ideológicamente más en consonancia con FE-JONS.
Otra significativa diferencia es que AfD aboga por la salida del euro, de la Unión Europea y la OTAN, algo que VOX tampoco contempla, lo que hace que en este aspecto coincida con Se acabó la fiesta (SALF), el partido de Alvise Pérez, que puede defender la misma postura en materia de inmigración, aunque con un fundamento diferente, pues mientras los alemanes basan su planteamiento en cuestiones de identidad, el populista español lo hace en torno a la economía y la seguridad.
En cuestiones económicas, AfD es, a nivel interno del país, más liberal en lo económico que VOX, que tiene elementos proteccionistas que la formación germana no contempla como son los aranceles o la primacía de las empresas españolas sobre las extranjeras a la hora de recibir contratos y adjudicaciones públicas, por lo que, en este plano, también está en línea con SALF. No obstante, a pesar de esta realidad, en los últimos años ha ganado peso el ala anticapitalista del partido, que hace un discurso contra los ricos y los inversores internacionales que podría suscribir la extrema-izquierda, creciendo en la antigua Alemania comunista a costa de Die Linke, lo que les ha convertido en el primer partido obrero del país.
¿Es Alternativa para Alemania un partido neonazi y un peligro para la democracia como han repetido hasta la saciedad los medios oficiales? Su programa aboga por implantar un modelo de democracia directa basado en el referéndum, motivo por el que, de manera populista se presentan como “el partido del pueblo”, así como garantizar la libertad del mandato de los diputados frente a su partido a través del secreto del voto y acabar con la designación de jueces por los partidos, medida que garantiza la separación efectiva de poderes y refuerza la independencia judicial.
AfD es un partido con dos alas claramente diferenciadas, motivo por el que tiene una dirección colegiada compuesta por dos personas de ideología y procedencia geográfica claramente diferenciadas: por un lado, Alice Weidel, en consonancia con el oeste del país y la línea fundacional de la formación, empleando un tono técnico e intelectual, que define al partido como “conservador” y “libertario”, acusando a la Unión Europea de llevar a cabo políticas socialistas que destruyen el libre mercado. Por otro, Tino Chrupalla, representante del este, con un discurso nacional-populista de corte proteccionista y vínculos con el etnonacionalismo, llegando a hablar de “sustitución étnica”, término utilizado en su día por el nazismo.
¿Supone el ascenso de AfD una resurrección de Hitler? Atendiendo a su política migratoria, no lo es en absoluto, de hecho, que llegue incluso a dificultar el acceso a la asistencia social de los refugiados ucranianos, a los que se niega a reconocer como tales porque considera que parte de su país de origen es seguro, no es indicativo de ultraderechismo. Prueba de ello es que, en Dinamarca, un gobierno socialdemócrata ha endurecido los requisitos de acceso al asilo, limitado la reunificación familiar y clasificado los barrios en base al porcentaje de residentes no occidentales.
Cabe añadir incluso que la formación identitaria abre la concesión de la nacionalidad alemana a todos aquellos inmigrantes que acepten la identidad del país y estén dispuestos a dejar atrás la antigua, algo que lejos de ser etnicista, considera de manera integradora como alemanes a todo aquel que, con independencia de su origen, quiera serlo por la vía de la asimilación.
Puestos a tachar de nazis, cabría recordar que la moderada CDU, a la que tanto le repugna AfD, sí se nutrió tras la Segunda Guerra Mundial de antiguos miembros del Partido Nazi, que ocuparon cargos de responsabilidad, reconstruyéndose la judicatura, la Administración y el propio sistema político por medio de antiguos jerarcas del nazismo. No debe olvidarse que Hans Globke, que contribuyó a la elaboración de las leyes antisemitas de Nuremberg, fue jefe de la Cancillería y mano derecha de Adenauer, del mismo modo que el presidente de la RFA, Karl Carstens (1979-1984) militó no sólo en el Partido Nazi sino en las SA, o que el canciller Kurt Georg Kiesinger (1966-1969) formó parte del departamento de propaganda exterior de Hitler. Incluso hubo antiguos nacionalsocialistas en el SPD o el FDP, del mismo modo que en la Alemania comunista no pocos miembros de la Gestapo pasaron a la Stasi.
Otro dato a tener en cuenta es que el único partido que ha roto el cordón sanitario contra AfD, mostrando su disponibilidad a pactar con ellos, ha sido la izquierda soberanista de BSW, escisión de Die Linke, de igual modo que en Francia fue, paradójicamente, la ultraizquierda de Mélenchon la que hizo lo propio con Le Pen al pedir en la segunda vuelta de las presidenciales de 2022 que no se votase a Macron.
Puestos a buscar herederos del nazismo, cabría recordar que la principal seña de identidad de tan repugnante ideología es el antisemitismo, algo de lo que AfD, un partido pro-israelí, está en sus antípodas. No obstante, quien sí tiene mucho en común con el odio al pueblo judío es Die Linke, heredero del Partido Comunista de la Alemania Oriental, entonces tutelado por la URSS, y que, en 2011, en el cincuenta aniversario de la construcción del muro de Berlín, lamentó abiertamente su caída, mostrando su añoranza por el totalitarismo comunista.
En efecto, los postsoviéticos han hecho un llamamiento en un reciente mitin a matar a soldados israelíes, han blanqueado a los terroristas de Hamás, que en su Carta Fundacional propugnan exterminar al pueblo judío, han hecho un llamamiento a hacer una “Intifada electoral”, término que se utiliza en Oriente Medio para referirse a los atentados contra civiles israelíes, y uno de los candidatos del partido se mostró públicamente junto a un simpatizante del Frente Popular para la Liberación de Palestina, entidad catalogada como terrorista por la UE. Con estas credenciales, ¿quién es realmente una amenaza para la democracia?





