Si yo sintiese la necesidad de poner en cuestión toda la hipótesis del “cambio climático acojonante” (CAA) por causa antropogénica, creo que jamás acudiría como hace el brillante diputado Contreras, de Vox, a estudiarme toda la torsión de datos y variables que la ONU y sus científicos realizan y que luego los medios y los políticos manipulan y exacerban para ofrecernos un panorama apocalíptico que por ahora y desde hace 30 años no ha acertado ni una sola predicción.
Claro que si sus predicciones no eran acertadas, en mayor medida fue porque sabían desde el comienzo que eran falsas y que el objetivo era provocar la consecuencia antes que la argumentación que la sustenta. Logrado el objetivo de la alarma y del gasto infinito en promover la batalla, ¿qué más da el acierto o no de lo pronosticado?
Pero digo que en mi caso no me detendría en discutir y me avalarían en ello algunas pruebas tangenciales y deductivas suficientes para pensar que se trata de una estafa. La primera de todas, sin lugar a dudas, es que nunca a lo largo de la Historia al ser humano se le ocurrió que la mejor manera de plantear un tema tan serio y ribeteado de elementos científicos sería colocando como mascarón de proa de ese discurso a una nena cabreada, aquejada de una patología muy grave que es paseada por el mundo y recibida lo mismo por el Parlamento Europeo que por el Papa, siendo éste, de suyo, un elemento ya lo suficientemente extraño y singular como para no fiarse ni de su sombra.
Resulta imposible imaginar que para vender al mundo la importancia de explorar el Universo con un desembolso de billones de dólares hubiesen ubicado al frente del proyecto Apolo para llegar a la Luna al “tonto del pueblo”. No se le ocurriría a nadie, ni siquiera al susodicho tonto, pero aquí la cosa no va de ciencia sino de emocionalidades de las matemáticas y géneros fluidos no binaries, etc.
Es obvio, además, que la Ciencia no abomina del debate, sino todo lo contrario, demostración palpable de que con quienes se discute no practican seriamente ese área del conocimiento, sino que imparten dogmas y doctrinas que no admiten investigación ni promueven el conocimiento, especialidad de una tal Marta Flich que dice que ella no permite equidistancias tratándose de sus dogmas, porque en cuestiones escatológicas la única verdad es la que dicta su obsesiva biblia de juguete y no hay más.
Si sólo con esto no les sirve para desmentir o al menos sospechar muy severamente sobre los catecismos que utilizan para esquilmar nuestros bolsillos y nuestros métodos de subsistencia sobre el planeta, yo les recomiendo cada vez que escuchen que no nevaba así, o que hacía este calor, desde hace 50 o 100 años, que concluyan que si hace 50 o 100 sucedió, no hay razón alguna para considerarlo anormal, cuando en aquel tiempo la actividad industrial y la población era bastante inferior a ahora. El argumento se les derriba solo.
Desconfíen si cada hallazgo prodigioso de estos señores implica arramplar con tus ahorros y no encuentran nunca mejor manera de emprender la lucha que segarte la era bajo tus pies con tu dinero.
Que toda la ocurrencia de estos tipos consista en electrificar, y electrocutarnos con ello, hasta los coches justo cuando el precio de la electricidad bate todos los récords históricos en España o Alemania y a la vez desechan por completo una fuente de energía barata y segura como la nuclear, tampoco habla demasiado bien de las verdaderas intenciones de tan dudosas profecías.
En fin, soporten la paliza como puedan, pero si aún necesitan una prueba más, esta vez irrefutable, de que mienten sólo tienen que escuchar en boca del mayor embustero de la Historia proclamar por enésima vez que “La protección del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático son una prioridad para mi Ejecutivo. El informe de @UN nos alerta de la grave situación y no podemos ser ajenos a ella. Debemos actuar. Nuestro presente ha de ser sostenible para que el planeta tenga futuro”.
Si con eso en sus labios no aciertan a sospechar que se trata de un engaño, yo ya no sé. Considérense causa perdida.
He dicho.





