Eran las tres de la madrugada en el Paseo, que constituía una de las principales arterias del pueblo. El silencio era sepulcral y sólo se oía el sonido del viento, pero algo más parecía turbar esa aparente calma.
A lo lejos de la escena y junto al río se oían las pisadas de alguien, que pasaba sobre un montón de hojas caídas de los árboles. Su caminar era lento pero firme. A pesar de que la única luz que iluminaba ese escenario era la de la Luna, se podía apreciar que la persona que transitaba por la zona a altas horas de la madrugada era un varón. Vestía de manera informal, con unas zapatillas deportivas, un pantalón gris oscuro y una especie de chaqueta con cremallera con el torso azul y los brazos negros, la cual vestía sobre una camiseta blanca. Nada fuera de lo normal en su apariencia salvo por un detalle no menor: su rostro estaba cubierto por una máscara blanca, de modo que apenas se podían apreciar sus rasgos faciales, viéndose únicamente aquello que la máscara no cubría: los laterales de sus rostro, donde se divisaba una barba negra a ambos lados de la cara y una cicatriz sangrante sobre la mejilla izquierda.
Aquella figura vagaba sin rumbo y sin propósito, como si fuese un fantasma. Siempre se había sentido conectado con los espíritus que vagaban por la tierra, dando por hecho que ese sería su destino, pero parecía haberse anticipado a tan fatal desenlace, ya que no estaba muerto pero… como si lo estuviese. Era un muerto en vida y lo poco que le separaba de ambos mundos es que respiraba.
Se sentó a meditar en el Paseo Fluvial. Le gustaba la oscuridad. En ella se sentía muy alejado de los problemas que deparaba a los demás el día a día. Todas las noches hacía lo mismo como si se tratase de una aparición, de un alma en pena atrapada en un bucle temporal y condenada a repetir siempre lo mismo.
Un cataclismo había sucedido en su vida pero apenas podía recordar nada de su pasado, ni siquiera el nombre con el que le habían bautizado, motivo por el que decidió adquirir una nueva identidad, definida por una máscara. Alguna vez se le venía de manera esporádica algún funesto recuerdo de su vida: recordaba vagamente su infancia, cómo era objeto de burlas y vejaciones a manos de los demás niños del colegio.
Pocos saben definir lo que es el desprecio. Para la mayoría puede ser algo inefable, pero para todos es algo fácilmente identificable que se encontraba en la mirada del otro, haciéndote creer que no vales ni importas nada.
En la oscuridad se sentía seguro. Notaba que su esencia se diluía con ella y pasaban a ser uno. Notaba cómo volvía a “casa”.
Aquel caminar sin sentido se había convertido en su purgatorio en vida, ya que era un alma atormentada por su pasado. No le gustaba aquello en lo que se había convertido, definido únicamente por tres palabras: odio, rencor y venganza.
Veía que el mundo era lo más parecido al Infierno. Un lugar lleno de malas personas que actuaban movidas por intereses espurios y tan desoladora realidad le había psicotizado.
Sentía que su caminar tenía en el fondo un propósito: moralizar el mundo que había tenido la desgracia de padecer. Siempre fue un firme creyente en la pena de muerte y creía que la vida de un inocente no tenía el mismo valor que la de un culpable, pero no se atrevía a ejecutar sus “sentencias”. Pese a haberse deshumanizado aún conservaba límites que constituían su exigua humanidad. Tenía muy presente que quitarle la vida a alguien suponía transgredir una línea roja que en el pasado se marcó, envenenando su alma para convertirse en alguien peor que aquellos a los que pretendía castigar.
La máscara se había convertido en su nuevo rostro, que definía al hombre que era ahora: alguien frío que no sentía nada más que indiferencia ante el dolor ajeno. Sólo había recibido odio y desprecio en su vida y era lo que ahora devolvía.
Algo que le dolía especialmente era ver cómo el hombre se había deshumanizado, un desencadenante que le había hecho ser lo que era ahora, generándole la gran pregunta: ¿Quién era realmente? ¿El de antes o el de ahora? Eran dos figuras antagónicas: la primera de ellas era la de alguien bondadoso, bienintencionado y algo ingenuo, sin un mal propósito en su interior, moldeado por la maldad de aquellos que le rodeaban. Era como si en él se cumpliese de manera minuciosa aquello que decía Rousseau: “El hombre es bueno por naturaleza. La sociedad lo corrompe”. En efecto, pasó por una fase nihilista en la que creía que la vida no tenía ningún sentido, ningún propósito y ninguna razón de ser.
Acabó forjando un estricto código moral que no era en absoluto objetivo, pues se había dejado llevar por el mal que había padecido. No se sentía cómodo consigo mismo, no le gustaba quién era. Deseaba que su pasado hubiese sido otro. Es posible que en el fondo supiese que los sentimientos que llevaba dentro no eran buenos pero consideraba que los necesitaba para protegerse de las malas personas que anidaban en el mundo, muy similares a las que en el pasado le habían hecho daño. Esa fachada y ese nuevo modo de proceder eran una máscara, equiparable a la que llevaba sobre la cara, bajo la que ocultaba una cicatriz que le atravesaba el rostro de un extremo a otro, fruto de la tragedia por la que pasó su vida y de la que no quería hacer memoria.
Cuando dormía, a modo de sueño recurrente, siempre se le venían a su mente traumáticos episodios de su pasado, los cuales constituyeron su bautismo de fuego y afloraron una nueva personalidad: insensible y sin escrúpulos. Cuando en medio de la noche se despertaba sumamente sudoroso, angustiado y tan asfixiado que le faltaba la respiración, trataba de dormirse de nuevo rápidamente para evitar que el dolor le condicionase a lo largo del día siguiente, algo que sabía porque le había sucedido muchas veces anteriormente. Todo ello le había generado una rabia acumulada y temía que algún día estallase a modo de válvula de escape. Desafortunadamente, aquel día había llegado.
Había vivido apartado de la civilización, sin contacto con el hombre al estar desencantado con el ser humano y no esperar nada de él. El único ruido que oía era el cantar de los pájaros, la brisa del viento y en ocasiones, la caída de las hojas. La naturaleza era su única compañera.
Continuaba vagando en medio de la noche. Una noche de frío invierno en la que podía ver el báho que exhalaba cada vez que respiraba, teniendo a su frente una escalera de piedra que le permitía subir a lo alto de un cerro. Mientras subía sólo veía vegetación a ambos lados en medio de la absoluta oscuridad que sólo la Luna iluminaba.
Una vez llegado a la cima, se paró y con su respiración fuerte, fruto del esfuerzo de ascender cuarenta escalones, se sentó y miró lo que había dejado atrás: veía todo el pueblo y al final, el río. Veía miles de casas en las que se figuraba que todos dormían apaciblemente y pensaba en las vidas felices que muchos tenían, pero le generaba frustración ver cómo la suya era tan diferente a la de aquellos. Se preguntaba insistentemente por qué, sin encontrar nunca respuesta. Creía, cada vez con más firmeza que no elegimos las circunstancias sino que éstas nos eligen y nos convierten en aquello que no queremos ser. Ese era su caso.
Se sentó sobre un frío escalón y sacó el cuchillo que escondía, el cual pretendía convertir en el arma con el que exteriorizaba su ira. Se miró en la hoja del cuchillo, que reflejaba la máscara que portaba, con apenas atributos físicos y sin expresión. Este era ahora su nuevo rostro, desprovisto de emociones y sin un alma, ya que tanto sufrimiento le había hecho perder su humanidad. Había intentado expresar sentimientos ante situaciones que sobrecogían el corazón de cualquiera, incluso el ser más abyecto, pero no lo lograba. El sufrimiento pasado había borrado todo rastro de emoción que quedaba en él.
Reflejado en la hoja del cuchillo, lo único que podía expresar algo era su mirada. Se tiende a decir que los ojos son las ventanas del alma y en su mirada no se veía, sin embargo, una expresión de enfado ni de odio. Sus ojos inyectados en sangre mostraban cansancio, hastío y tristeza. Eran la viva imagen de una persona quemada, que había experimentado un descomunal sufrimiento a lo largo de los años, marcado por el deprecio de los demás. Se sentía como un preso, un condenado y su pena era vagar como un maldito, sin contacto alguno con el género humano y con el riesgo de ir un paso más allá al manchar sus manos de sangre, el único paso que le quedaba para que su alma se corrompiera por completo.
Le desagradaba profundamente el sexo desde su visión moralista. Consideraba que animalizaba y degradaba al hombre hasta convertirlo en esclavo de sus instintos más primarios, tratando a la otra persona como un objeto del que obtener satisfacción, fruto de la perspectiva hedonista y relativista que dominaba el mundo y que él trataba de combatir por medios nada ortodoxos. Veía que deshumanizaba al hombre, aunque él se había deshumanizado de manera antagónica pero partía de profundas convicciones, grabadas a fuego por su experiencia personal, ya que él mismo había caído en las tentaciones carnales en el pasado y lejos de sentir satisfacción, se había sentido sucio y con un fuerte sentimiento de culpa como si sus genitales le ofendieran y tuviese que arrancárselos para seguir adelante con dignidad. Desde entonces, vio la castidad como un elemento liberador y se volvió más extremista a la par que perdía la noción de la realidad hasta volverse psicóticamente loco.
Rechazaba los actos impuros y le enfurecían porque se basaban en una mera atracción física, algo que él conocía a la perfección porque nunca había amado y la soledad (que antaño había sido su aliada) no sólo no le había ayudado a superar sus severos traumas sino que había acrecentado no ya su desconfianza sino odio hacia la condición humana, volviéndose cada vez más antisocial hasta convertirse en un misántropo. “Todos nos acaban decepcionando. Todos nos acaban engañando”, pensaba cuando veía a alguien en la lejanía.
Se levantó con un profundo pesar para continuar su rumbo hacia ninguna parte. Veía que la vida no tenía sentido, pues a veces mostraba un enfoque nihilista y la suya le parecía una broma macabra del cruel destino. Nada le importaba porque no tenía nada y ya no podían hacerle más daño. No podía sangrar por mucho que le pinchasen. Su interior era frío e impasible. No obstante, algo perturbó su decidido camino. Oyó agudos pasos. No estaba solo.
Se giró 180 grados y alzó la vista, viendo una figura entre la fina niebla que dominaba el ambiente. Pronto descubrió que era una figura femenina. Tomó con convicción su cuchillo en aras de cobrarse su primera víctima en su particular cruzada contra el mundo.
A diez metros frente a él, la chica se detuvo tras haberlo divisado. Él respiraba fuertemente a juzgar por su pecho, fruto del nerviosismo y las dudas que le generaba dar un primer paso que él consideraba necesario. No obstante, la chica no se amilanó y tras una pausa se dirigió hacia él con toda naturalidad como si de manera deliberada no quisiese ver que llevaba un cuchillo ante la incredulidad y el mayúsculo asombro de él.
Pese a agarrar con fuerza el cuchillo, no dejaba de tener curiosidad en ver qué pretendía aquella joven.
Era una joven atractiva de cabellos rubios como el oro y una mirada profunda en la que veía bondad, lejos del odio y el desprecio que estaba acostumbrado a ver en la expresión de los demás. Él, que veía el mundo desde una mente psicótica, se vio desarmado, como si en un instante hubiesen desmontado aquello en lo que creía, que no era más que una huida hacia delante, para la que se había aferrado al odio, que le había dejado tanto sufrimiento.
Aquella chica le miró fijamente a los ojos. Él admiraba la valentía que estaba demostrando, ya que todos huían al ver su fachada de monstruo. Tras tres segundos, con una voz calmada y dulce le dijo: “Tú no eres así”. Sus ojos se abrieron como platos ante semejante asombro, que no podía asimilar en tan poco tiempo, de modo que el cuchillo se le cayó al suelo generando un fuerte estruendo. Era como si ella, sólo por sus ojos pudiese leer su alma y de ese modo percatarse de que llevaba una máscara, que era la personalidad que había construido para intentar sobrevivir en un mundo que creía sórdido.
Aquella chica se acercó más hacia él y le besó en la mejilla. Sus facciones se contrajeron bajo la máscara y en medio de tan absoluto silencio, él inclinó hacia abajo la cabeza y ella oyó como si una gotera cayese en el suelo. En efecto, era una lágrima.
Aunque nada expresase, su alma acababa de activarse entre su asombro por una expresión completamente nueva para él. Por primera vez sentía amor. Hasta unos segundos atrás creía que no había ninguna posibilidad para él, ninguna solución, pero ahora veía una nueva oportunidad y una vida en el horizonte que le permitía borrar tan trágico pasado.





