Desde hace ya bastantes años escribo cada cierto tiempo sobre la manipulación del lenguaje y de los conceptos, técnica tan vieja como el mundo, o al menos como los sofistas, pero que el marxismo elevó desde sus inicios a pura ingeniería social.
George Orwell, que procedía del anarquismo, diseccionó con afán de entomólogo y acusó al socialismo (el Ingsoc, acrónimo de socialismo inglés) de aquella obsesión por la manipulación de la lengua cuyo objeto último fue siempre enjaular a las masas y despojarlas de todos sus derechos y libertades sometiéndolas bajo la bota de la dictadura del proletariado.
Como el socialcomunismo no logra jamás cambiar la realidad si no es para el desastre, su único empeño se reduce a modificar y corromper lo que la nombra a base de dinamitar los conceptos y las palabras que la mencionan. Para ello inventa neologismos, trucos exasperantes, eufemismos, ridículas resignificaciones, cambios arbitrarios de la terminología, etc. Orwell lo denominaba «Neolengua».
Así, al aborto lo renombra «salud reproductiva», a la unión civil de dos personas del mismo sexo lo denomina «matrimonio», a la recuperación de nuestros derechos secuestrados lo llama «desescalada» y, llegado el caso, a la persecución policial la denomina «lapsus»…
La denuncia de Orwell, situada inútilmente en una sociedad distópica del futuro 1984, no era una predicción, pues él mismo padeció en propio cuerpo la abominable ascensión del nazismo y el comunismo, aunque tuvo la demoledora lucidez para darse cuenta de que el experimento nazi moriría en sí mismo una vez terminada la guerra, mientras que el laboratorio y el gulag comunistas iban a pervivir y seguirían causando los estragos que aún vemos.
Circula un video ciertamente vomitivo en el que el subcomandante Iglesias, hoy vicepresidente de un gobierno comunista y comunistizado, expone con meridiana claridad que su objetivo es arrebatarle a los demás partidos «el término democracia, porque el de dictadura del proletariado no mola nada, aunque lo persigamos», y enseguida recuerda que «eso no significa que no seamos comunistas, nunca he dejado de serlo», confiesa a su audiencia embrutecida, pero conviene emplear y apropiarse de las palabras que carecen de carga peyorativa para las masas.
De hecho, el Ministerio de Igualdad está concebido y dedicado a ahondar en las diferencias y la confrontación entre hombres y mujeres; el de Consumo lo ocupa un anticapitalista; el de Sanidad lo lleva un profesor de filosofías; el de Hacienda una médico; y el de Ciencia…, alguien tan acientífico como el Ratón Pérez. Y así todo.
Estamos a un paso de que el Ministerio de Defensa se renombre como Ministerio de la Paz y Marlaska se transforme en el ministro de la Verdad a la vez que ordena a los Cuerpos de Seguridad del Estado a perseguir y reprimir la libertad de expresión . Por decreto, con amenazas de cárcel y en colaboración con aquella dama castiza que abandonaba los eufemismos para llamarle maricón, sin necesidad de ocultar la contundente expresividad del lenguaje cuando se creía a salvo y en privado.
Ya se sabe que el comunismo es enemigo de la privacidad y de lo privado hasta límites inimaginables, de ahí el paralelismo con los CDR cubanos de esos vecinos metidos a chivatos de los paseos con el perro durante nuestro encarcelamiento.
Y es este gobierno, matrimoniado en exacerbar las pulsiones socialcomunistas, que lo mismo sugiere la incautación de bienes privados («interés general») que la institucionalización de las cartillas de racionamiento («renta mínima vital», o sea, de por vida, no se engañen), el que se dice asustado ante los numerosos «bulos» (denuncias ciertas como puños) que circulan por la red…, en su mayoría lanzados por sus ministros. La figura se llama cinismo.
Hace mucho que cuando escucho a un político de izquierdas usar la expresión «bienestar social», «escudo social» o similares, me echo la mano a la cartera porque sé que están hablando de darnos un sablazo aún mayor en nuestros salarios.
Me sucede parecido cuando oigo la palabra igualdad, que enseguida sé que algún lobby o grupúsculo anexo al poder está queriendo reivindicar o consolidar un privilegio.
E igual me ocurre cuando escucho a alguien banalizar los términos «facha» o «fascista», o queriendo normalizar el término «comunista», pues se adivina a la primera que quienes los emplean con esa ligereza son precisamente los verdaderos fascistas o comunistas, respectivamente. Aunque en este caso, nótese, coinciden en ellos mismos, motivo por el cual yo los llamo fasciocomunistas.
Necesitamos no sólo un gobierno que no nos mienta más, sino uno capaz de decir alguna vez una sola verdad y, sobre todo, un gobierno que llame a las cosas por su nombre. Por ejemplo, que siguen sin tener un plan para salir de una ruina superior a la que sufrió España en el siglo XVII y que sus máximos responsables se llaman Pedro y Pablo…, como los Picapiedra.
He dicho.





