No tengo la más mínima duda de que si hoy viviera la gran Oriana Fallaci (1929-2006), la primera mujer corresponsal de guerra de la era moderna, algunos de esos engreídos y torpes componedores de textos al servicio de su negocio de extorsiones, andaría proclamando desde sus sucios rincones de rata que a esa chica la ha fichado VOX.
Son así de cretinos y su mundo de simples se desenvuelve siempre en el mismo paradigma en el que ellos se han pasado la vida, alimentando su propio negocio de chismorreos dedicado al chantaje y degradando un oficio que sólo entienden al servicio de la única causa que les interesa, la suya propia.
Para esa clase de furcias, el mundo se divide en malos y «ellos», que no son buenas personas ni por exclusión, pero un juicio, una crítica o una opinión libre, expresada mediante el ejercicio del análisis propio y honesto, carece de sentido ni de valor si no le hallan primero en su estúpida ecuación culpable a quién sirve, porque lo suyo es siempre eso, un servicio, una mamada o una rendición ante alguien que les recompense su indigna indecencia, convertidos ya en perritos de Pavlov.
Les suena la campanita mezquina que toca a rebato y babean y mueven el rabo, sin importarles una soberana mierda el destino de sus miserables servicios prestados. Si en sus cojas meninges un médico cualquiera coincide en el diagnóstico con otro galeno que vota a Vox, ya no hay duda: el diagnóstico está errado. Y además el tipo es un facha, para ellos lo peor.
¡Qué lindas figuras! ¡Qué hilarantes episodios nos regalan excitando a su minúscula plebe sectaria o cuando huyen apaisados, culpándose unos a otros de su propia desfachatez…, tan facha!
Son como imanes, en las dos acepciones, porque se adosan al material que les alimenta su ridículo campo magnético, pero también como esos curitas entusiastas y fanatizados que sólo consumen halal, animal degollado, desangrado y deshuesado, y se pasan la vida en su cueva-mezquita, rumiando perfidias e iniquidades sin cuento que les puedan ser recompensadas por algún jerife o un sheriff que les lance monedas, mientras ellos saltan sin manos a cazar en el aire las moscas que les devoran la oreja.
Pero vuelvo a Oriana Fallaci y a esa hecatombe que aporrea tambores, que atraviesa la charca del Mediterráneo y promete asaltar la Capilla Sixtina, rasgar La Maja Desnuda o martillear el David de la Galería de la Academia (Fallaci no alcanzó a ver Nôtre-Dâme en llamas) con la complacencia inane de una sociedad misteriosamente entontecida por la palabrería del bienestar. Y en breve, por la Ley Celáa.
El pronóstico y aviso de Oriana Fallaci en «La fuerza de la razón» resonará entonces como las trompetas de Jericó que derriben los muros idiotas de aquella pobre gente abrumada por sus políticos basura que salió a recibir con carteles de «Güelcóm refuyís» a manadas inconexas de rezadores del Corán, ese escrito que condena cualquier «otredad» sexual y allana y aplasta a la mujer, en este caso sí, por el mero hecho de ser mujer.
No digan luego que no les hemos ayudado en su logística de asalto, ¡j’accuse!, con ferrys de puntualidad inglesa en cada jornada, servicios costeros de salvamento vestidos de uniforme, propagandistas de ese esclavismo moderno, equipos de atención médica y social, el aparato del Estado abriendo puertos a mansalva para el desembarco de pasajeros felices a bordo de naves de Soros y mafiosos de Open Arms.
Y Pedro Sánchez, ese inmenso indocumentado, el primer irregular de todos, fue pionero y el gran agente de viajes de todo este horror que invade Canarias, Lampedusa o la costa andaluza. Un Sánchez al que la Fallaci, antes de que el cáncer la arrastrara al Averno de su rabia y su orgullo de Europa, habría condenado y estrangulado con sus propias manos, por tanto delirio y tanta ceguera. O tanta traición.
Aún nos falta el imbécil encargado de sacar a relucir el término «islamofobia», que aparezcan las ratas que dije ahí arriba, con su dedo ortopédico señalando culpables, como un nuevo diario Gara o Egin, colocando dianas para los sicarios que vienen detrás y luego les tiembla la mano por falta de pulso, como le ocurrió a Fernando Buesa, y le descerrajan a quemarropa tres tiros que, con suerte, le destruyen la mandíbula… Cobardes y frívolos a más no poder.
Y mientras tanto, en París resucitan de los libros de Historia la Toma de la Bastilla y una turba africana asienta 500 tiendas de campaña como un ensayo de Saladino dentro de Jerusalén y convierten un símbolo del laicismo moderno, de la separación de la Iglesia y el Estado, en la nueva Alexanderplatz histérica de Hitler o en el balcón atronador del Palacio Venecia de Mussolini, pero esta vez con una hueste infinita de pequeños mahomas agitando banderas, destrozando escaparates, acosando a mujeres y niñas, asaltando a pensionistas en los cajeros y amenazando la libertad de expresión.
El Marqués de la Canalla, ahora desde su campamento de Galapagar, donde consume sin pausa series de Netflix o de Amazon Prime, ya propuso en su día la receta mágica de «llevarles propuestas de amor», y un descerebrado Zapatero sentenció que «La igualdad entre sexos es mucho más efectiva contra el terrorismo que la fuerza militar».
Así es la infamia, la del silencio que no habla para no ser acosado ni acusado por las ratas del barco que tratan de esconderse tras el anonimato de nadie…, que es lo que son y les delata.
Pero no olviden nunca a la Fallaci, la ex comunista y feminista desengañada (otra más) y escuchen: «Si los jodidos hijos de Alá me destruyeran uno sólo de esos tesoros, uno sólo, sería yo quien se convertiría en una asesina. Así que escuchadme bien, secuaces de un Dios que predica el ojo-por-ojo-y-diente-por-diente: yo no tengo veinte años pero nací en la guerra, en la guerra crecí, en la guerra he vivido la mayor parte de mi existencia. De guerra entiendo, y tengo más cojones que vosotros: cobardes acostumbrados a morir matando millares de inocentes… Oídme bien porque, aunque he hablado de colisión cultural intelectual religiosa y no militar, ahora os digo: guerra habéis querido, ¿guerra queréis? Por lo que me concierne, que guerra sea. Hasta el último aliento».
Ha y he dicho.





