Uno de los males más acusados de nuestro tiempo es la ansiedad, esa respuesta emocional ante situaciones percibidas como amenazantes o estresantes, que actúa como un mecanismo de supervivencia diseñado para alertarnos y prepararnos para la acción. Si miramos a nuestro alrededor, observamos que hay personas que la viven de una manera desproporcionada, casi patológica, interfiriendo en su vida diaria.
Ese “venga, venga”, “vamos, vamos”, “esto ya tenía que estar hecho”, “no llego a tiempo” o la voz del jefe que te dice “lo quiero para ya”, nos produce taquicardia, sudoración, dificultad para respirar, nos sumerge en una constante preocupación, dificulta nuestra concentración y hace que aparezca el miedo.
La sensación de frenesí se ha vuelto crónica: la prisa y el temor a perderse algo y quedar fuera de juego (en inglés fear of missing out, o fomo) lo dominan todo. Observen esos viajes de vacaciones en los que hay que ver varias ciudades, hacerse un selfi en cada rincón, pegarse unos madrugones de muerte y comer contrarreloj. La prisa en esas relaciones sentimentales donde lo primero es acostarse con alguien y luego, si eso, “empezar a conocerse” (no seré yo quien se rasgue las vestiduras) abandonando ese período tan gratificante que es el cortejo, que cuando los animales llevan siglos practicándolo es porque alguna función cumple.
Qué les voy a contar de las comidas exprés donde practicamos la multitarea de contestar un whatsapp, ver las noticias en televisión y anotar las tareas pendientes para el día siguiente. Las redes están llenas de propuestas para ahorrarnos tiempo: “Aprenda inglés en 15 días”, “hable sin complejos en público en una semana”, “pierda esa barriga en un mes”…
Todo ello nos lleva a un malvivir donde ha desaparecido el disfrute, porque el placer requiere tiempo, sosiego y maduración, no nos engañemos: lo que se hace deprisa y corriendo no nos llena, no llegamos a saborearlo, y siempre aparece algo que nos mantiene como al hámster en la rueda, corriendo sin movernos del sitio.
El conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas es el símbolo definitivo de la prisa moderna y la neurosis del tiempo. Su famosa frase « ¡Ay Dios!, ¡Ay Dios!, ¡Voy a llegar tarde!» define a un personaje dominado por el pánico a no cumplir con un horario estricto. Quienes hayan leído La vuelta al mundo en ochenta días, recordarán como su protagonista Phileas Fogg lleva la prisa al terreno de la precisión matemática. Su viaje no nace del deseo de explorar, sino de una apuesta cronometrada. Vive en una tensión constante y calculada, midiendo cada transbordo, retraso y huso horario. Por último, en La Metamorfosis de Kafka, resulta llamativo como para Gregor Samsa, tras despertarse convertido en un monstruoso insecto, su primera preocupación no es su mutación, sino que va a llegar tarde al trabajo. El autor retrata a la perfección la ansiedad alienante del empleado moderno: el miedo a perder el tren, a las represalias del jefe y a defraudar las expectativas económicas de su familia.
Siempre me ha llamado la atención la sabiduría del refranero español, y en este caso de la prisa recoge algunas sentencias magníficas: Pronto y bien rara vez juntos se ven; bien y pronto solo lo intenta algún tonto; aprisa aprisa, ni la misa es misa; lo que de prisa se hace, despacio se llora; al comer y al evacuar, prisa no te has de dar…
Les confieso como yo mismo me sorprendo cuando, en esa etapa en la que pasas a formar parte de las llamadas clases pasivas en términos laborales, tendemos a llenar el día con actividades que buscamos o nos buscan. Quizás sea por aquello de la necesidad de contar con un propósito, porque nada envejece tanto y convoca más a la muerte que carecer de un objetivo, pero es difícil no caer en la espiral de esas ocupaciones que comienzan siendo un pasatiempo y acaban por convertirse en obligaciones que asumimos como necesarias.
Ojalá que este verano del que estamos disfrutando nos haga recapacitar y podamos discernir entre lo urgente y lo importante para afrontar el nuevo curso con algo más de serenidad. Feliz agosto a todos.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





