Ayer asistí a la entrega de premios del Festival de las Minas, aquellos con los que se reconoce la labor de artistas, peñas, aficionados e instituciones en el mundo del flamenco, y conocí a Omar Montes, el cantante madrileño. Creo que nos cautivó a todos contando su vida, sus comienzos y cómo vive la música. Es un verdadero encanto. Había colas interminables de chavales de La Unión que querían una fotografía con él, tocarlo, darle la mano o un abrazo. Omar es el ídolo de miles o cientos de miles de jóvenes españoles. No voy a entrar en si el festival acierta o no con haberle otorgado el Castillete de Oro, porque ya opiné al respecto y no me gusta repetirme. Solo quiero destacar lo que dijo en una entrevista que le hizo el gran periodista Juan Ramón Lucas, en la que nos divertimos mucho con la frescura del artista. Pero además de eso, personalmente quedé maravillado por sus valores y me recordó mi infancia, tan dura o más que la suya. Se lo dije y creo que sintonizamos. Obviamente, la música de este muchacho no me interesa o no me he puesto nunca a analizarla, sinceramente. Sé de él solo por la tele y reconozco que siempre que lo he visto en algún programa me ha llamado la atención su frescura. Recuerdo que en uno de esos programas de televisión de cámara oculta estuvo a punto de coger por el cuello a un señor que abusaba de su empleada del hogar en una cafetería. Todo era una broma, pero él no lo sabía y vimos su calidad humana. Ayer me volvió a cautivar, al margen de lo que piense de su estilo musical. No solo a mí, sino a todos los que estuvimos en el Museo Minero, acto al que fui en calidad de director de los Premios de la EFA y no por conocerlo personalmente. Pero lo he conocido y me ganó por su espontaneidad. No cambies, chaval.





