En estos días hemos presenciado acontecimientos trágicos que desmontan una vez más el relato manipulador de la izquierda, que, al no poder combatir con argumentos, se sirve del arte de la propaganda, en el que tan manida está. Los hechos tan graves en cuestión, son básicamente tres:
– En Minneápolis (Estados Unidos), Robin Westman, de 22 años asesinó a dos niños, de 8 y 10 años, en una escuela católica, además de dejar 17 heridos, irrumpiendo en el centro en plena misa, la cual se oficiaba antes de las clases.
El asesino se consideraba transgénero en el pasado, llegando a cambiar legalmente su nombre, además de manifestar su odio a Trump, como a los afroamericanos, mexicanos, judíos y cristianos, portando en el arma con la que perpetró el crimen el mensaje: “¿Dónde está tu Dios?”.
No es el primer crimen de esta naturaleza, ya que, en 2023, en el estado de Tenessee, después de que el gobernador prohibiese los espectáculos de contenido sexual dirigidos a niños, el transexual Audrey Hale, asesinó a seis personas en una escuela, tres de las cuales eran menores.
– A principios de septiembre, los medios informaron que la refugiada ucraniana de 23 años, Iryna Zarutski, había sido apuñalada mortalmente en el metro en Carolina del Norte por el afroamericano Decarlos Brown. Dichos hechos se produjeron a finales de agosto, pero no saltaron a la luz pública hasta tres semanas después por la negativa inicial de los medios a informar sobre el caso.
El asesino de la joven ucraniana tenía antecedentes penales por robo con violencia, posesión ilegal de armas y agresión, habiendo sido detenido en catorce ocasiones, pese a lo cual estaba en libertad. Después de degollarla salvajamente dijo “I got that white girl” (Tengo a la chica blanca). ¿Alguien se imagina cuál hubiese sido la reacción mediática y social de haber sido al contrario? ¿Y si una persona caucásica hubiese asesinado a un afroamericano y luego hecho alusiones a su color de piel? ¿No tiene toda vida inocente la misma importancia?
– El comentarista conservador Charlie Kirk, casado y con dos hijos, fue asesinado de un disparo, conociéndose que su asesino, Tyler Robinson, había escrito mensajes izquierdistas en las balas con las que le asesinó.
Estos hechos ponen en evidencia el estrabismo moral de buena parte de la izquierda europea y norteamericana, en especial, la española, que ha llevado al extremo las campañas de demonización del adversario, algo que en su caso viene de muy atrás.
Cuando estos hechos se tratan de ocultar, cuando no manipular, es porque ponen en evidencia la fragilidad del discurso ideológico que la izquierda trata de imponer a toda costa, y que es legatario de la lucha de clases marxista, una versión actualizada al siglo XXI que busca nuevos opresores y oprimidos a los que señalar.
La misma izquierda que no consiente la menor crítica al islam, so pena de ser tachado de islamófobo, es la misma que luego practica la cristianofobia y el antisemitismo, en este último caso, compartiendo una trinchera ideológica con la verdadera ultraderecha y los neonazis, que son, paradójicamente, sus extraños compañeros de cama.
Los ataques que han dejado muertos en Estados Unidos, impulsados por izquierdistas radicales que abrazan la ideología de género, han tenido como base la cristianofobia, un fenómeno que se da de manera frecuente en España, donde los datos son más que elocuentes: según el Observatorio para la Libertad Religiosa, España es el país con mayor cristianofobia de Europa, algo que se evidencia en la violencia física y verbal que sufren creyentes e instituciones religiosas, de hecho, en 2023, tres de cada cuatro víctimas de odio religioso en nuestro país fueron católicas, con ejemplos tan atroces como el sacristán asesinado en Algeciras (Cádiz) por un yihadista o el ataque al convento de Gilet (Valencia), donde cuatro frailes fueron agredidos por una persona que tenía la intención de matarlos, dejando a uno de ellos en estado crítico con un fuerte traumatismo en la cabeza.
No es casual que aquellos que han perpetrado estos ataques anticatólicos sean en su mayoría afines a partidos como el PSOE, Podemos e IU, artífices de la campaña anticlerical que a día de hoy se propaga por España.
Otro grupo religioso que a lo largo del presente año ha visto cómo se han incrementado en un 320 % los ataques contra ellos son los judíos, que según las estadísticas oficiales, ya en 2023, aumentaron en un 600 % las agresiones contra ellos.
El gobierno social-comunista ha creado el caldo de cultivo idóneo para prender la mecha del antisemitismo, con declaraciones como las de Yolanda Díaz, que se atrevió a decir “Palestina libre desde el río hasta el mar”, el lema promovido por los terroristas de Hamás llamando a la desaparición de Israel, una consigna que no es una crítica al gobierno de Netanyahu sino, a un Estado con todos sus habitantes. Recuerda, desafortunadamente, a Ahmadineyad cuando dijo que Israel debía ser erradicado del mapa, con la diferencia que en esta ocasión no es un presidente de una sangrienta teocracia que ahorca a los homosexuales quien repite las consignas de los terroristas, sino una vicepresidenta de una democracia de Europa Occidental.
Las agresiones y ataques antisemitas se han intensificado a raíz de los sucesos de Gaza precisamente por la ofensiva de Sánchez contra la nación judía, a la que ha llegado a tachar de “Estado genocida”, alentando la violencia contra la Vuelta Ciclista a España en forma de protestas contra Israel, que se han saldado con 22 policías heridos, algo que, desafortunadamente no debería sorprender de Sánchez, un sujeto que no ha condenado el asesinato de Kirk.
El brutal asesinato, sin apenas mediar palabra, de la joven ucraniana evidencia el racismo inverso que promueve la izquierda radical, para la que, al parecer existen víctimas de primera y segunda en base a un elemento tan trivial como el color de su piel. ¿Nadie recuerda el contraste en el tratamiento informativo que hubo entre el homicidio imprudente de George Floyd y el asesinato de esta chica, que incluso se ha pretendido ocultar?
La muerte de George Floyd se presentó como una prueba gráfica del profundo racismo de la Policía norteamericana. No importaba siquiera que entre los cuatro policías que detenían al fallecido hubiese, además de un asiático, otro afroamericano, que, además, ayudó a inmovilizarle.
Tras aquel revuelo mundial, con una ofensiva violenta a lo largo y ancho de Estados Unidos, la sentencia ha puesto racionalidad, condenando al agente por aquello de lo que realmente fue responsable: de un caso de brutalidad policial, aplicando a Floyd una técnica prohibida o desaconsejada por la mayoría de los cuerpos policiales, pero no por racismo, ya que no se ha apreciado motivación racial alguna ni delito de odio, a lo que se suman los concluyentes resultados de la autopsia del fallecido, en cuyo organismo se hallaron restos de metanfetamina, pues consumía estupefacientes de manera habitual, además de sufrir problemas cardíacos de manera previa, lo cual le hacía más vulnerable que a otros. No obstante, no resta un ápice de culpabilidad al agente condenado, cuya actuación fue injustificadamente desproporcionada.
A día de hoy, los afroamericanos representan el 13 % de la población de Estados Unidos, y, sin embargo, entre 1980-2008 han sido responsables del 57 % de los homicidios y el 62 % de los robos. Estos datos, antes de que el lector se apresure a tacharlos de racistas, fueron publicados por el periodista afroamericano Jason L. Riley en The Wall Street Journal, del mismo modo que es muy elocuente que en 2015, 6000 afroamericanos fuesen asesinados a manos de otros afroamericanos frente a sólo 258 que lo fueron a manos de la Policía.
Existe una correlación, del mismo modo que sucede entre la inmigración ilegal y la delincuencia, lo que, obviamente no significa que todos, ni siquiera la mayoría de los afroamericanos e inmigrantes ilegales sean delincuentes. El nexo causal no es el color de la piel como diría un perfecto anormal sino el contexto socioeconómico derivado de la situación de pobreza de muchos barrios afroamericanos, con escasez de servicios sociales, la histórica discriminación a raíz de la segregación racial, implantada, por cierto, bajo la presidencia del demócrata Wilson, que limitó el acceso de la población afroamericana al trabajo, la educación y los servicios sociales en pie de igualdad, lo que ha dado lugar a que a día de hoy se formen guetos y pandillas, que es a lo que han conducido las políticas de subsidios de los demócratas, que cronifican la pobreza en lugar de darles oportunidades reales de crecimiento.
Se tiende a hablar constantemente de la homofobia, la transfobia y la xenofobia para manipular y demonizar el mensaje de VOX, cuando en 2020 y 2021, el 25 % de los delitos de odio fueron ideológicos, y no hay más que hacer una búsqueda superficial en la red para conocer casos en los que la persona agredida lo ha sido por algo tan normal en cualquier país del mundo como portar la bandera nacional, y me limitaré a citar sólo algunos ejemplos:
- En 2022, en Pamplona, un cubano de raza negra que llevaba una bandera de España en la espalda fue agredido por pro-etarras al grito de “beltza” (“negro” en vasco), siendo condenado a dos años de cárcel la persona que profirió el insulto racial por el agravante de delito de odio. ¿No se suponía que el racismo era cosa de la ultraderecha?
- En 2019, en un colegio de Tarrassa (Barcelona), una profesora mandó a sus alumnos a hacer un dibujo libre para el álbum de fin de curso, y una niña de diez años dibujó una bandera de España en la que ponía debajo “¡Viva España!”. La maestra montó en cólera, gritando y cogiendo del cuello de la camiseta a la alumna para echarla de clase, cayéndose al suelo desde la silla y dándose un golpe en la espalda.
La Consejería de Educación abrió un expediente a la profesora por una falta leve, que dejó a la alumna sola en el pasillo y mostró su trabajo al resto de la clase, denunciando la familia que le causó lesiones en la zona lumbar y el dedo, así como secuelas psíquicas, tales como ansiedad y trastornos del sueño. Pese a que dichos extremos han sido acreditados en sede judicial, la profesora fue absuelta al no probarse su intención de menoscabar la integridad física de la menor, considerando, de manera discutible, que actuó de modo espontáneo y sin ánimo de lesionar o humillar.
- En 2024, en San Sebastián, a una chica le arrancaron del cuello la bandera española que llevaba.
- En 2022, una joven de 22 años que llevaba una pulsera con la bandera española, en el Metro de Barcelona recibió de un chico un pisotón en el pie, diciéndole éste: “He visto la pulsera que llevas y me han entrado ganas de pisarte”. ¿No era la violencia machista cosa de fachas?
- En marzo de 2025, en un bar de Compostela, a un militante de VOX que llevaba una pulsera con la bandera de España le tiraron dos vasos de cerveza encima y le propinaron un puñetazo al grito de “¡Asqueroso fascista!”.
- En 2019, cuatro jóvenes de extrema-izquierda tiraron botellas a un motero de Zaragoza por llevar un chaleco con la bandera de España, dejándole tuerto.
- También en 2019, a un joven militante de VOX de 19 años en Madrid le propinaron un puñetazo en la cara y una patada en la mandíbula por llevar una pulsera con la bandera de España y el logo de VOX.
- El caso más conocido y de peores consecuencias fue el asesinato de Víctor Laínez en 2017 a manos de un ultraizquierdista por llevar unos tirantes con la bandera nacional.
Lejos de esa campaña mediática que trata de imputar a VOX todo caso de homofobia, xenofobia, machismo y transfobia, lo cierto es que los datos matan, una vez más tan falaz relato, y cabe aludir a casos no sólo protagonizados por simpatizantes de izquierdas sino por los gerifaltes de los partidos con los que simpatizan. Valgan algunos ejemplos que dicen mucho de esta realidad:
- En 2017, en la Caseta del PSOE en la Feria de Sevilla, un transexual fue agredido al grito de “Aquí no entra un puto maricón”.
- La entonces Fiscal General y luego ministra de Justicia Dolores Delgado llamó en un audio “maricón” al ministro Marlaska.
- El entonces líder de IU en Andalucía y vicepresidente de la Junta de Andalucía, Diego Valderas, se refirió a una consejera de la Junta como “la de las tetas gordas”.
- Alfonso Guerra llamó “mariposón” en un mitin a Rajoy, insinuando su homosexualidad.
- En una entrevista a Jiménez Losantos, el periodista de izquierdas Jordi Évole dijo que la transexual Amor Romeira no entendía de izquierdas ni de derechas, pero sí “de transformaciones”.
- Felipe González dijo en su día que Aznar dormía borracho porque se acostaba con “la Botella”.
- El entonces líder del PSOE vasco, Francisco Eguiguren, fue condenado a catorce días de arresto domiciliario por agredir a su esposa con un paraguas, algo que no le impidió seguir ocupando cargos de responsabilidad dentro de su partido.
- Errejón está siendo acusado de abuso sexual contra varias mujeres.
- El youtuber homosexual Isaac Parejo recibe constantes insultos homófobos en redes sociales por sus críticas a la izquierda y su apoyo a VOX.
- Algo tan normalizado como profundamente racista es que la prensa utilice el apelativo del “negro de VOX” para referirse a Ignacio Garriga y a Bertrand Ndongo, que por cierto, recientemente sufrió un intento de agresión a manos del comunista Antonio Maestre.
- Los recientes audios de Ábalos y Koldo hablando sobre prostitutas muestran detalles tan repugnantes como alusiones a intercambios de mujeres y a que si no podía elegir entre dos señoritas, se quedase con las dos, tratando a las mujeres como mera mercancía aquellos que luego se dan golpes de pecho de feminismo.
- La exministra de Vivienda de Zapatero, la sanchista María Antonia Trujillo, en un debate con el periodista argentino de derechas Luis Balcarce le espetó “¡Vete a tu país!”.
- Uno de los históricos del PSOE como el que fuera alcalde de Madrid Tierno Galván, decía que la homosexualidad era una desviación y que si tuviese un hijo homosexual lo corregiría.
- El caso Arny, que en su día contribuyó a estigmatizar los homosexuales, fue alentado, precisamente, por el PSOE para desviar la atención de la sentencia del caso Filesa.
- Pablo Iglesias, el fundador del partido que a través de Irene Montero impulsó la funesta ley del “sólo sí es si”, en un programa de El Hormiguero dijo que a veces, cuando las mujeres dicen que no, quieren decir que sí. No deben sorprender estas afirmaciones del mismo que decía que “azotaría hasta que sangrara” a Mariló Montero.
A todo ello se suma algo tan paradójico como que la mayor homofobia y la discriminación de personas LGTBI como los bisexuales, se da dentro del propio colectivo LGTBI, donde son frecuentes las burlas contra aquellos que son vistos como más femeninos, siendo tachados de “locas” y de tener “mucha pluma”, algo que denuncia la transexual Sandra Mercado en su imprescindible libro “La estafa del transgenerismo”, siendo la ideología de género algo que divide a la propia izquierda, como lo evidencia que la transexual Carla Antonelli se diese de baja del PSOE por la negativa de su partido a apoyar la Ley Trans de Irene Montero, del mismo modo que Lidia Falcón se separó de Podemos al oponerse a dicha ley, alegando que si el sexo es una construcción social, como dice la actual izquierda woke, el feminismo no tendría sentido. ¿Son también ultraderechistas aquellos que han abandonado las siglas de la izquierda oficial? Si es así, ¿PSOE y Podemos tenían ultraderechistas en sus filas? Si tenían ultraderechistas, ¿eran, por tanto, partidos de extrema-derecha?
El delirio de la izquierda, con su constante sectarismo y su señalamiento incluso contra aquellos que, coincidiendo en líneas generales con sus tesis, se atreven a disentir en uno solo de sus postulados, ha llegado al extremo de que han dejado hasta a sus fósiles (Felipe González y Alfonso Guerra) a su derecha.





