Un libro del entonces Cardenal Ratzinger publicado hace unos treinta años advertía sobre los peligros del culto al cuerpo, diciendo algo así como: “Esta obsesión tan excesiva va a desembocar en un odio al cuerpo”.
Resultaba entonces una afirmación un tanto chocante. Que no es bueno, y menos desde el punto de vista cristiano, el culto al cuerpo, vale; pero que desembocaría en un odio al mismo, ¿por qué?
Poco, poquísimo tiempo hizo falta para que semejante diagnóstico se evidenciara de manera tan prístina que ahora lo chocante es recordar que no comprendimos a la primera una verdad tan obvia.
“Odio al cuerpo”. Pero, ¡si lo estamos viendo! Piercings, tatuajes; operaciones faciales hasta en personas jóvenes; múltiples despropósitos y aberraciones… odio al cuerpo, en suma.
Y ahora, ¿qué sucede con las imágenes sagradas, con las procesiones…? Aquí no es que hablemos de un culto excesivo, sino desde luego desviado. Lo que antaño era veneración de imágenes religiosas ahora se ha convertido en otra cosa: una desviación del culto hacia el fotógrafo, el periodista, el cartelista, el capataz, los sacrosantos costaleros, y, ¡oh!, acaso por encima de todos, hacia la figura del restaurador.
En la sociedad mundana, ciertas cosas que antaño se realizaban si acaso con disimulo, para corregir defectos físicos procurando que el artificio no se advirtiera (implantarse cabello un calvo, hacerse liposucciones, operaciones estéticas…), todo eso empezó a hacerse con ostentación; de modo que, increíblemente, semejantes intervenciones dejaron de ser un medio para convertirse en un fin. Se presumía de ello. Indicaba un estatus, una holgura económica y un estar a la moda. Sin duda, una aberración. Pero es innegable que vivimos en medio de ella. El culto al cuerpo ha desembocado en verdadera hostilidad hacia el mismo.
¿Y qué está sucediendo con las imágenes sagradas? Pues algo muy parecido – y estremece el decirlo.
La obsesión por las retransmisiones detalladísimas… cada milímetro de cada imagen sacra en el teléfono móvil de cualquiera (nos sorprenden las orgías del mundo antiguo, la Efeso que encontró San Pablo… pero si a ellos les hablaran de la presente banalización se quedarían igual de espantados), la multiplicidad de periodistas comentando a su vez cada detalle… ese tono de informe forense… la obsesión, la verdadera obsesión por fotografiar, grabar, publicar, comentar cada micra, que no milímetro, de cada imagen y cada zapatilla de costalero… toda esa obsesión está desembocando en un … no diré odio pero desde luego en el mayor de los desprecios hacia las imágenes sagradas, así disecadas y diseccionadas y requeteampliada y divulgada su fotografía…
(¿Dónde queda lo de “jardín escondido, fuente sellada”…?)
Está de moda hacerse implantes de pelo, liposucciones, ponerse innecesariamente dientes nuevos. No es fin, es medio (“Viste mucho eso de lesionarse esquiando”, rezaba una frase de crónica social, verdadera puñalada para almas sensibles).
Pues está de moda restaurar imágenes sagradas. Viste mucho. Es la secuencia natural del hiper exceso de fotografías, retransmisiones detalladas… todo lleva a la disección. Toquiteo, manoseo… Lo último que jamás nunca en la historia de la Humanidad se ha asociado a una imagen “sagrada”.
Hasta el lenguaje que emplean es el mismo. En años recientes, la palabra “limpieza”, de connotaciones humildes y neutras (diríase que algo inmune a la ideología, ¡pues no!), esa palabra ha adquirido tintes ingratos. Hay que hacerse “una limpieza” (de cutis, de dientes), se decreta. Ese nombre lo usan para referirse a intervenciones que un ignorante, observando sólo sus sentidos, consideraría enormemente agresivas e invasivas, pero claro, ¡es por su ignorancia! Desde arriba se decreta que esas “limpiezas” son sanísimas y necesarias y no dañan nada, nada, ¡por favor!, ¿cómo puede alguien pensar otra cosa? (¿Cómo hay quien osa dar más crédito a su propia vista, oído y tacto que a lo que dicen Loh Ejpertos?).
“Una limpieza, una limpieza”, repiten los dentistas. Y el obediente público presume de haberse hecho “una limpieza, una limpieza”. En otra era, se guardaría discreción sobre un rato dedicado a cosas tan prosaicas y que hablan de la miseria humana. Pero ahora se presume de ello (“La obsesión por el cuerpo desemboca en un odio al cuerpo”).
Y ahora, ¿cómo las personas normales no sufren de oír que ‘a la Virgen (¡a la Virgen!) hay que hacerle “una limpieza, una limpieza”?’
¡Oh!, y ahora recordamos que esa palabra ya tenía anteriormente otras acepciones ingratas! “Limpieza de sangre”, “limpieza étnica”. Sí, efectivamente: con razón la expresión “una limpieza” resulta heladora.
El culto al restaurador, a la idea de que “hay que restaurar” exime de toda justificación. Las personas acuden a spas de tratamiento de bienestar o de adelgazamiento no porque padezcan malestar o sobrepeso sino porque eso “viste mucho” por sí mismo. Y a las imágenes, a todas, “hay que restaurarlas”.
Y para dar ya el golpe de gracia a una sensibilidad herida, ahora llegan unos proponiendo que la última víctima de esta orgía “restauradora” se declare… (los dedos se resisten a teclear este reduccionismo, esta hiper banalidad) “Bien de Interés Cultural”.
Pero, ¿no les duele la boca de pronunciar eso? O sea, para terminar de destrozar una devoción, un sentido de lo sagrado, ahora sugieren que esto pase a un departamento de la maravillosa Junta de Andalucía. Es decir: las migajas de capacidad de decisión que aún quedan, en esta sociedad, en manos de asociaciones privadas, pues se sugiere que pasen ya oficialmente al poder político también.
Y la banalidad de “Bien de Interés Cultural”, que a lo mejor ya lo es hasta el gazpacho, ¿a nadie más le inspira horror?
“La obsesión por las restauraciones desemboca en un odio hacia las imágenes”.
Y ahora crearán comisiones, y “ejpertos”, y encargarán más “informes” técnicos, muy técnicos…y vendrán más restauradores “prestigiosos” (del “prestigio” en general hablaremos otro día. “Prestigio, prestigio, ¡cuántas tropelías se cometen en tu nombre!”, podíamos decir, como de la Libertad aquella mujer camino de la guillotina…), y acudirán más fotógrafos y periodistas…
El demonio ciertamente es ingenioso. No paran de ocurrírsele nuevos métodos para lo mismo. Evocando algunas de las muchas rachas iconoclastas de siglos pasados – esas iglesias despojadas en un instante de todo, de arriba abajo, por la furia calvinista, por la de Lutero, por la de tantos y tantos…- bueno, fue terrible, sí, pero comparado con lo que ahora vemos, puede sentirse que aquellos destrozos, en su primitivismo, tenían algo más de sincero y de “noblote” en su modo de proceder. Se sabía a qué atenerse, de qué lado estaba cada uno. La presente iconoclastia, en su insidia, parece hasta más diabólica. No destroza físicamente los iconos… al menos no de golpe.
Pero en realidad en lo sucedido hay una nota de esperanza (sí, de Esperanza). Por primera vez en los decenios que llevamos de “restauraciones” obsesivas, pues al fin han aparecido personas que, sin miedo a que se rían de ellas, han dado más crédito a sus propios ojos que a los mantras de los sabihondos.





