Cuentan que en 1938 Hitler recibió una carta de un tal Knauer, militante del Partido Nazi, pidiéndole que matasen a su propio hijo por haber nacido ciego y con malformaciones, por el coste que la criatura supondría para el país.
Tan monstruoso ciudadano fue ensalzado como un patriota ejemplar, ya que los tiempos requerían ahorrar el presupuesto sanitario dedicado a seres «inútiles», para destinarlo a una economía de guerra ante el inminente estallido del mayor conflicto bélico a escala mundial en los anales de la historia.
El sacrificio de ese niño fue el germen del perverso programa de eutanasia «Aktion T4», que acabó con un número aún no determinado de seres humanos con discapacidad, en una horquilla que varía entre los 75.000 y los 300.000, en el cual el castillo de Sonnienstein fue un elemento clave.
Hoy es un museo en el que sobrecoge adentrarse, conservándose en sus muros la memoria de 14.571 personas con discapacidad intelectual, que fueron despojadas por los nazis de sus escasas pertenencias de valor (dientes de oro, relojes y crucifijos…) antes de ser metódica y cruelmente eliminadas, y donde pervive una huella indeleble de nuestra amada España.
Y es que el 1 de septiembre de 1939, cuando Hitler invadía Polonia y ardía el infierno en Europa, un grupo de españoles intentaba huir de Alemania para llegar a su país natal, escondiéndose entre arboledas y arroyos.
Tenían una razón de peso para no dejarse ver. Eran gitanos, equivaliendo su color de piel aceituna a una ineludible sentencia de muerte en el siniestro III Reich de pureza de raza aria.
Los detuvieron a un paso de la frontera. Al pequeño Gabriel, de apenas 9 abriles, le salvó su retraso madurativo, que las bestias de las SS lo mandaron al castillo, para que experimentaran con él.
En cuanto a sus familiares, un sargento sin corazón ordenó aplicar el protocolo habitual para esquivar engorrosos trámites burocráticos, ametrallándolos en cualquier bosque y expresando en el acta «Muertos en intento de fuga».
Obligaron al niño a identificarlos. Y él, con el alma hecha jirones y el rostro inundado de manantiales, fue nombrando a la abuelita Carmen, mamá Rosario, tito Rafael, hermano Raimundo …
En un compartimento del castillo Sonnienstein, donde hacinaban a los individuos de etnia gitana, aún se conserva una conmovedora pintura en colorados trazos infantiles de nuestro compatriota. Se aprecia la figura de la Virgen del Rocío y bajo ella, en perfecto castellano, la franca expresión de un anhelo universal: «QUIERO VIVIR».
Tenía una discapacidad intelectual pero, como buen zíngaro, era avispado como el hambre y sabía que no les llevarían a una ducha colectiva (como les aseguraban los guardianes de la Gestapo) sino a una cámara de gas.
Me acuerdo de él mientras leo la Ley de la eutanasia en España, la cual, con bonitas palabras y hablando mucho de progresía y derechos, bla, bla, bla… viene a ser un calco de la eutanasia de los nazis.
Si Hitler aceleró su programa eutanásico al comenzar la guerra, también nuestro Gobierno ha reducido al mínimo la chapucera tramitación para aprobar su ley letal:
No se han pedido informes al Consejo de Estado, ni al Consejo Español de Bioética, ni a organismos especializados en ámbitos jurídicos y médicos. No ha habido un solo estudio demoscópico serio. No se ha abierto la audiencia pública. Tampoco han intervenido expertos de reconocida solvencia ética, etc, etc…
Con la alarma de la pandemia el lobby de la muerte por encargo ha visto el cielo abierto (el averno, más bien) para impulsar una norma a su gusto, ahorrando en residencias de mayores, pensiones, medicinas y demás, emulando la economía de guerra nacionalsocialista.
Todo ello avalado por médicos de su cuerda y laxa conciencia, trepas sin escrúpulos al relumbrón de cirugías médicas y cambios de sexo, y que olvidarán su juramento hipocrático de defender la vida para acabar con esta de modo automático, en vez de potenciar los dignísimos y humanizadores cuidados paliativos, sedando al sufriente para reducir su conciencia y dolor, de modo que su trayectoria vital siga su curso hasta apagarse en paz, acompañado afectiva y espiritualmente.
Me acuerdo de Gabriel Heredia Barrull, gaseado número 527 en el lúgubre castillo de Sonnienstein. Me alegra pensar en cómo sería su encuentro con su Virgen del Rocío, su mamá del cielo, abrazado por su tito Rafael, y su abuela Carmen, y…
Y pienso también en el proverbio caló de la estrategia del peón. Porque aunque un peón no es una ficha relevante en la complejidad estratégica de un tablero de ajedrez, si se mantiene en su sitio puede favorecer la victoria de su equipo.
Es cierto. Si entre amigos y vecinos nos pronunciamos sin complejos los peones que formamos parte de las fichas blancas de la vida en el tablero de la sociedad, esta se abrirá paso inexorablemente, dejando sin virtualidad una ley de vergüenza, apoyada incluso por Bildu, con lo vomitivo que resulta oírles hablar de muerte digna a estos fans de Hitler.
Y es de justicia citar a los hermanos de la Junta Directiva del Gran Poder, que con su declaración de peones a favor de la vida y en contra de su vulneración por la ley de la eutanasia, han vuelto a demostrar lo mucho que aman al Señor de Sevilla.
No hay otra, amigos. Llevemos en nuestra alma la pintada de Gabriel, nuestro gitano: «QUIERO VIVIR»





