Lo que nos dicen los himnos (II)

Lo que nos dicen los himnos (I)

En un artículo anterior analizábamos algunos de los dislates patrióticos incluidos en el himno oficial de Andalucía para mayor gloria de la patria. Habíamos comenzado con la primera estrofa. La recordamos:

 

“La bandera blanca y verde

vuelve tras siglos de guerras,

a decir paz y esperanza

bajo el sol de nuestra tierra”.

 

Nos fijamos ahora en lo de los “siglos de guerra”, una soberana mentira que conviene aclarar. Porque algunos aparentes ingenuos se apresuran a subrayar: “Oh, qué bueno y noble era Don Blas, que quería para Andalucía “paz y esperanza”, y no llamaba a degollinas y matanzas, como hacían otros próceres patrios, un poco más locuelos”. Recordemos, al respecto, el himno catalán, un poquito menos amable al respecto:

 

“Cataluña triunfante

volverá a ser rica y plena.

Atrás esa gente tan ufana y soberbia.

Buen golpe de hoz, defensores de la tierra,

buen golpe de hoz”.

 

¿Quiénes serían esas gentes ufanas y soberbias a quienes había que combatir a golpe de hoz? No sé, no caigo… Sin embargo, mucho más sutil es la calumniosa e hispanófoba forma de resumir los últimos siete siglos de historia de Andalucía, que son despachados simplemente como “siglos de guerra”. En un santiamén queda planteado el maniqueo reparto de papeles que sintetiza su versión de nuestra historia: los musulmanes, humillados y pacíficos que antaño usaban la bandera blanca y verde, se oponen a esos odiosos cristianos arrogantes y belicistas, que han dominado estos últimos siglos de guerra. La lucha de clases entre terratenientes y jornaleros, que Infante planteaba a nivel social, tiene una dimensión que también es étnica o incluso religiosa. Lucha de clases, impulso para un nuevo lebensraum andaluz y jihad islámica, todo en uno. Pero recuerden: “Paz y esperanza”…

Sigamos adelante con la siguiente estrofa.

 

“Los andaluces queremos 

volver a ser lo que fuimos:

hombres de luz que, a los hombres, 

alma de hombres les dimos”.

 

Como vimos en el artículo anterior, se confirma el carácter “restaurador” de una mítica inocencia perdida por Andalucía, al modo de una redención laica que Don Blas propone en versos algo ripiosos. Pero, en este caso, no se concreta demasiado la propuesta -¿qué es exactamente eso tan maravilloso que fuimos?, y ¿quién impidió que lo siguiéramos siendo?-, optando por una vía cuasi-mística y esotérica hacia la restauración del paraíso. En su opinión, Andalucía, cual nuevo mesías, tenía una función salvífica que ejercer en el mundo: nada menos que la de producir “hombres de luz”, encargados de dar “alma” a los demás hombres, cualquier cosa que eso sea. ¿Se refiere, acaso, el poeta a los tiempos tartésicos, cuando Andalucía era la brújula que orientaba a todo el Mediterráneo, según creía nuestro ideólogo? ¿O a los tiempos andalusíes, cuando nuestra tierra era Jauja y Neverland y el Jardín del Edén, todo en uno? Ya me dirán si no les parece una injustificada y auto-atribuida dimensión redentora de la humanidad.

El estribillo del himno también tiene su miga. En él, a los andaluces se nos pide que nos “levantemos”. No es que antes estuviéramos acostados o reposando, sino que nos encontrábamos humillados y postrados por la opresión extranjera. Levantarse equivale aquí a “alzarse”. Realmente lo que se está preconizando es un verdadero “alzamiento nacional” y lamento que la expresión suene a otra cosa. Solo hay que precisar que, en este caso, el lema inspirador del “levantamiento” es de inspiración ácrata, pues se centra es reclamar nada menos que “tierra y libertad”, el viejo binomio de los nihilistas rusos: “zemlia i volia”. No sé si captan las connotaciones de semejante eslogan, el tufo que tiene a atentado de La Mano Negra y a utopía campesina al estilo de lo que preconizaban Pol Pot o el jornalero Seisdedos. Demasiadas utopías que -hoy sabemos bien- acaban siempre en infiernos en la tierra.

De esta forma, los andalucistas que entonan conscientemente este himno claman por una “liberación” que va en la línea de la que exigía en los años treinta el entonces famoso Dr. Vallina (CNT), a la vez que exigen repartos de tierras, previa expropiación fulminante (más algunas ejecuciones) de los caciques y terratenientes, como explica Don Blas en otros lugares de su obra. Por supuesto, había que hacer partícipes de esas distribuciones de parcelas a millones de moriscos expulsados hace siglos de nuestra tierra, que vagan hoy por el norte de África y que había que traer de vuelta a la nueva patria. Como se ve, toda una impresionante revolución que sería entre masónica, sandinista, islamófila y medievalista, y que desde luego es programáticamente incompatible con un Estado de Derecho occidental. Ese delirante cóctel ideológico es el que beben nuestros escolares hoy, gracias a ese tipo tan “buena gente” llamado Moreno Bonilla.

La última frase de nuestro himno es un prodigio de concisión braquilógica y ambivalente, pues plantea el más acertado señuelo para hacer caer en la trampa a millones de ciudadanos incautos dispuestos a interpretarlo todo in bonam partem

 

   “Sea por Andalucía libre, España y la Humanidad”.  

 

Aparentemente se plantea un patriotismo sensato basado en sucesivos círculos concéntricos que se articulan en armoniosa jerarquía: primero la patria chica (Andalucía), después la grande (España) y, por último, la definitiva (la Humanidad, así, con mayúsculas). Garantía de la Paz Perpetua, de la que hablaban los ilustrados. En tales términos lo han entendido, y lo siguen entendiendo aún, muchos millones de andaluces. Pero en ese malentendido se asienta gran parte de la estafa.

Porque esa interpretación buenista ignora la capacidad del suavón de Don Blas para envolver su tóxico producto en atractivo celofán. Este, en efecto, tiene un concepto de Andalucía libre (como Cataluña lliure y como Euskadi askatuta), que se refiere a entidades “soberanas” y empoderadas. Una vez obtenida esa ancestral soberanía, afirma nuestro gran líder que esa Andalucía, dueña de sus destinos, se aliará con las otras nacionalidades de España (concepto casi geográfico) o de Iberia o del Magreb, para ir articulando a la humanidad definitivamente hermanada.

Es verdad que, en tiempos de Don Blas, los andalucistas disimulaban su tirria hispanófoba, y por eso no excluían la palabra “España” de su simbología, dándole un sentido totalmente novedoso, desligado de su vieja identidad. Ahora, ya no lo hacen. Y, por eso, ahora sustituyen la palabra tabú por esa tópica mención a “los pueblos”, referencia que aparenta ser muy globalista e inclusiva, pero que no es más que eufemismo que oculta sus fobias. Cosmopaletismo en estado puro.

Sinceramente, para decir tantos disparates, preferimos, como dijimos, el himno nacional español de toda la vida, aquel con el que, por cierto, se encierran en sus iglesias los pasos de Semana Santa cuando acaba la procesión. ¡Qué sabio es el verdadero pueblo andaluz! (No el inventado por Don Blas). El mensaje que transmite nuestro himno áfono está muy claro y no necesita explicación. A saber, que es una ordinariez ponerse a hablar de los enemigos en el himno nacional, y que ni siquiera hace falta alabar con palabras a España, porque esta es verdaderamente inefable.




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