Lo que nos dicen los himnos (I)

Según los parámetros modernos, un buen himno nacional -igual que otros símbolos, como el escudo o la bandera- debe combinar la elegancia, la solemnidad y cierto toque pegadizo a fin de que pueda ser entonado con emoción por las masas. Los más exitosos son aquellos que combinan una música vibrante y efectista junto con una letra poética y vistosa -a menudo también un tanto altisonante y romántica- para poder ser cantadas a una sola voz por el pueblo enardecido. Para mi gusto, los himnos de Francia y de Rusia son melódicamente los más espectaculares, aunque en el caso francés el mensaje verbal transmitido sea especialmente sangriento y brutal, muy adecuado a una nación revolucionaria que, por cierto, acaba de realizar su última aportación a la decadencia de Occidente: liberté, egalité, abortité.

   “¡Que esa sangre impura riegue nuestros campos!”

Lo malo de la Marsellesa es su arrollador éxito -porque, realmente, la música es soberbia-, hasta el punto de que ha servido de modelo para los himnos de tantas “naciones” decimonónicas, reales o supuestas, surgidas todas de la revuelta y el motín. Destacan los de muchos países hispanoamericanos, que hablan con desparpajo de armas, pólvora y estruendo contra un “enemigo opresor”, al que rara vez se nombra pero que todo el mundo sabe cuál es. En efecto, resulta curioso comprobar el hecho inquietante de que, implícita o explícitamente, el enemigo fundante en tantos himnos calificados como “nacionales” sea precisamente España: desde México hasta Argentina, desde los Países Bajos hasta Cataluña. Y no, no me estoy refiriendo a ninguna canción del grupo Les Luthiers, aunque este genial grupo nos dé grandes lecciones respecto a las intenciones reales que tienen a menudo los inventores de las “canciones patrias”. Si el lector lo duda, le animo a que busque en internet lo que dicen los himnos de las naciones mencionadas y algunos más que no citamos. En otro contexto se podría hablar de una verdadera “llamada al genocidio”.

En este sentido, nos parece mucho más elegante el himno británico que conserva la sacralidad religiosa propia de un oficio eclesial. En efecto, el God save the King es originariamente un himno litúrgico inspirado en los salmos de la Biblia. A nivel simbólico, allí siguen fundidos el Trono y el Altar, como si aquello fuera todavía el Antiguo Régimen (aunque este fuera lamentablemente mancillado hace ya cinco siglos por los pecados públicos del “cachondo” de Enrique VIII). 

Por su parte, el himno español, carente de letra, responde a un momento algo posterior al del inglés, el siglo XVIII, una época aún aristocrática pero más ramplona, en la que al pueblo lo que se le pedía era que guardara un respetuoso silencio, en vez de gritar consignas de ningún tipo, según era propio del Despotismo Ilustrado. Está claro que nuestro himno fue compuesto sin ningún tipo de voluntad “populista”. Esa pieza musical apacible y cuartelera, asociada originalmente a la monarquía y al ejército, es para nosotros como la foto en blanco y negro de nuestra bisabuela o la imagen venerable de la Virgen de nuestro pueblo: no son quizás las más bonitas, pero nos tocan el alma, porque son precisamente las nuestras.

Pues bien, con esos precedentes, Don Blas Infante puso todo su empeño en crear un nuevo himno para su invento patriótico con vistas a obtener el mayor éxito posible. Para la música, no se comió mucho la cabeza y propuso rescatar un viejo salmo popular usado por los jornaleros andaluces antes de comenzar sus duras jornadas laborales: el “Santo Dios”. De alguna manera, quería transferir la sacralidad religiosa de un himno dedicado a la Divinidad hacia su religión sustitutoria, que daba culto a una patria inventada. La ideología nacionalista, de hecho, no es otra cosa más que la proyección de la perdida fe en Nuestro Señor sobre un nuevo “ídolo” social y político. En esa fe vicaria había también un paraíso perdido, un pecado original y una promesa de salvación a la que se accedía por medio del sacrificio. Don Blas, además, le dio un toque historicista, al explicar que aquella piadosa canción había sido supuestamente impuesta a los campesinos andaluces de forma forzosa para adoctrinarles en conceptos trinitarios contrarios al radical monoteísmo de sus moriscos orígenes. Había, por tanto, algo de justicia vindicativa al reparar así lo que él consideraba una vieja afrenta.

Pero el análisis de la letra del himno andaluz pone de relieve la inmensa habilidad que tuvo el Prócer andalucista para sintetizar en pocos versos el mensaje que él proponía para esa adorada “nación” imaginaria:

   “La bandera blanca y verde

vuelve tras siglos de guerras,

a decir paz y esperanza

bajo el sol de nuestra tierra”.

Hay demasiados disparates sintetizados en tan pocos versos, pero trataremos de ponerlos de relieve. Obsérvese ante todo la voluntad “restauradora” de un mítico pasado lamentablemente perdido. La bandera blanca y verde no “viene” por primera vez a nuestra tierra (de hecho, se la acababa de inventar él), sino que “regresa” de un maravilloso pasado para redimir este lamentable presente. Sin embargo, hay aquí un equívoco nunca aclarado, pues, según explica el historiador blasinfantista Enrique Iniesta, ese precedente pabellón verdiblanco al que aluden los versos no tenía nada de andaluz, puesto que era “almohade”, es decir, africano:

   “La bandera andaluza actual (…) fue ondeada por primera vez en 1195 en el alminar de la Mezquita Mayor de Sevilla, en la Giralda, para conmemorar la victoria andaluza de Alarcos”.

Recordemos que, según el imaginario de Don Blas, los almohades eran unos fanáticos religiosos enemigos de la refinada sofisticación de las taifas andaluzas, tan admirables y tan diferentes de ellos. Son palabras suyas, no nuestras, cuando los describe:

   “Su dominación [la de los almohades] fue un yugo humillante que sufrieron los andaluces, que tanto los odiaron”.

Pero qué mas da. Para inventar una patria, tanto los almohades, como los andalusíes y también los andaluces vienen a ser lo mismo: los enemigos de aquellos castellanos tan malvados que nos conquistaron, sojuzgándonos hasta hoy. Estos, a su vez, también vienen a ser una misma y sola cosa: los españoles de siempre, los “malos” de la película. 

Pero, como este artículo ya se está alargando demasiado lo dejaremos aquí para seguir en una próxima entrega.




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