La ninfa del tren 13022 (3)

La ninfa del tren 13022 (1)  La ninfa del tren 13022 (2)

Ciertamente, yo no podía atarearme con estas reflexiones que en otras circunstancias  me hubieran llenado el corazón de un júbilo inusitado. Y hasta hubiera compartido con aquella panda de “golfos” un traguito de calimocho, seguro. Era mi deber ir, sin duda, a la médula del asunto tan especial por el que andaba zigzagueando sin parar por medio tren desde hacía una hora y algo. Atravesaba los bultos como podía y entre zancada y zancada le arrancaba materialmente de las manos a los viajeros sus billetes para taladrarlos, al tiempo que atendía solícito a quienes me preguntaban por la hora de llegada a Cádiz. Sabía que estaba perdiendo un tiempo precioso en este afán rutinario y no encontraba el modo de darle el pertinente esquinazo, aunque ya me adentraba en el coche 2 sabedor como era de que cada vez me quedaba menos para volver a verla, para volver a extasiarme ante ella. Y ello me  provocaba una inquietud difícil de disimular ante los demás, pues que las buenas noches las daba de corrida y serio pero sin hacer ningún gesto adusto porque no se me contestara…

Me daba igual. Me limitaba a ir cogiendo los tiques, a echarles una rápida mirada y pare usted de contar. “Sujete al niño, señora, que se puede caer con el vaivén del tren y hacerse daño”, era una frase que repetía casi sin saber muy bien por qué. O la de “ya estamos llegando, señores”. Mientras, avanzaba a duras penas con la intención de dar la salida al tren que se estacionaba en esos momentos en Puerto de Santa María. Efectivamente, estábamos casi llegando y yo debería alejarme definitivamente de la intervención de los títulos de transporte. ¡Si es que quería reencontrarme con aquella “aparición” tintada del más inquietante de los misterios!... No sabía cómo disimular mis intenciones. Así que, en Puerto Real solamente asomé el cuerpo, y después de un tiempo prudencial  le lancé  “al maqui” la orden de “dispuesto”. Tenía que adentrarme ya en el furgón de cola y comprobar si al fondo alguna luz distinta centelleaba sin parar.

Di un empujón a la puerta del váter, que estaba semiabierta, y pude “colarme” en el coche 3 en donde los milagros, según algunos, sucedían a veces. Y vuelta a sortear la cantidad de bultos que había en el pasillo. Ya ni miraba los billetes ni atendía al viajero. El tren iba a detenerse en San Fernando en cuestión de dos o tres minutos y a mí me importaba, más que nada en este mundo, verla descender con su túnica ahuesada repleta de arabescos de plata y sus piececitos cubiertos por una finísimas tiras de cuero y manifestarle mi “hasta siempre” con una leve inclinación de cabeza. Alcancé la puerta, esperé un segundo y pulsé el botón verde saltando sin miramiento alguno al andén. La hilera de farolas encendidas no me dejaba ver con claridad a los que bajaban o subían. Así, que no tuve más remedio que ir moviendo la cabeza de un lado a otro por si por algún hueco apareciera quien había paralizado mi vida por espacio de cerca de dos horas y ahora volvía a tenerme atado al tiempo. No la veía, no la veía… Y Cádiz asomaba por el horizonte. Y los segundos se echaban encima. Que el maquinista volvió a advertirme con dos pitidos, esta vez largos, y no tuve más remedio que darle el “OK”, subiéndome al vagón, sin ganas y con la moral por los suelos.




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