La ninfa del tren 13022 (2)

La ninfa del tren 13022 (1)

La apertura de las puertas me sacó de aquel ¿sueño? ¿Que todo era o había sido un sueño? No, no podía ser. De alguna manera, como fuera tenía que reaccionar y más bien deprisa, que ya no quedaba nadie en el andén y los minutos de demora se acumulaban. Tanto el C.G.R como el Puesto de Mando intentarían saber qué ocurría en Lebrija. Dos pitidos cortos, pero sonoros donde los hubiera, hicieron que saltara del convoy como si a una profundidad desconocida me precipitara. No acerté sino a correr hacia cabeza de tren para que “el Orozco” me viera, a hacerle yo no sé cuantos destellos con la linterna, y a dar un peligroso brinco que me elevó hasta la primera plataforma del primer vagón. Por lo menos ya estaba dentro, porque a los pocos segundos el tren iniciaba su movimiento yo diría que con exasperación. Intenté recomponer la figura, poco a poco. ¿Lo llevaba todo? Sí, lo llevaba: la tenacilla, la linterna, el llavín, el bolígrafo, las monedas estaban en su sitio…

Tomé un poco de aire. Me miré de soslayo en los cristales y decidí continuar con la rutinaria tarea de la intervención al cliente, sobre todo con los que se me habían subido en Lebrija. Y es que este viernes estaba siendo especialmente duro. Se celebraban barbacoas en las playas de Cádiz y el tren iba hasta los topes. Así que, sorteando carritos de bebé, bolsas de plástico y maletas de todos los tamaños y de todas las marcas inimaginables, daba las buenas noches como podía, picando los billetes al vuelo y con el estigma de la resurrección grabada a fuego; porque no tenía más misión en este trayecto, que comprobar si la figura envuelta en fulgor blanco que pude divisar en el último asiento del furgón de cola respondía a la realidad o al sueño. Por eso, mientras atendía a unos y a otros no dejaba ni por un instante de asomar los ojos por encima de las gafas ¡no fuera a ser que la divisara!

– Perdone, ¿es usted conde o esconde to lo que ve?- me dijo con la guasita a que se acostumbra por estos lugares una rubia pintada para la guerra e integrada en una reunión de ocho y que se apeaban ya mismo en Jerez. (Sin duda, se fijó en la placa de identificación que se sostenía sobre el bolsillo izquierdo de mi chaqueta)

– Me apellido Conde, pero yo soy marqués- le contesté con aires de intriga en la voz- Yo soy el marqués de la Punta del Sebo- apuntalé, al estilo Bogart-. Y proseguí la labor dejando atrás un remolino de sonrisas y descaradas risas.

Me habían sacado estas muchachas de mi particular viaje a una clase de cielo que no existía, desde luego, en estos pasillos. Era evidente que hasta llegar al coche 3, en donde ese cielo me esperaba, tendría que aguantar con resignación mal contenida sabe Dios qué clase de situaciones más. De todas maneras, ¡no quedaba lejos el paraíso! Y eso que en Jerez el tren volvió a sucumbir a la entrada de un montón de chavalas y chavales, cargados hasta las cejas absolutamente de todo. ¡Y qué les iba a decir!… Me limité a cobrarles el billete, de cinco en cinco, y a desearles que la jornada nocturna les fuera de maravilla. (¡Quién pudiera!, pensé para mis adentros envidioso de no disponer ya de la vitalidad de aquellos años) 

– ¡Quién pudiera!- les solté en voz alta haciéndome cómplice de la algarabía con la que se mostraban- No esperé respuesta alguna porque, como es natural, los jóvenes iban definitivamente a su aire y en sus rostros se reflejaba la vida misma chorreando a raudales.




 

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