La ninfa del tren 13022 (1)

Estoy seguro de que se subió en la estación de San Bernardo. Dicen que muchas de las ninfas que habitan en los Jardines de Murillo se pasean por los trenes sin recato alguno, llegando las más atrevidas hasta los esteros de San Fernando o la misma Cádiz… Lo cierto es que allí estaba, en el último asiento del vagón de cola y envuelta en un halo como de luna que no había observado en ninguno de los otros viajeros.

Tenía la piel excesivamente blanca y una cascada de cabellos color del oro se posaba sobre sus pechos y la espalda. Vestía una túnica ahuesada repleta de arabescos de plata y sus piececitos se cubrían con unas finísimas tiras de cuero. Parecía ensimismada en la lectura de un libro que asomaba por entre sus manos alargadas y huesudas y del que pude adivinar, mientras oficiaba como Interventor en Ruta, tan sólo el título: Leyendas… La miré a los ojos, ¡eran como el océano! Le abrí una sonrisa y correspondió de tal manera que me dejó atado a la aureola que desprendía.

Todo sucedió en segundos. El tiempo que tardé en picarle el billete, que me ofreció su mano izquierda con la delicadeza propia de quienes parecen alojarse en otra “realidad”. Ni siquiera pude fijarme en el destino que había elegido. Tal era la atracción que estaba ejerciendo sobre mí. No podía ni girar el cuerpo. ¡Y tenía que hacerlo porque de mi orden de “tren dispuesto” al maquinista dependía el que continuáramos la marcha o no! Y es que el roce de las yemas de nuestros dedos abrió un abismo en el corazón de este pobrecito garañón venido a menos. Pues que no lograba asirme a nada que no fuera la encarnación luminiscente de su mágica presencia.

Estaba perdiendo el control absoluto del estado y del plano en que realmente me encontraba. Guardé la tenacilla de picar billetes sin dejar de penetrar en sus ojos y navegar por ellos con mi barquita de colores. Pude acariciar, sin darme cuenta en verdad de que lo estaba haciendo, la pequeña linterna que llevaba en el bolsillo derecho del uniforme color marengo. Y ello me hizo reaccionar de alguna manera. Sirvió para que oyera por megafonía que nos estábamos acercando a Lebrija. Y en Lebrija ya se sabe que las vías hacen una curva muy pronunciada. Por tanto, tenía que bajarme de cola y acercarme, por lo menos, a la medianía del tren. De esta manera, el maquinista se apercibiría de mi presencia y yo tendría la oportunidad de hacerle destellos de luz para que reanudara el recorrido, una vez que me asegurase de que ningún viajero subía o bajaba.

Pero debía como fuera echar el ancla de aquella barca de colores y no adentrarme más en el inmenso mar que amenazaba con cubrirme hasta las entrañas. Debía salir, aunque fuera despedido violentamente, de la atracción imantada que aquella figura me estaba produciendo desde que inocentemente me acercara a indagarla bajo la solapada petición del preceptivo tique. Y es que una presencia de esta naturaleza rara vez se presenta. ¡Y menos en un tren! Y era la primera vez que yo asistía a una situación de semejantes características. Mas que conste que no me extraña en absoluto el mundo en el que conviven todas las criaturas habidas y por haber dentro de la mitología, puesto que yo soy de esos que creen en todo lo que no se ve, o que se ve a medias, o en lo que se suele contar a susurros y al anochecer delante de una fogata en plena naturaleza. Así que no entiendo el por qué de esta paralización mía que ya estaba resultando casi enfermiza.




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