Hace unos días Juan Roig, que además de vender tomates parece haberse convertido en el Nostradamus de Hacendado, anunció que en un futuro no muy lejano las cocinas desaparecerán de muchos hogares. Según explicó, cocinaremos cada vez menos y consumiremos más platos preparados, perfectamente diseñados, equilibrados y listos para ingerir sin necesidad de manchar una sartén, discutir con una cebolla o preguntarse dónde demonios se guarda el pimentón.
La noticia debería haber provocado manifestaciones multitudinarias, concentraciones silenciosas y al menos una declaración institucional del Senado. Sin embargo, fue recibida con la misma indiferencia con la que se escucha el parte meteorológico de Albacete.
Vaya por delante que uno no es ningún nostálgico. No soy de los que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor. La historia demuestra que antes había menos antibióticos, menos comodidades y bastante más dolor de muelas. Tampoco soy especialista en cocina. Mi principal habilidad culinaria consiste en detectar cuándo una tortilla merece aplausos y cuándo requiere la intervención inmediata de los servicios de emergencia.
Y eso que considero la Thermomix uno de los grandes inventos de la civilización occidental. A la altura de la rueda, la penicilina y el mando a distancia. Pero una cosa es que una máquina ayude a cocinar y otra muy distinta que la cocina desaparezca.
Porque la cocina nunca fue solamente una habitación.
La cocina ha sido durante siglos el verdadero ministerio de asuntos familiares. Allí se resolvían crisis diplomáticas entre hermanos, se anunciaban noviazgos, se lloraban desgracias y se celebraban alegrías mientras un puchero trabajaba con más eficacia que muchos expertos en inteligencia emocional. Allí se cocinaban garbanzos, pero también recuerdos.
Ahora caminamos hacia un mundo admirablemente eficiente. Comida preparada, amigos virtuales, conversaciones con inteligencia artificial y relaciones sentimentales gestionadas por algoritmos. Todo muy cómodo. Todo muy rápido. Todo sospechosamente parecido a una sala de espera.
Quizás dentro de veinte años las casas enseñen orgullosas una encimera impecable, sin manchas de tomate, sin olor a ajo y sin la sartén que lleva treinta años torcida por un lado. Todo será más limpio, más eficiente y más práctico. Como los aeropuertos. Como las oficinas. Como los hospitales. Pero uno sospecha que las familias no se recuerdan por su eficiencia.
Porque cuando desaparece una cocina no desaparece un mueble. Desaparece un olor. Desaparece una receta escrita a lápiz en un papel manchado de aceite. Desaparece la memoria de una abuela removiendo lentamente un guiso mientras contaba historias que jamás aparecieron en los libros.
Imaginen una España sin gazpacho, sin cocidos, sin menudo, sin arroz caldoso, sin croquetas hechas con sobras convertidas en milagro.
Sería un mundo perfectamente alimentado, probablemente. Pero tan triste como una feria sin sevillanas o una Semana Santa sin incienso.
Porque las recetas son la memoria escrita de las familias. Y cuando desaparece una receta, no se pierde un plato. Se pierde la voz de quien la enseñó, la mesa donde se compartió y el domingo en que todos estaban todavía sentados alrededor.
Se pierde una forma de quererse.





